Desde La Baldrich compartimos plenamente el Programa del CEHA:

La Unidad Nacional para la reconstrucción: Unidos o dominados. El programa neoliberal que impulsa CAMBIEMOS forma parte de una estrategia geopolítica internacional cuyo objetivo es retrotraer los derechos económicos, sociales, políticos y culturales de Iberoamérica. Como resultado de su accionar, la riqueza del Continente será apropiada por las Corporaciones (CEOS) y por los gobiernos de las Potencias Extranjeras. Frente a ese plan, es necesaria la Unidad Nacional de los sectores del trabajo, la producción, la cultura y del conjunto de las Organizaciones Libres del Pueblo.

1. Impulsar un proyecto productivo, industrialista, sustentable y justo. Argentina debe modificar el programa de miseria planificada caracterizado por la apertura comercial, el cortoplacismo y la especulación financiera que destruye empresas y genera desempleo y pobreza. De continuarse el actual modelo de desarrollo, la injusticia será la norma y se pondrá en riesgo la paz social. El CEHA considera fundamental el aumento de las cadenas de valor de la industria y el agro, haciendo de la producción una fuente de empleo y de desarrollo nacional y social en el largo plazo. El Gobierno de Reconstrucción deberá impulsar medidas de protección y regímenes arancelarios para empresas argentinas, terminando con la importación indiscriminada que impide el desarrollo de la producción estratégica nacional. La obra pública, la banca estatal y el mercado interno pujante deben ser pilares fundamentales del nuevo programa de desarrollo. El Gobierno de Reconstrucción tiene que fomentar las cooperativas, el compre nacional y el cumplimiento pleno de la legislación social y medioambiental.
2. La propiedad tiene una función social y debe contribuir al orden colectivo. El CEHA considera vigentes los principios fundamentales de la Constitución Nacional del año 1949. La producción debe ser planificada con un sentido nacional y colectivo ya que el “libre mercado” es un mecanismo de apoyo a los oligopolios y la extranjerización económica. Las empresas energéticas y de servicios y los sectores económicos estratégicos deben estar en manos de la Nación. El pan, la carne, la leche y el resto de productos que componen la mesa de los argentinos, no pueden volverse divisa de exportación o especulación. El Gobierno de Reconstrucción deberá regular precios y reducir la inflación manteniendo la actividad productiva y el valor de los salarios, los subsidios y las jubilaciones. El Estado debe sancionar una nueva ley de Entidades Financieras que permita el control del ahorro nacional y que limite la fuga de riquezas. El Gobierno de Reconstrucción debe fortalecer las empresas públicas en áreas estratégicas y controlar el Comercio Exterior.
3. En Argentina los únicos privilegiados son los niños, los ancianos y el pueblo. El Gobierno debe dedicarse a saldar la deuda social y no exclusivamente a pagarle a los grupos especuladores extranjeros. Los servicios financieros no pueden estar por sobre el desarrollo nacional y los derechos de los trabajadores. Es inmoral la actual sub-ejecución de los presupuestos en salud, empleo y educación, cuando en paralelo se atienden puramente los pagos a bonistas extranjeros. La construcción de viviendas públicas fue desarticulada, dejando familias sin hogar y a los obreros de la construcción sin empleo. El país demanda el establecimiento de una emergencia social y la conformación de un plan integral de empleo juvenil y de desenvolvimiento de la atención pública de salud, educación, vivienda popular, deporte y esparcimiento. Argentina requiere un Plan Estratégico Alimentario que termine con el flagelo del hambre en el corto plazo. El Gobierno de Reconstrucción deberá elaborar un Plan Nacional de Seguridad interior enfrentado las causas sociales de la violencia y actuando contra al crimen organizado que azota las barriadas humildes.
4. Es la hora de los trabajadores. La democracia es el gobierno del pueblo y para el pueblo y no una gerencia de oligopolios extranjeros o de CEOS. El Estado, las organizaciones sindicales y de la economía popular tienen que conformar un Consejo de Reconstrucción Nacional que conjuntamente a las entidades de la producción, el agro o la cultura, contribuya a buscar las soluciones a los problemas argentinos.  Los históricos Programas de La Falda, Huerta Grande, del 1 de mayo de la CGTA, los 26 puntos de 1986 o el documento Los trabajadores somos la esperanza de la Corriente Federal de Trabajadores, son la expresión consciente del pueblo trabajador. Tal como mencionó la CGT en el mes de agosto del año 2016: “No hay que haberse graduado en Harvard para darse cuenta que vamos de mal en peor.”  El CEHA considera que los trabajadores son la columna del Movimiento Nacional y que la Política Pública debe tender al pleno empleo y a la defensa y cumplimiento de los derechos laborales.
5. No hay desarrollo y paz social sin democratizar los esfuerzos. Es imprescindible avanzar en una Reforma Fiscal y Tributaria integral, que tienda a la equidad social y que privilegie las actividades productivas. La mayor carga impositiva debe recaer en los sectores financieros, oligopólicos y concentrados y no sobre el trabajo y las PYMES como ocurre en la actualidad. La reforma tributaria de CAMBIEMOS se caracterizó por eximir de impuestos a los ricos y por cargar en las espaldas de los que menos tienen un severo ajuste. El resultado de este inmoral programa es la pobreza del pueblo y el impedimento del desarrollo de las PYMES y las cooperativas.
6. Construyamos un país federal e integrado. El país requiere una nueva Ley de Coparticipación y la construcción de consensos transversales para consolidar un federalismo real y no solamente enunciativo. El Gobierno de Reconstrucción deberá impulsar un programa nacional de desarrollo que tienda a la integración del territorio y a la resolución de las inequidades geográficas, productivas y sociales entre todas las Provincias. El CEHA considera necesario implementar un reordenamiento territorial y poblacional argentino a través de políticas estatales, terminando con la marginalidad social y tendiendo a achicar la desigualdad entre regiones.
7. La educación, la ciencia y el deporte son la base de desarrollo nacional. La justicia social es inviable sin antes alcanzar la independencia económica y ésta sólo es posible si el país es soberano cultural y científicamente. El CEHA ratifica la centralidad que tiene el Estado en la planificación y en el desenvolvimiento de la educación, la ciencia y el conjunto de la actividad cultural. El Estado Nacional tiene que tener mayores responsabilidades en el financiamiento y en la organización de contenidos de la educación básica y media. CAMBIEMOS está poniendo en riesgo el sistema educativo al no aplicar la Ley de financiamiento, al eliminar fondos para infraestructura y al proponer el corrimiento del Estado Nacional en materia cultural y científica. El Gobierno de Reconstrucción deberá trabajar por la soberanía científica y con dicha finalidad tendrá que priorizar la inversión en el área, planificando estratégicamente la actividad en torno del desarrollo de la industria y de la solución de los grandes problemas argentinos y sudamericanos.  El cierre de teatros o la desaparición de clubes de barrio por los aumentos actuales de tarifas, impiden el derecho popular al acceso y participación de la cultura. Es imperativo el fortalecimiento de una identidad federal y nacional que oficie como una barrera defensiva ante el avance de todo tipo de imperialismo cultural.
8. Los medios de comunicación son instrumentos de cultura y no negocios corporativos. CAMBIEMOS promueve la formación de oligopolios comunicacionales y la extranjerización de los emisores de radio y televisión. La eliminación del Canal TELESUR de la Televisión Digital Abierta es un mecanismo de censura y de silenciamiento de los pueblos iberoamericanos. Las empresas norteamericanas actualmente manejan internet, los buscadores de datos, las redes y el software. Frente al inmenso poder tecnológico extranjero y sus ramificaciones en la prensa comercial, los pueblos requieren de medios públicos para nacionalizar y comunicar su cultura e información y deben mantenerse y potenciarse las experiencias de las Radios públicas, Canal Encuentro o de los canales universitarios. El Gobierno de Reconstrucción deberá recuperar la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y entregar el tercio de licencias que le corresponden a las Organizaciones Libres del Pueblo. La privatización de la televisación del futbol es un retroceso que le quita al pueblo el derecho  a disfrutar del deporte nacional. El CEHA considera que la pluralidad de voces y el acceso popular a la cultura, son banderas irrenunciables que hoy están en riesgo.
9. Por un Continente de paz, unido y solidario. Retomamos el mandato histórico bolivariano y sanmartiniano tendiente a la reunificación de la Patria Sudamericana. Ratificamos la importancia de fortalecer el MERCOSUR, la UNASUR y la CELAC como ámbitos de articulación y de coordinación con el resto mundo. La unidad y la paz regionales son reaseguros sin los que Argentina carece de posibilidades de desarrollo productivo y social. El Gobierno de Reconstrucción tiene que elaborar un programa para las Fuerzas Armadas retomando el legado nacional, popular y antiimperialista de nuestros militares e integrándose y profundizando la experiencia del Consejo de Seguridad de la UNASUR. Rechazamos la política de CAMBIEMOS de sometimiento geopolítico a los EUA e Inglaterra y de debilitamiento del MERCOSUR. El CEHA repudia los intentos de derogar la Ley migratoria del año 2004 y de criminalizar a los ciudadanos sudamericanos. Iberoamérica debe consolidar una ciudadanía regional que permita la libre circulación de personas y la libertad de trabajo y de acceso a los derechos sociales garantizados por los Estados parte.
10. Malvinas es una causa nacional e Iberoamericana.  Afirmamos la soberanía argentina sobre las Islas y recuperamos como estandarte los acompañamientos y el apoyo por parte del MERCOSUR, la UNASUR, la CELAC, la OEA y de otros Estados del mundo. Los casi dos siglos de luchas y la acción patriótica de nuestros Héroes de Guerra, está siendo humillada con la política de CAMBIEMOS centrada en renunciar a los reclamos de soberanía para priorizar los negocios de las empresas extranjeras. Argentina tiene que desplegar su proyección bicontinental y bioceánica tendiendo al control de los recursos alimentarios, científicos y energéticos. La Recuperación de las Malvinas y el ejercicio pleno de nuestros derechos sobre la Antártida son una causa nacional y sudamericana irrenunciable.
11. Un país sin presos ni perseguidos políticos.  El Gobierno de CAMBIEMOS detiene activistas sociales como Milagro Sala, reprime movilizaciones y politiza la justicia que abandona sus funciones. La actividad parcial de algunos jueces y fiscales se orienta más a la propaganda política que a la aplicación del derecho. El CEHA repudia cualquier tipo de persecución política y mediática como la padecida por la ex Presidenta Cristina Fernández y aboga por la efectiva división de poderes.
12. Primero la Patria, después el Movimiento y finalmente los hombres. El Movimiento Nacional debe ser amplio, plural y no sectario. La unidad es el llamado actual y frente a un gobierno de minorías oligárquicas, el CEHA convoca a conformar una inmensa mayoría plural y democrática.
Por la grandeza nacional y por la felicidad del pueblo seguiremos trabajando incansablemente para edificar la Argentina Grande con que San Martín soñó. 
República Argentina, Abril de 2017.

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Revista “Escenarios”. Unión para el Personal Civil de la Nación – UPCN

Francisco José Pestanha. Escritor y ensayista. Profesor Titular Ordinario del Seminario “Introducción al Pensamiento Nacional y Latinoamericano”. Director del Departamento de Planificación y Políticas Públicas. Universidad Nacional de Lanús.

Emmanuel Bonforti: Docente, escritor y ensayista. Profesor Ordinario del Seminario “Introducción al Pensamiento Nacional y Latinoamericano”. Universidad Nacional de Lanús.

Guillermo Carrasco: Docente e investigador. Profesor del Seminario “Introducción al Pensamiento Nacional y Latinoamericano” Universidad Nacional de Lanús

“Las dos palabras Defensa Nacional pueden hacer pensar a algunos espíritus que se trata de un problema cuyo planteo y resolución interesa solamente a las Fuerzas Armadas de una Nación. La realidad es bien distinta: en su solución entran en juego todos sus habitantes, todas sus energías, todas sus riquezas, todos sus medios de transporte y vías de comunicación.” Juan Domingo Perón

“Los tiempos que transitamos, requieren, indefectiblemente, un necesario y progresivo proceso de substitución de ideas.” Ana Jaramillo

El siguiente artículo remite en forma sucinta a uno de los tópicos que componen nuestra labor investigativa[1]. Pretendemos a través de él exponer al eventual lector una resumida exploración vinculada a los antecedentes filosóficos, epistemológicos y a la estructura conceptual de las denominadas Organizaciones Libres del Pueblo -OLP- categoría que a nuestro entender, por una parte, constituye uno de los rudimentos más llamativos y originales del cuerpo doctrinal que nutrió al primer peronismo, y por la otra, que instituye una de las principales distancias con la cosmovisión fascista llevada a la práctica en tiempos de la Italia de Benito Mussolini.

Un abordaje germinal de la categoría en estudio nos encuentra ante un cúmulo de formas asociativas constituidas de manera orgánica que, a partir de la revolución de Junio de 1943, obtuvieron inédito reconocimiento y apoyo estadual, y que aún – en la actualidad – siguen operando en forma activa dentro de la dinámica política, social, económica y cultural del país.

Dentro de la combinación de palabras que componen la categoría analizada (OLP), identificamos primigeniamente el vocablo “libres”. Tal expresión, hemos constatado, surge de una concepción (la justicialista) que en aquellos tiempos sostenía que la acción del gobierno no tendría como fin tutelarlas ni integrarlas al aparato estatal como promovían las doctrinas fascistas – sino muy por el contrario – garantizar y potenciar su propio proceso de autorganización mediante la menor intervención posible del sector público sobre ellas.

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[1]El presente trabajo surge de la investigación originada en el marco de la convocatoria “Amílcar Herrera” Titulado El Peronismo como pensamiento político contra hegemónico, y como acción para la construcción del poder nacional y la integración regional Latinoamericana”. Instituto de Cultura. Universidad Nacional de Lanús.

Escribe Juan Godoy*

“el ideal de la unión de América Latina aparece otra vez como premisa de la lucha antiimperialista. La lucha nacional tiende a convertirse en continental sobre la base de la unificación revolucionaria de las masas latinoamericanas” Juan José Hernández Arregui

“El dilema es fatal. Latinoamérica hace su revolución o el Imperialismo remachará los anillos opresores a fin de retardar la liberación mundial de los pueblos coloniales.” Juan José Hernández Arregui

Integración regional

Uno de los temas primordiales en tanto la posibilidad de emancipación nacional es la necesidad de la integración de los países de Nuestra América. Por eso no es casual que un pensador como Juan José Hernández Arregui,[1] que escribe entre otras cuestiones para fortalecer la conciencia nacional en busca de la ruptura de la dependencia, se detenga reiteradamente en el análisis de esta cuestión. En lo que sigue, apuntamos las ideas principales del autor de “Imperialismo y Cultura” en torno a la unidad Iberoamericana.

Para comenzar observamos que en el pensamiento de Hernández Arregui abriga la idea que la oligarquía nos enseñó a “pensar con muletas”, en el sentido que ésta nos instruyó en la noción que una vez logrado el proceso de emancipación de principios del siglo XIX, ya éramos una nación plenamente soberana. La emancipación como un “punto de llegada”, cuando en realidad era un “nuevo punto de partida”, pues a ese proceso emancipatorio le correspondió la “caída” en la dominación indirecta de Gran Bretaña. Es decir, la independencia finalmente se frustró en términos económicos, y solo se logró en términos políticos, vale decir formales.

En un documento del año 1964 con motivo de la presentación del grupo CONDOR[2], donde se cuelga sobre un monumento a Bartolomé Mitre una imagen del “Quijote de los Andes” Felipe Varela, que es escrito por Hernández Arregui se establece que “la desunión de la América latina es consecuencia impuesta a estos pueblos, por la unión siniestra de las grandes metrópolis, en particular Inglaterra y Estados Unidos, empeñadas en mantenernos, junto con nuestra división, en ficticias naciones nominales, en el atraso material y la humillación cultural (…) La lucha frontal anti-imperialista debe plantearse en escala nacional latinoamericana”. (Hernández Arregui, 2004: 251)

La gran nación iberoamericana fue frustrada por el imperialismo, es dividida en el siglo XIX y permanece así hasta nuestros días, “ha sido repartida en un conjunto de particularidades geográficas, de nacionalidades sin soberanía real, ni otro fundamento que la voluntad disgregadora de los dominadores extranjeros. Un argentino que no siente como propias las luchas de los países hermanos sigue siendo un lacayo mental. Un colonizado”. (Hernández Arregui, 1973b: 16)

Es necesario que la formación de la conciencia nacional de cuenta de esta problemática a partir del esclarecimiento del pasado falsificado. A partir de esa ruptura con la idea impuesta “si es verdad que queremos ser no una nación formal, con símbolos, fanfarrias y banderas, que eso ya lo tenemos, sino una nación real. Y eso no lo somos. Tener conciencia de lo que no somos es ya saber lo que queremos ser. Una nación y no una colonia”. (Hernández Arregui, 2004: 67) Trabajar en el conocimiento de la historia latinoamericana y el acercamiento de nuestros pueblos es fundamental.

La formación de la conciencia nacional es en realidad en el pensamiento de nuestro autor la conciencia iberoamericana.[3] Lo nacional incluye la Patria Grande. Hernández Arregui procura construir esta conciencia iberoamericana a partir del conocimiento de las raíces que justifican la misma. Para ello es necesaria “la revisión del pasado (que) es el comienzo del rescate de la conciencia histórica enferma, esto es, antinacional, de generaciones íntegras de argentinos, inclinadas a pensar contra el país a través de idolatrías y mitos históricos y culturales inducidos por Europa y que han contrarrestado y contrarrestan la formación de la conciencia iberoamericana”. (Hernández Arregui, 2004: 71) Romper con el eurocentrismo, y al mismo tiempo con la conciencia de la “patria chica”. La falsificación de la historia al servicio de las elites y el extranjero, y en contra de un proyecto soberano y popular. Contra esta realidad se alza el revisionismo histórico popular y la conciencia nacional.

En el abordaje de Arregui Centroamérica aparece como “una llave”, la que une Sudamérica con México, por eso el imperialismo procuró por todos los medios mantenerla dividida.  La unión México-Centroamérica para dirigirse hacia el sur es fundamental en el proceso de integración. Las Antillas aparecen como una pieza importante en base a su posición marítima de alto valor estratégico. Brasil constituye la “tercera pata” de la unidad (México y Argentina las otras), en tanto “en el corazón del continente, es en potencia, el pivote de una economía integral latinoamericana”. (Hernández Arregui, 1973: 239) Los países del Pacífico son la salida hacia la relación con Asia.

Resulta significativo destacar que Hernández Arregui piensa a Iberoamérica en términos industriales. No hay soberanía nacional sin industrialización. En tanto la ausencia de una clase social que impulse el desarrollo, de la debilidad de la “burguesía nacional en nuestro país, destaca el papel que puede y debe cumplir en estado nacional en materia de agente vector del desarrollo, necesario para la soberanía, pues “sin industrialización no hay independencia económica base de la soberanía nacional. Y sin soberanía nacional no hay autonomía cultural. Tal tarea sólo puede cumplirla el Estado Nacional”. (Hernández Arregui, 1973c: 292) Considera la imperiosa necesidad de avanzar en proyectos de industrialización conjuntos. En su pensamiento no hace mella la “ayuda” extranjera a nuestro desarrollo, no cree en el “panamericanismo”, sino que busca la constitución de una gran Patria excluyendo a los Estados Unidos de Norteamérica.

Piensa que Nuestra América tiene que emanciparse de la dominación de cualquier imperialismo, y buscar soluciones propias a sus problemáticas. La unidad viene de la mano del fortalecimiento de tener conciencia común de los problemas. Una educación transformadora debe hacer énfasis en las tradiciones culturales propias. Argumenta así que “el mercado común latinoamericano, con acento totalmente inversos al que intenta imprimirle el imperialismo yanqui, es el germen de la nacionalidad iberoamericana. No serán jamás naciones independientes separadas de las otras. Serán en cambio una nación, si unifican sus recursos materiales, sus medios de comunicación, sus aduanas y regímenes arancelarios, sus ríos navegables en un vasto sistema interno de cabotaje, etc. hasta el logro de un sistema común de intercambio un mismo ordenamiento monetario y una producción planeada  complementada en sus diversas regiones, que con un gran mercado interno, serán las bases de una poderosa nación, asentada sobre el potencial productivo alimentario, mineral, la unidad de lengua e historia, la densidad demográfica y la centralización militar”. (Hernández Arregui, 2004: 192) La conciencia de la Patria Grande también se construye en oposición a las potencias imperialistas y su intención de avasallamiento de nuestra soberanía.

La cita precedente consideramos es sumamente valiosa, pues aparece claramente enunciado que la única posibilidad de nuestros países de lograr su emancipación definitiva es en la senda de la unidad. Al mismo tiempo que la búsqueda de la unidad con fuerte basamento en la estructura económica, que la misma deje de estar separada según las “patrias chicas”, que rompa con la estructura de cara a los países centrales, y avance en la industrialización conjunta. Es necesario que muchos países “giren” hacia dentro de nuestro continente, dejen de mirar sumisamente a las naciones más poderosas. En fin, romper con la mirada y la acción dependiente.

Asimismo se hace presente la idea del continentalismo, el estado-continente necesario para “jugar” de igual a igual en la geopolítica mundial. Avanza en el planteo de herramientas proyectuales, en tanto unificación de los medios de comunicación, del transporte, la moneda, etc. y la planificación de la economía. Asimismo piensa el autor de ¿Qué es el ser nacional? que es necesario hacerse de los recursos naturales, y controlar la estructura económica, sin dicho control es imposible avanzar significativamente en la emancipación nacional.

Como decíamos anteriormente Hernández Arregui piensa los términos de la unidad de Nuestro Continente a partir de la industrialización conjunta de nuestras hoy “patrias chicas”. Es el camino para dejar atrás el primitivismo agropecuario y poder discutir “de igual a igual” en la geopolítica mundial. Así afirma que “la lucha por la liberación nacional en las colonias se asocia siempre a la lucha por la industrialización”. (Hernández Arregui, 2004b: 36) En este marco, mientras las clases dependientes del dispositivo imperialista ponen obstáculos a la unidad “para las masas hundidas en la miseria social, su emancipación no puede consumarse sin la revocación en escala latinoamericana de los intereses extranjeros”. (Hernández Arregui, 1973: 249)

*Lic. en Sociología (UBA). Prof. Sociología (UBA). Mg. Metodología de la investigación (UNLa). Docente universitario (UNLa, UNAJ, IUNMA).

Bibliografía

Casalla, Mario. (2011). América Latina en perspectiva. Dramas del pasado, huellas del presente. Buenos Aires: Ciccus – Inst. Juan Perón.

Galasso, Norberto. (1986). J.J. Hernández Arregui: del peronismo al socialismo. Buenos Aires: Ediciones del Pensamiento Nacional.

Hernández Arregui, Juan José. (1962). Prólogo a Carpani, Ricardo. (2011). La política en el arte. Buenos Aires: Peña Lillo (Continente)

Hernández Arregui, Juan José. (1973). ¿Qué es el ser nacional?. Buenos Aires: Plus Ultra

Hernández Arregui, Juan José. (1973c). Imperialismo y cultura. Buenos Aires: Plus Ultra

Hernández Arregui, Juan José. (2004b). La formación de la conciencia nacional. Buenos Aires: Peña Lillo (Continente)

Hernández Arregui, Juan José. (2004). Nacionalismo y liberación. Buenos Aires: Peña Lillo (Continente).

Hernández Arregui, Juan José. (1973b). Peronismo y liberación. Buenos Aires: Plus Ultra

Piñeiro Iñíguez, Carlos. (2007). Hernández Arregui. Intelectual peronista. Pensar el nacionalismo popular desde el marxismo. Buenos Aires: Siglo XXI (editora Iberoamericana).

Recalde, Aritz. Integración regional de Iberoamérica. Cuadernos Nº 16 CEHA. Septiembre 2014.

[1] Juan José Hernández Arregui (1912-1974). Comienza su actividad política en Córdoba, en el radicalismo sabattinista. Con el advenimiento del peronismo se suma a este “nuevo” movimiento nacional. Participa de la Resistencia Peronista, y en la década del 60 funda el grupo CONDOR. Doctor en filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba, bajo la dirección de Rodolfo Mondolfo. Dicta clases, entre otras, en la Universidad Nacional de La Plata y la Universidad de Buenos Aires. (Galasso. 1986. Piñeiro Iñíguez, 2007)

[2] En el Grupo CÓNDOR (Centros Organizados Nacionales de Orientación Revolucionaria), participan entre otros: Ricardo Carpani, Rodolfo Ortega Peña, Alberto Belloni, Rubén Bortnik y Eduardo Luis Duhalde.

[3] Entre los nombres con los cuáles se nombra a nuestro continente (América Latina, Hispanoamérica, Panamérica, Indoamérica, Abya Yala, etc.) utilizamos aquí Iberoamérica que es el que utiliza Hernández Arregui en su obra. Más específicamente Arregui se decide a usar los términos América Hispánica o Hispanoamérica, y cuando incluye al Brasil: América Ibérica o Iberoamérica. Asimismo “se reivindica aquí a las poblaciones nativas, infamadas por esa misma oligarquía”. (Hernández Arregui, 1973: 23). Incluso considera que el término más preciso sería indoiberia, pero que lleva muchas explicaciones. Así afirma que el Continente Iberoamericano reúne las condiciones de una nación integral. Considera la necesidad del fortalecimiento de la conciencia histórica iberoamericana. Por eso también sostiene que “nuestra Cultura, es de raíz hispánica, pero la construcción de nuestro destino es americana”. (Hernández Arregui, 1973c: 294) Aunque a veces utilice el término América Latina, tiene la idea que dicho término es creado por los anglosajones para romper con nuestras raíces históricas. Para los debates en torno la forma de nombrar al continente véase: Recalde, Aritz. Integración regional de Iberoamérica. Cuadernos Nº 16 CEHA. Septiembre 2014. Asimismo, para el origen del nombre Americanos en vinculación al florentino Américo Vespucio, véase Casalla, 2011: 33-38, y para rastrear los “diferentes nombres”, su origen y debates, también se puede consultar la misma obra, páginas 400-417.

Durante los últimos meses en vida, Rodolfo Walsh ocupó gran parte de su tiempo en intentar dilucidar una salida alternativa a la Conducción de Montoneros que evitase la fragmentación creciente del Frente Nacional de Liberación que nos llevaría, él lo sabía, a la tragedia que aconteció el 24 de marzo de 1976. Venía asumiendo amargamente que gran parte de la Tendencia había cortado las últimas amarras con el pueblo peronista. Quizá entendiese tardíamente, las estrategias desesperadas del viejo sabio al que su organización había combatido erróneamente y con frutos tan amargos, de contener a la tendencia (a sus muchachos, esos a los que amaba tanto como al pueblo argentino en su conjunto) dentro del movimiento porque pronosticaba la carnicería que vendría de manos de la oligarquía azuzada por el imperialismo norteamericano.

En fin. El caso es que Walsh, con todas sus luces y sombras, con todas sus contradicciones que son las del hombre de letras, las del intelectual y la de los sectores medios en el país semicolonial, forma parte de una generación de millones argentinos que proceso de nacionalización de pormedio, hicieron la opción por el país y aún derrotados y mutilados internamente por dolores y desgarramientos varios, conservaron hasta las últimas consecuencias la esperanza. Con absoluta vigencia en la actualidad (a pesar de las diferencias coyunturales) afirma en sus papeles Walsh: “En nuestro país es el Movimiento el que genera la Vanguardia, y no a la inversa, como en los ejemplos clásicos del marxismo. Por eso, si la Vanguardia niega al Movimiento, desconoce su propia historia y asienta las bases para cualquier desviación. Esa es la nota distintiva de la lucha de la Liberación en nuestro país, que debemos tener siempre presente (…) lo que existe en la realidad y no en los libros.” Y lo decía justamente un hacedor de ficciones…

Uno de los últimos recuerdos de Lilia Ferreyra estando ya clandestinos y escondidos en una casa. Dice que una tarde, llegaban nuevos vecinos en un camión de carnicería para ocupar la casa lindante: “Cuando se abrieron las puertas, bajó la vida. Un perro bajó ladrando y chicos, madre y padre, cuñados y sobrinos, fueron desembarcando muebles y herramientas. Comieron un asado y la fiesta duró todo el día. Apoyado en el alambrado y mirando el espectáculo, Rodolfo comprobó una vez más la inevitable ruptura entre la clandestinidad obligada de la vanguardia y la vida de la gente que intenta representar cuando se bifurca el camino que en algún momento histórico pudo ser común.”

“La experiencia cuesta cara y llega tarde”, enseñó el mismo sabio. Yo apuesto a que los argentinos, más temprano que tarde, aprenderemos.

Iciar Recalde

Editorial del Partido Patria y Pueblo Socialistas de la Izquierda Nacional · Jueves, 13 de abril de 2017 por Néstor Gorojovsky

El mes de marzo, que culmina en 2017 con el paro general convocado por la CGT (y que inmoviliza al país entero)el 6 de abril, fue el primer acto de la batalla contra la entrega y la destrucción completa de la Argentina que es el inconfesable programa del Ingeniero Mauricio Macri y su partido político, el Pro.

Cuando decimos Pro, además, decimos Cambiemos. La experiencia de la oligarquía y del imperialismo en la Argentina es que las diversas variantes del cipayismo pequeñoburgués (la CC-ARI, la UCR, otros grupúsculos comparsa de Macri en la alianza) son incapaces de domeñar el verdadero enemigo con el que vienen tropezando, desde el origen mismo de la patria: la voluntad popular de disponer de una vida digna de ese nombre en una nación autosustentada y capaz de defenderse en cualquier circunstancia.

Por lo tanto, en esa alianza los radicales ponen los votos, la CC-ARI pone la injuria y la calumnia, y el Pro pone el látigo, la zanahoria, la violencia, la brutalidad y, si se lo permitimos, la máquina de matar argentinos en grandes cantidades. Quien usa el látigo, endereza a sus aliados.

Todos se unen detrás del mismo programa: la vida económica, política, social y cultural de la Argentina tiene que someterse al “consenso” entre la inmensa mayoría de los argentinos (muchos de ellos, sus votantes) y los parásitos que yugulan el crecimiento y la prosperidad de la Patria desde las grandes empresas agropecuarias y las gerencias imperialistas.

A esta altura de los acontecimientos, es clarísimo que el Pro no comete errores, sino atropellos (por ejemplo de la Constitución) y profanaciones (incluso, de tumbas, como sucedió durante el esperpento mediático del “caso López” en las criptas de un convento).

No tienen límites, tal como no los tiene el presidente de la Nación, Mauricio Macri. Este último, dotado de la astucia extorsiva del delincuente de las finanzas y de la soberbia snob del mediopelo despreciado por la clase a la que aspira a integrarse, supera ampliamente con ambas cualidades las evidentes limitaciones conceptuales, lexicales y de visión estratégica que despliega en cada oportunidad en que toma la palabra.

Solo le salen bien las amenazas y los insultos. Últimamente ha demostrado esa gran capacidad: “Sin choripanes ni micros”, o “Baradel no necesita que lo protejan” son frases perfectas, duras, admirables en la precisión con que expresan el mundo mental de los enemigos del pueblo y los trabajadores argentinos.

Macri no sigue, cuando profiere esas rotundas afirmaciones, el guión de su –elegido por él, no olvidemos- supuesto gurú Durán. Es auténtico, puro, claro y simple: le da voz a los que “no tuvieron voz” desde que Raúl Alfonsín abrió una mezquina puertita a la crítica del régimen implantado en 1976, y a quienes luego se terminaron de encaramar en la vida argentina con la negra noche menemista.

Ése es su verdadero público, el núcleo de su poder. El que se expresó en la “marcha de la democracia” del primero de abril, que no hará más mella en la vida de los argentinos que la “marcha de la constitución y la libertad” de septiembre de 1945.

El desastre económico que azota a la Argentina es, del mismo modo, su verdadero programa político y social. Todo su plan se condensó en transferir ingresos a los más acaudalados, en entregarnos maniatados a Paul Singer (uno de los principales financistas de su campaña, dicho sea de paso), y en abrir por completo las puertas al egreso de divisas para que, como también sinceramente explicó ante la Bolsa de Comercio, los “empresarios” argentinos puedan “dejar de esconderse” del fisco.

Macri pensaba que la pertenencia de clase que cree tener, bien sostenida con unas cuantas prepoteadas políticas, si aprovechaba la confusión y la dispersión del campo nacional después de la derrota presidencial de Daniel Scioli, y se burlaba de las leyes argentinas en cuanta oportunidad fuera menester, lloverían capitales a la Argentina. Es lo que dicen los pocos libros que ha leído, es lo que se afirma en las reuniones a las que suele asistir. Es mentira.
Esa mentira generó la actual verdad. No alcanzó con una campaña de difamación contra el gobierno anterior ni con la violación de toda norma jurídica procesal contra aquellos que lo integraron. Al final, el pueblo argentino empezó a darle la espalda. A medida que terminó de convencerse de esto, el Pro decidió lanzar toda su campaña electoral para 2017 hacia la polarización con Cristina Fernández de Kirchner, pero ya ahora abiertamente contra las grandes masas del pueblo argentino.

El Pro sabe perfectamente que si su régimen no se consolida con una victoria en las urnas en octubre de 2017, entra definitivamente en un ocaso, como un experimento fallido. No se va a ahorrar nada para lograr esa victoria. Nosotros, los argentinos, tenemos un arma imbatible sin embargo: la unidad del movimiento nacional en contra de Macri, nuestro gran unificador. Está en nosotros saber usarla, o no. De aquí a octubre de 2017, quien, por los motivos que sean, promueva la división del campo nacional, será un colaboracionista. Quien la combata y promueva la unidad electoral, será un patriota. Cada vez será más claro. Cada cual sabrá dónde se coloca.

Los días 2 de abril conmemoramos la recuperación -temporaria- de las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur

Escribe Aritz Recalde. Publicado en la Revista Zoom

Los días 2 de abril conmemoramos la recuperación -temporaria- de las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur. La sociedad argentina está dividida en la apreciación del suceso y hay opiniones disímiles acerca de las causas que la originaron, del desenvolvimiento de los combates y del tipo de acciones implementadas en la posguerra.

Los gobiernos inglés y argentino tenían objetivos políticos que excedían las Malvinas. Leopoldo Galtieri buscó legitimar y perpetuar la dictadura criminal iniciada en el año 1976 como respuesta al nacionalismo revolucionario surgido luego del 17 de octubre de 1945. Margaret Thatcher intentó conseguir apoyo para profundizar el programa conservador, contrario a los intereses de los trabajadores. Ambos actores buscaron acrecentar el poder de las elites en base al deterioro social de los pueblos.

La dictadura argentina, los Estados Unidos e Inglaterra contribuyeron a implantar en la región el sistema económico neoliberal. El gobierno de Jorge Rafael Videla se integró al Plan Cóndor norteamericano, ejecutando acciones terroristas y de capacitación militar en países de Centroamérica. En diversas ocasiones Inglaterra participó en guerras o apoyó dictaduras en distintos continentes con el objetivo de apropiarse de recursos naturales y económicos. La guerra de Libia del año 2011 fue una de sus últimas expresiones belicistas y el país agredido está en ruinas por la acción criminal conjunta del Reino Unido, Francia y los Estados Unidos.

En el año 1982 los británicos sostuvieron que Galtieri fue el causante principal del conflicto y que la Primer Ministro aplicó un correctivo político justo que garantizó los derechos a la libre determinación de los kelpers. No es nueva esta justificación colonialista y Europa históricamente realizó propaganda política con el asesinato de extranjeros. Desde la época de Grecia en adelante bautizaron a los “otros pueblos saqueados” como barbaros y luego como infieles. Hoy manifiestan que los gobiernos populares o nacionalistas de Sudamérica son terroristas o populistas. Uno de los más sinceros intérpretes del colonialismo británico fue Herbert Spencer, quien sostuvo con entusiasmo que el “soterramiento de los débiles por los fuertes obedece a los decretos de una benevolencia inmensa y previsora”. La ideología de Spencer y de otros intelectuales británicos sirvió para destruir el Estado de Bienestar en los años ochenta y también justificó el colonialismo ingles en el siglo XIX en la China, la India, Egipto o en la Argentina a la cual agredieron militarmente en 1806-8, 1833 y 1845.

Algunos argentinos también consideran que el causante del enfrentamiento y de la muerte de soldados en combate fue meramente Galtieri, que envió “chicos a la guerra”. No es casualidad por eso que piensan que la decisión de muchos argentinos de defender con las armas las Malvinas fue un absurdo o meramente el resultado de un hábil artilugio de medios de comunicación. Habría sido un engaño la masiva manifestación de apoyo a la recuperación de las islas o el acompañamiento de civiles a la asunción del gobernador Benjamín Menéndez en el archipiélago. Esta última delegación que viajó a Malvinas se compuso de sindicalistas (Saúl Ubaldini), de dirigentes del Justicialismo (Deolindo Bittel), de la UCR (Carlos Contin), de la Izquierda Nacional (Abelardo Ramos) o del médico René Favaloro.

En nuestra óptica, la movilización de apoyo a la recuperación expresó un sentimiento de soberanía y de hostilidad al ocupante extranjero que es legítimo, necesario y propio de todas las naciones del planeta. La defensa del territorio es un valor fundante de la Nación, sin el cual la población está condenada a desaparecer frente la ocupación de otra potencia extranjera o de una empresa multinacional. Es en este sentido que al referirse a Malvinas José Hernández destacó que “si la indiferencia del pueblo agravado consolida la conquista de la fuerza, ¿quién le defenderá mañana contra una nueva tentativa de despojo, o de usurpación?”. Sin esta vocación de dominio territorial y de voluntad de defensa, no existirían los países iberoamericanos independientes y tampoco varios otros del planeta que serían anexados por Inglaterra, Alemania, Francia o los Estados Unidos.

El negativo registro histórico argentino acerca de la Guerra de Malvinas no es habitual en otros países de la región. Por ejemplo, la opinión pública de los bolivianos tras la derrota y las decenas de miles de muertos de la Guerra del Pacifico (1979-83) y del Chaco (1932-35) no los llevó a negar u ocultar la voluntad de lucha y de patriotismo de sus soldados. Los ciudadanos que fueron a combatir contra Chile o Paraguay son considerados héroes y no meramente “chicos víctimas de malos militares”. La conducción política y castrense de ambas conflagraciones -de manera similar a lo ocurrido en 1982-, fue considerada deficiente por su pueblo y sus titulares fueron acusados de ser los responsables de la derrota. Atendiendo esa cuestión, los bolivianos repudiaron a los jefes castrenses y no acusaron a los soldados y civiles de ser “inconscientes” o “estúpidos que se dejan llevar por tiranos”. El pueblo reivindica la vocación de defensa nacional, incluso al punto de poner en juego la vida para mantener la integridad territorial. Luego de la derrota de la Guerra del Chaco, los grupos nacionalistas del ejército comandados por Germán Busch y David Toro impulsaron una revolución que expropió las empresas petroleras que estaban empujando a la guerra e implementaron reformas sociales a favor de sus habitantes.

Thatcher se alió al imperio norteamericano, consolidó el apoyo de la ONU y en la Comunidad Europea y sobornó al dictador Pinochet para sumar al país trasandino en un acto de piratería a 12.000 kilómetros de Londres. Los sectores medios de la Argentina prácticamente no cuestionan la decisión de Thatcher del año 1982, caracterizada por impedir cualquier mediación que evite el enfrentamiento. La recuperación argentina de las islas se hizo sin matar ingleses (los argentinos si tuvieron bajas) con la decisión consciente y pública de obligar a negociar al colonialista. Thatcher por el contrario, evitó las mediaciones y utilizó a Malvinas y a los muertos de su país y del nuestro como un acto de publicidad política interna. A partir de acá, es que mandó a asesinar argentinos y cometió el crimen de guerra del hundimiento del Crucero General Belgrano fuera del teatro de operaciones (323 caídos sobre 649 del total). De manera similar a las agresiones de los años 1808 o 1845, los ingleses actuaron con el lema que el mejor argentino es el “argentino muerto”.

En no pocos casos, la guerra desató en los sectores medios locales un sentimiento contradictorio. Argentina agredía al país que admiraban y al cual querían emular siguiendo los mandatos de Alberdi, Sarmiento, Mitre o Julio Argentino Roca. Todavía se escucha en las mesas de los domingos, el mito de que si “triunfaban las invasiones inglesas de 1808 ahora seríamos una potencia como los norteamericanos”. Alberdi manifestó que “civilizar es poblar” y Sarmiento convocó al exterminio militar de las razas que consideró débiles para remplazarlas por las anglosajonas. Una solución de salida honrosa al “humillante desacato nacional” contra el país que supusieron la “madre patria” y el ejemplo de “civilización”, consistió en subestimar y deslegitimar la tarea de los civiles y soldados argentinos. Los caídos bajo las balas inglesas dejaron de ser víctimas del Imperio Británico, para convertirse en los idiotas útiles de Galtieri o en los bobos “chicos de la guerra”.

Pese a los problemas estratégicos de planificación y de desenvolvimiento de la conflagración que quedaron referenciados en el Informe Rattenbach, la actitud de la mayoría de nuestras tropas fue de heroísmo y de coraje. Martín Balza que participó de las acciones bélicas en las islas las caracterizó como parte de una “gesta e incompetencia”. Luego del triunfo militar, los ingleses armaron un guión cultural de posguerra que buscó negar la lucha argentina y que presentó a nuestras tropas como “chicos” y no como soldados. A partir de acá, es frecuente escuchar que los ingleses fueron solidarios y alimentaban a nuestros “pibes” a diferencia de los argentinos crueles, dictadores y egoístas. El ocupante colonialista que cometió crímenes de guerra se presenta como como una víctima que venía a liberar a los “chicos de su infame dictadura”.

Poco se dice del reclutamiento voluntario de civiles en la Argentina e Iberoamérica, de la férrea resistencia militar al invasor durante semanas y de la heroicidad de muchos actos de guerra. Los argentinos se comportaron como soldados y la acción militar del país se vio reflejada en los considerables daños materiales y bajas humanas del enemigo. La lucha contra la OTAN de 1982 fue dispar en recursos y pese a eso sin el apoyo norteamericano, chileno y europeo el triunfo británico no estaba garantizado fácilmente. Como sostuvo José de San Martín, “los interventores habrán visto por este “hechantillón” que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que el de abrir la boca”.

Nadie quiere negar el dolor o el sufrimiento de muchos ex combatientes que denunciaron maltratos y serios problemas logísticos. Sin desconocer estos aspectos, sería justo también relatar en la prensa, en el teatro o en el cine los actos heroicos, ejemplares y los valores de las tropas argentinas que dieron la vida por el país.

Si la historia de la Independencia y de la formación del Estado Nacional se contara describiendo meramente el dolor y los errores propios del combate, no habría símbolos patrios, ni himnos, ni monumentos, ni recordatorios a batallas, sino meramente relatos de padecimientos civiles y de soldados que sufren y que mueren. De aplicarse esta perspectiva, tampoco existirían el cine de Hollywood que propagandiza las acciones militares norteamericanas y desaparecerían los relatos fundadores de todos los Estados del planeta.

Juzguemos con la misma vara

En otras circunstancias históricas la clase media argentina no aplicó la misma severidad para juzgar los hechos políticos-militares y los abusos de poder. En los años sesenta el Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP) fusiló a miembros de su propia organización -cuestión repudiable en nuestro punto de vista-. Pese a ello, a partir de acá no se puede decir que toda las agrupaciones de izquierda guevarista fueron criminales y que solamente se dedicaron a matar a sus correligionarios.

La teoría de los “chicos de la guerra” hace hincapié en la ineptitud de la conducción militar y en la absurdidad de la ocupación frente a la evidente diferencia tecnológica de los adversarios. Extrañamente, no son pocos los que niegan la guerra de Malvinas por la incapacidad de los jefes y en paralelo elogian el coraje, los valores o ideales de Santucho (ERP) o del Che Guevara cuyas direcciones políticas guerrilleras fracasaron rotundamente y culminaron con la muerte de miles de jóvenes. ¿La ideología marxista justifica el fallecimiento de activistas y la defensa del territorio es un absurdo?.

Los mismos que dicen que es inadmisible que un argentino fuera a Malvinas, participan de partidos políticos que reivindican los escuadrones de voluntarios de la Guerra Civil Española o los de la Segunda Guerra Mundial. ¿Los anarquistas, socialistas, comunistas o radicales creen “racional” morir en la defensa territorial de Europa y cuando se refieren a Malvinas lo consideran ilógico? Con la finalidad de movilizar a los jóvenes a participar en guerras en otros continentes, estas agrupaciones políticas realizaron movilizaciones, publicaciones y colectas de recursos.

Malvinas desató un sentimiento pacifista que si bien puede ser legítimo, no suele ser aplicado a la hora de analizar otras circunstancias de la historia nacional. Algunos sectores afirman que el deseo de combatir a Inglaterra fue alocado, mientras consideran honroso y reivindicable la acción de la guerrilla contra el Ejército Argentino durante los años setenta o la intervención de éste último en la represión interior. Derecha e izquierda coinciden en legitimar la muerte de jóvenes en conflictos internos y se escandalizan por combatir al Imperio Británico.

No son pocas las personas que creen negativa la guerra por el hecho de que hubo 649 caídos, cuando en paralelo reconocen como libertadores a Bartolomé Mitre que metió al país en la Guerra del Paraguay o a Justo José de Urquiza que fusiló cientos de adversarios luego de la Batalla de Caseros. Estos mismos pacifistas admiran a Domingo Faustino Sarmiento, quien comandó personalmente el exterminio de decenas de adversarios políticos en las guerras civiles. Los sucesos en el país y el Paraguay causaron decenas de miles de compatriotas argentinos muertos, en su mayoría civiles y milicias que fueron perseguidos, torturados y asesinados.

Grupos de activistas socialistas y radicales siguen reivindicando el golpe castrense del año 1955 y el apoyo personal de Miguel Ángel Zabala Ortiz al bombardeo y el ametrallamiento de civiles que dejó más víctimas indefensas en la calle que los ataques ingleses en suelo malvinense.

Perspectivas actuales

La dependencia cultural del siglo XIX fue la garantía para que los británicos manejen por décadas los ferrocarriles, puertos o bancos.

Los ingleses triunfaron militarmente en el año 1982 y se propusieron borrar el sentimiento nacionalista local. Por mandato neocolonial, Argentina tiene que abandonar su voluntad de defensa del territorio que caracteriza a todos los nacionalismos en el mundo. La decadencia de la conciencia nacional permitió que Carlos Menem firme los tratados de Madrid (1990), otorgando deshonrosas concesiones económicas al colonialista. Para reparar en parte este daño se sancionó en el año 2011 la ley 26.659 “condiciones para la exploración y explotación de hidrocarburos en la Plataforma Continental Argentina”.

Recientemente, Mauricio Macri se reunió con sus pares británicos David Cameron y Theresa May para promover “negocios” de pesca o de hidrocarburos. Por el contrario, Cambiemos no entabló diálogos con el Partido Laborista de Irlanda que acompaña nuestra causa soberana en el Reino Unido. Poco tiempo después del encuentro de mandatarios, el Reino Unido realizó ejercicios militares en las islas.

En el Ministerio de Energía Macri designó a un representante de la empresa anglo-holandesa Shell, favoreciendo que hagan grandes ganancias los representantes directos de la nación colonialista que asesinó nuestros soldados y que deshonra a la patria con la ocupación ilegal de las islas.

Los ex combatientes no recibieron el mismo trato que los ingleses y el Presidente derogó parcialmente el Régimen Previsional Especial de los ex soldados de Malvinas, con el objetivo de evitar que se les pague al menos “dos jubilaciones mínimas”.

¿La aristocracia del dinero de Cambiemos entiende que los negocios empresarios están por delante de la soberanía y del reconocimiento a los soldados que combatieron en defensa de la patria?.

Reivindicamos el hecho de que la Argentina es una tierra de paz y que somos un país pacífico.

Los kelpers son ocupantes ilegales representantes de una potencia colonial y no un pueblo con derechos a la autodeterminación.

La recuperación de Malvinas es una causa nacional y latinoamericana. Éste último aspecto quedó manifestado en los apoyos otorgados por el MERCOSUR, la UNASUR, el ALBA y la CELAC. La Argentina obtuvo importantes acompañamientos internacionales como los manifestados en las cumbres de los Países No Alineados, por China (Hu Jintao en 2010 y Xi Jinping en 2014) o los conseguidos en la OEA (2010).

Recordemos y honremos a nuestros soldados que elevaron la bandera de la soberanía frente a un Imperio que sigue plagando el mundo de guerras y de inequidades.

El 5 de marzo de 1945 el Estado tomaba posesión de la “Compañía Primitiva de Gas”, hasta entonces encargada de la distribución de este servicio en la Capital Federal. Esta toma de posesión, con la presencia del entonces vicepresidente Juan Domingo Perón, se realizó luego de que el Estado decidiese no extender la vencida concesión a la compañía.

Un año más tarde y a pocas semanas del primer triunfo electoral de Perón, la independencia económica llegó a la política energética: fue el 1º de enero de 1946 la fecha en la que se creó la Dirección Nacional de Gas del Estado, dentro de la órbita de YPF.

El primer gran proyecto de Gas del Estado fue la construcción del gasoducto Buenos Aires – Comodoro Rivadavia que comenzó el 1º de enero de 1947. Esta iniciativa fue calificada por muchos como “imposible” o incluso tildada de “obra faraónica”. Sin embargo, a 3 años de iniciada la obra, el 29 de diciembre de 1949,  la palabras se dispersaron ante la inauguración del gasoducto más largo del mundo hasta ese momento. Vale destacar que el gasoducto fue financiado en su totalidad por capitales nacionales, es decir, sin inversión extranjera.

Perón inaugura el gasoducto Cdoro. Rivadavia. A su izquierda, sonriente, Canessa

Debido a esta y a posteriores realizaciones de la empresa estatal, los clientes de la red se multiplicaron por miles, pasando de 130.000 en 1943, a 700.000 en 1951, 1.300.000 en 1960 y 5.000.000 en 1992 (18 provincias y 45% de la población del país).

Fue así como la Argentina se posicionó entre los países más avanzados en cuanto al aprovechamiento del gas, a la par de los Estados Unidos y la Unión Soviética, no sólo brindando un excelente servicio en manos de una empresa que arrojaba superávit año tras año, sino también permitiendo una gran baja en las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera y manteniendo, hasta 1992 (año de su desguace), una política de baja sostenida de tarifas y expansión de las redes.

Pero… alguien debió haber planificado y administrado una empresa del Estado al servicio de su pueblo. Esa persona, se llamó Julio V. Canessa. Su nombre, borrado de la historia -oficial y no tan oficial-, sus ideas y sus realizaciones deben ser recuperadas para la construcción de una Argentina justa, libre y soberana. Al Ing. Canessa, Juan Carlos Vaamonde no dudó en llamarlo “Libertador del Gas Argentino”.

Julio Canessa

Compartimos su libro del año 1944: “Los servicios públicos del Gas en la Argentina. Necesidad de su nacionalización, extensión y centralización” (disponible en nuestra Biblioteca Digital), luego un intercambio epistolar entre Perón y Canessa y finalmente una reseña biográfica del continuador de la línea nacional energética Mosconi-Baldrich en el área gasífera.

 

Carta del Ing. Canessa al Presidente Gral. Perón.

“Señor Presidente de la República Argentina, hoy vengo a solicitar la autorización del Gobierno de la Nación para construir el Gasoducto Comodoro Rivadavia -Buenos Aires, que le permitirá a nuestra patria lograr su independencia energética, realizando una apreciable economía de combustibles, poner en movimiento ingentes reservas no aprovechadas y acrecentar el bienestar de la población. Lo haremos con ingenieros, técnicos y obreros argentinos. Tendremos muchas dificultades, pero las venceremos porque tenemos claro el objetivo (…) No faltarán, Señor Presidente, quienes digan que obras de esta naturaleza son impracticables para la técnica actual, que es más conveniente seguir importando carbón de Europa, pues caso contrario no nos comprarán más nuestros productos primarios; en fin, se escucharán todos los argumentos que desde muchos años atrás se esgrimen, llevándonos al convencimiento de que somos una colonia y no un país económicamente independiente.”

Respuesta del Presidente Gral. Perón

“Señor Director de la Administración de Gas del Estado, Ing. Don Julio Canessa, yo sé que este es el sueño de su vida. Estoy persuadido, como Presidente de la República, que bajo la dirección de hombres de su temple, el gasoducto una vez inaugurado dará nacimiento a una nueva era para la Nación en materia de combustibles. Yo no considero riqueza la que está debajo de la tierra, sino la que ha sido extraída. Por eso Ing. Don Julio Canessa: ¡VAYA Y HAGA!.”

 

JULIO VICENTE CANESSA (1901 – 1976)

Nace el 5 de abril de 1901, en Pehuajó, provincia de buenos Aires. Cursa los tres ciclos de la enseñanza, egresando de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad de buenos Aires, con el título de Ingeniero Industrial.

En 1927, ingresa a Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF). Desde su puesto, estudia e investiga las posibilidades de alcanzar el mejor aprovechamiento de nuestra riqueza gasífera. En la destilería de La Plata, impulsa la primera planta de producción de gas líquido de la Argentina. En 1938, pasa a desempeñarse como administrador de la destilería de YPF, de la localidad de San Lorenzo, en la provincia de Santa Fe.

En 1945, es designado administrador de los servicios de gas en Capital Federal. Poco después, en 1946, ya en su condición de Primer Director General de Gas del Estado, lo entrevista al presidente Perón y le dice: “-Vea-, en Comodoro Rivadavia dejamos escapar el gas y después, importamos carbón de hulla para fabricarlo. Tenemos que traer ese gas a Buenos Aires y terminar con el carbón importado”. Perón hace llamar al ministro Lagomarsino, mientras escucha atentamente las explicaciones de Canessa sobre un mapa. Luego le dice: “Está bien, no hace falta que entremos en detalles… Vaya y hágalo. Ahora se lo ordeno. Y usted, Laguito, se ocupará de que a Gas del Estado no le falte nada. Quiero ver ese gasoducto cuanto antes”. Luego, Canessa cuenta, enfervorizado por el entusiasmo: “¿Se da cuenta? Vaya y hágalo. Aquella frase me martilló toda la noche. Era la primera vez que un presidente terminaba así una entrevista de ésas. No podía creerlo”.

La obra se planea en seis meses y el 21 de febrero de 1947, el presidente Perón suelda el primer caño del gasoducto en Lavallol. Canessa, como director de la obra, planifica la construcción: el tramo Valcheta (Río Negro) – Comodoro Rivadavia (Chubut) es adjudicado a la empresa Techint, en tanto que el que une Valcheta con Buenos Aires, queda en manos de Gas del Estado.

Canessa pone todo su empeño en esa obra, que desde años atrás había sido su gran proyecto. Vive para el gasoducto y redobla esfuerzos diariamente para que éste avance uniendo esa larga distancia: 1700 kilómetros de cañería “transportaban los sueños de Canessa por el interior de la tierra”. El 29 de diciembre de 1949, se inaugura el gasoducto –en ese momento el más largo del mundo-, una de las obras más importantes construida en la Argentina en las últimas décadas.

Canessa cumple, luego, otras funciones, en todas ellas fiel a la inquebrantable concepción de defender los recursos naturales del país. Entre 1949 y 1950 se desempeña como presidente del directorio de YPF. Luego, es miembro del directorio del Banco Industrial y del Banco Central y en 1955 asume como decano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires, perdiendo su cargo al producirse el golpe del 16 de setiembre.

En 1958, vuelve a ser administrador de Gas del Estado. Años después, en 1973 – 1975, ocupa nuevamente cargos importantes de asesoramiento en materia energética: asesor del ministro de Obras Públicas, administrador general de la Dirección de Energía de la provincia de Buenos Aires, asesor del presidente del directorio de YPF.

Fallece el 19 de junio de 1976.

No obstante la falta de reconocimiento público –por razones políticas- el nombre del ingeniero Canessa queda indisolublemente ligado a la construcción del gasoducto Comodoro Rivadavia-Buenos Aires y a la gestación de una empresa estatal modelo, que no sólo multiplicó notablemente la cantidad de usuarios sino que fue siempre superavitaria.

Fuente: Norberto Galasso – Los Malditos Vol. I – Pág. 134 – Ediciones Madres de Plaza de Mayo

Fuente: Portal Alba

Generalmente cuando se recuerda a Rodolfo Walsh se suele evocar su heroico y trágico final, sus cuentos póstumos, la relación con sus hijas, etc. En estas intercesiones del recuerdo se observa una mirada épica propia de la literatura setentista. El presente artículo no pretende invalidar el recuerdo de la figura de lentes y pensador que decidió enfrentar a los verdugos de la oligarquía poniendo su propio cuerpo. Sino muy por el contrario, el artículo invita a pensar a Walsh más allá del acontecimiento y de la acción, es decir, como un hombre comprometido con la cultura periférica.

La figura de Walsh ha ingresado al panteón de los héroes, motivos no faltan para recordar su épica, pero sin duda ésta se agiganta cuando en momentos regresivos para el pueblo argentino y para buena parte de la región, el pensamiento de Walsh se convierte en una herramienta práctica para analizar la realidad.

Walsh es mucho más que un periodista, que un traductor, que un criptógrafo, Rodolfo es un pensador de acción y un trabajador de la cultura en un país dependiente. Su labor fue desentrañar las ideologías de sistemas centrales; Fermín Chavez hombre del pensamiento vinculado a una matriz de reflexión nacional consideraba que el rol de los pensadores – no de los intelectuales- era “Desentrañar las ideologías de los sistemas centrales, en cuanto ellas representa fuerzas e instrumentos de dominación, es una de las tareas primordiales de los trabajadores de la cultura en las regiones de la periferia”. Walsh fue trabajador de la cultura con un intachable compromiso político producto de la dura coyuntura que le tocó atravesar en los últimos años de su vida.

Siguiendo a Fermín Chávez y en relación a Rodolfo Walsh, hay momentos que son propicios para que estos trabajadores de la cultura adquieran mayor relevancia, estos instantes históricos son los períodos de resistencia popular. Generalmente las mencionadas etapas coinciden con el cambio que motorizan las oligarquías nativas a las estructuras económicas y las relaciones de producción en las sociedades dependientes, es decir períodos de restauración conservadora. Estos cambios surgen de la íntima relación que establecen estas oligarquías con los imperios de turno. Figuras como las de José Hernández o Raúl Scalabrini Ortiz en cierta manera pueden vincularse con la idea de trabajador de la cultura, el cual desentraña las ideologías centrales que en países considerados semicoloniales son las que perpetúan la dominación y garantizan los cambios antipopulares impulsados por las oligarquías.

A mediados de los años 50 del siglo XX, una corriente de autores provenientes de la matriz nacional de pensamiento se enfrentaba al aparato teórico de la restauración del gobierno de Aramburu. La motivación de estos autores era explicar cómo se sostenía la dominación en un país semicolonial, es decir, en un territorio que es independiente desde lo político pero dependiente desde lo económico. A tal fin estos autores acudían al concepto de colonización pedagógica. Al centrar como variable independiente de la situación dominación a la penetración cultural, los pensadores consideraban que países como la Argentina presentaban una débil dosis de conciencia nacional en función de negar su pasado, de priorizar esquemas de representación importados, arterias de recepción y representaciones de pensamiento que debilitaban cualquier autodeterminación en materia de posición política.

La crítica literaria, los análisis de estilo y periodísticos, la proliferación de bibliografías y de relatos que evocan la figura de Rodolfo Walsh han bloqueado la posibilidad de pensarlo como un trabajador de la cultura como un pensador cuya tarea fue desentrañar las ideologías de los sistemas centrales, como lo han hechos tantos laburantes de nuestra cultura.

En primer lugar, Walsh como hombre de la cultura que impulsó la construcción de sentido nacional a través de su literatura y su obra ha tenido que recorrer el periplo de muchos autores hermanos quienes tuvieron que desaprender, resignificar, deconstruir – el lector elegirá el verbo apropiado-. Walsh en su maduración como pensador, político y militante va hacia un barajar y dar de nuevo constante, propio de los inestables escenarios políticos y sociales que atravesaron los países de la región a partir de las restauraciones conservadoras. En Walsh se observa durante los años de producción y compromiso la ardua tarea del pensador que debió reformular interpretaciones y construcciones simbólicas sobre la inestable realidad. Veremos cómo la obra de Walsh se encuentra sujeta a la tensión entre la estructura -es decir la coyuntura latinoamericana que imposibilita que la labor de los pensadores como Walsh pueda cristalizarse en una foto- y la acción de un agente creador inquieto e irreverente ante los moldes de una sociedad en descomposición.

Arturo Jauretche en el libro FORJA y la Década Infame[1] explica que para construir la matriz de pensamiento soberana junto con los otros hombres y mujeres de FORJA debió destruir todo el bagaje conceptual y la cosmovisión teórica política que cultivó hasta ese momento. Jauretche afirmaba que hubo que renunciar a todas las doctrinas y a las soluciones que venían enlatadas en bibliotecas, con certificado de procedencia importado. Esta situación terminaba generando una lectura adulterada de la realidad, de los procesos sociales y de la ubicación en la estructura de los diferentes actores sociales.

Walsh es parte de esta herencia y la de muchos hombres de su generación, que debieron derribar el antiperonismo y avanzaron en un proceso de fortalecimiento de la conciencia social y política que lo lleva aumentar sus niveles de participación y politización promoviendo un cambio de 180 grados respecto a su posición antes y después del golpe del 55.

En la obra de Walsh hay una serie de momentos que son bisagras para explicar su producción y sus posicionamientos en una coyuntura de avance de la oligarquía. Sin lugar a dudas un ejemplo de esto se da en el escenario de Operación Masacre, este libro que aparece como una novela testimonial en clave periodístico-literario en el que Walsh fue precursor, viene a dar cuenta de una minuciosidad antropológica en la recolección del dato y en el establecimiento de una nueva mecánica en la investigación.

Como trabajador de la cultura, Walsh observaba que hay momentos en que la manera de expresar la política se da bajo el parámetro de la cultura, ante un escenario prescriptivo y de censura la literatura le permite dar el rodeo necesario para explicar la realidad social y política. La utilización del recurso literario como mascarón de proa de una propuesta más amplia no escapa a otros escenarios históricos donde los trabajadores de la cultura debieron sortear situaciones similares a las Walsh en su tiempo. De hecho José Hernández debe eludir la censura del liberalismo en su obra Martín Fierro, a través de la gauchipolítica, Hernández ocupa el casillero de la resistencia con un estilo narrativo en el cual ensancha la base de los reclamos del sujeto social -el gaucho- que es perseguido en los comienzos del proceso de modernización excluyente en la Argentina.

Siguiendo esa línea otro de los hombres que a través de la literatura dan cuenta de la realidad adversa para los sectores populares es Raúl Scalabrini Ortiz en el libro El hombre que está solo y espera donde se busca a través de la literatura describir la anomia de la sociedad de la década del 30, donde el nihilismo y la falta de correspondencia no implican más que una ausencia de reconocimiento en la sociedad urbana de esa época. Scalabrini como hombre de la cultura está convencido que a través de estas piezas literarias es posible poner voz en sectores que no se ven interpelados en términos políticos.

Walsh, Scalabrini Ortiz o Hernández utilizan a la literatura para escapar sobre los intersticios que deja el sistema de la oligarquía. De esta manera Walsh ingresa en el panteón de pensadores creadores en la adversidad; el rol del hombre de la cultura surge desde la retaguardia pero impulsa la búsqueda de conciencia hacia lo propio. El mismo Walsh en un reportaje que le realizó Ricardo Piglia analizaba la obra de Scalabrini Ortiz en el registro del escritor comprometido, la retaguardia que utiliza la cultura para que en momentos de maduración puedan emerger expresiones que pongan fin al hostigamiento anti popular del liberalismo. De todos modos, alcanzar una producción literaria que avance en la búsqueda de conciencia no es tarea fácil para los hombres de la cultura en países semicoloniales, el escritor deberá romper con prenociones y deberá modificar su actitud natural ante la vida tratando de que la naturalidad de la literatura burguesa no sea un obstáculo que bloquee el asombro del escritor comprometido.

En esa línea por discutir los calendarios de la oligarquía y su agenda pedagógica, Walsh asume un rol protagónico como editorialista del movimiento obrero cuando ocupa la redacción del órgano de difusión de la Confederación General de los Argentino -CGTA-. Walsh en su crónica sobre el Cordobazo da muestra de una maduración periodística destacada, en este punto sentirá como otros hombres de su generación que en el Cordobazo la “historia” estaba paseando por las calles de la Docta –tal como se conoce a la provincia mediterránea-, la cronología de los hechos junto a una lectura antropológica refundadora del contrato social, la violencia del proceso social empujan a la reflexión sobre la verdadera motivación del hombre en una sociedad capitalista que tiene que ver con su emancipación, lo que implica dejar de ser lobo de su propia especie.

Pero el nuevo contrato basado en la soberanía y en la voluntad popular no surge únicamente como resultante de las agitadas jornadas cordobesas, sino que son estas jornadas las que le permiten a Walsh establecer un puente histórico y hilar en la construcción de un relato que rompe con la pedagogía de la dependencia. En una lectura en clave marxista y que desempolva históricamente el rol de la cultura en los países dependientes formula la famosa frase: “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores. la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan.
La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas. Esta vez es posible que se quiebre el círculo…”

Nuevamente Walsh se presenta como un hombre de la cultura que rompe moldes, a través de la escritura, del género literario o del género periodístico, la literatura se muestra en una forma de expresión en la adversidad del ciclo histórico argentino y aparece como un escenario circular donde se reciclan los mismos actores con diferentes máscaras. Walsh intentó correr el velo de esas máscaras, pero su plus consistió no sólo en la denuncia sino en una práctica en la que dejó su vida.

[1] Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina, movimiento político de tendencia yrigoyenista y popular que discute a la dirección conservadora de la Unión Cívica Radical

El traspaso de la justicia nacional al ámbito de la ciudad de Buenos Aires constituye un hecho que merece una especial atención por su impacto en la organización del país. Detrás de esto anida una cuestión central para el desarrollo productivo y del perfil del proyecto de nación a realizar, relativo a la relación entre la Capital Federal y el resto del país. Su comprensión nos obliga a ahondar en cuestiones fundamentales de nuestra historia, las cuales no parecen estar presentes al momento de reflexionar, por lo que el problema pasa a ser uno de alcance nacional y no meramente local. No es un problema de nosotros los porteños nada más, sino de todos los argentinos.

Se procura –hace tiempo en verdad- que la Ciudad de Buenos Aires asuma la administración de justicia actualmente a cargo de la Nación, mediante convenios de transferencias entre la Nación y el estado local. Los convenios –firmados en el veraniego mes de enero- empiezan por los tribunales en lo penal y de las relaciones de consumo pero la intención, ya puesta de manifiesto en varias oportunidades con marchas y contramarchas en los últimos años, alcanza a la totalidad de los fueros nacionales aunque requiera de la ratificación tanto de la legislatura local como del Congreso. Esto último obliga a posicionarse a los representantes de las provincias en defensa de sus intereses.

Los gremios judiciales, con razón, han alertado acerca de la pérdida de derechos de los trabajadores, en lo relativo a horario, salarios, jubilación, obra social y condiciones de trabajo en general, todo lo cual se presenta como regresivo. A la vez, se ha puesto el foco rojo acerca de las consecuencias institucionales, en orden a la designación y remoción de jueces y funcionarios, cuya facultad quedaría a cargo del Consejo de la Magistratura de la Ciudad de Buenos Aires que con mayoría simple, hoy oficialista, alcanza para nombrar y removerlos.

El caso de la liquidación de la justicia nacional en lo laboral es el que más prende la luz de alerta, por las importantes consecuencias sobre los derechos de los trabajadores. La asunción de la jurisdicción laboral por parte de los jueces de la ciudad implicaría una revisión del modo de interpretar las leyes, por lo que sería una manera de implementar la flexibilización laboral, por el predominio de la ideología liberal conservadora y propatronal en la jurisdicción porteña, como lo ha precisado el Encuentro Permanente por el Derecho del Trabajo la Defensa de la Justicia Laboral de 2016, integrado por importantes asociaciones de abogados laboralistas y especialistas. Las relaciones de trabajo de millones de personas que habitan el área metropolitana, con centro en la Capital Federal, así como las posibilidades de reclamar por sus derechos, es de indudable interés nacional, e incluso de las provincias por la vida de sus paisanos residentes en la capital.

También destaca la asunción de la justicia en el ámbito de las relaciones de consumo, cuya puesta en funcionamiento ya había sido impedida por las propias autoridades jurisdiccionales locales. Su normativa antimonopolio y a favor de las desconcentración del circuito comercial, de recurrente preocupación por, justamente, el sector empresarial monopólico y concentrado. El mismo interés nacional puede predicarse respecto del consumo masivo de bienes y servicios por parte de personas que habitan de un lado y del otro de las líneas divisorias de jurisdicción.

A todo esto se le suma el control del subterráneo, la sustitución de la policía federal por la metropolitana, el proyecto para transferir el Registro de Propiedad Inmueble de la Nación y la Inspección General de Justicia, así como el reciente pedido, en diciembre pasado, de transferir el puerto de Buenos Aires a la órbita porteña, en lo que es una estrategia de relanzamiento de la denominada autonomía porteña.

En fin, todas estas medidas van en dirección conjunta de fortalecer el poder de las autoridades porteñas, por medio de debilitar al poder nacional -y por ende la participación en éste de las provincias- en el ámbito de la Capital Federal, en desmedro de las condiciones para implementar de una política nacional. Por eso no es casualidad que se concrete justo cuando una fuerza política porteñista conduce la Nación. Todo eso es en nombre del federalismo y la autonomía porteña, que la reforma de la Constitución Nacional en 1994 le habría dado a la ciudad puerto y el apoyo que le dio la Corte de Suprema de Justicia de la Nación en el fallo “Corrales”, en la significativa fecha de 9 de diciembre de 2015.

La reforma constitucional de 1994 dispuso, además de la provincialización de los recursos del subsuelo en nombre de un equívoco federalismo, el artículo 129 que dice: “La ciudad de Buenos Aires tendrá un régimen de gobierno autónomo, con facultades propias de legislación y jurisdicción, y su jefe de gobierno será elegido directamente por el pueblo de la ciudad. Una ley garantizará los intereses del Estado nacional mientras la ciudad de Buenos Aires sea capital de la Nación”. La ley 24588 (la ley Cafiero) fue sancionada un año después de la reforma constitucional, con el fin de garantizar “los intereses del Estado Nacional en la ciudad de Buenos Aires, mientras sea Capital de la República, para asegurar el pleno ejercicio de los poderes atribuidos a las autoridades del Gobierno de la Nación”, por la que se mantenía varias funciones en el ámbito nacional, entre ellas la administración de justicia nacional.

El asunto tiene tratamiento constitucional desde 1853, estableciéndose una relación entre la Nación y las Provincias por la que éstas se reservan todo el poder no delegado expresamente a aquélla. La verdad histórica es que el federalismo constitucional tuvo la oposición de las oligarquías, por la relación desigual signada por el fuerte centralismo porteño, la disímil posición de privilegios económicos y de posibilidades de crecimiento de las regiones, de acuerdo a su cercanía con el puerto de Buenos Aires y la posibilidad de acceso a los ríos de navegación (en la cuenca del Plata). Bajo la Constitución de 1853, la entonces ciudad de Buenos Aires tenía la categoría de un municipio con autarquía, cuya federalización fue dispuesta por los constituyentes con la idea de garantizar la seguridad de las autoridades nacionales, con sede allí, y por ende el ejercicio pleno del poder nacional sin riesgos de interferencia del bando porteñista expresado en el mitrismo. No era posible la existencia de un proyecto de Nación, sin la disposición de las vitales y fundamentales rentas de la aduana de Buenos Aires para redistribuirlas en el resto del país y sustentar un crecimiento integral.

La oposición a este proyecto de país motivó la secesión de la Provincia de Buenos Aires en nombre del federalismo, quien dictó en 1854 su propia Constitución y luego el Código de Comercio, bajo el liderazgo del mitrismo, con el apoyo de los terratenientes de la pampa húmeda y los comerciantes ligados a la importación. El usufructo oligárquico de la renta agraria extraordinaria, por vía del dominio del comercio exterior, y el financiero por el sistema de bancos pendientes de los empréstitos externos, se apoyaba en el predominio centralista porteño por sobre el resto del país. Desde la perspectiva de los grandes trazos generales, dos modelos de país opuesto y diferenciados pugnaban entre sí, con eje en el centralismo porteñista uno, y en el impulso proveniente del interior (los trece ranchos, como le decían), el otro.

La contienda se definió en la conocida batalla de Pavón (1861) a favor del mitrismo, luego consolidado con su guerra de policía contras los caudillos del interior. Desde 1862, con la presidencia de Mitre, Buenos Aires aceptó integrarse al país y jurar la nueva Constitución, pero sin acatarla realmente porque en los hechos resistía a compartir las rentas de la aduana y la jurisdicción sobre su ciudad puerto.

La federalización de la ciudad de Buenos Aires se logró definitivamente en 1880 con la contienda de las batallas del sur de la Capital (los Corrales, Parque Patricios, Pompeya), con el resultado de miles de muertos en las jornadas de junio de aquel año. Entonces, se le dio categoría de municipio a la ciudad puerto quedando bajo la órbita total del Estado Nacional, cuyo Poder Ejecutivo incluso tuvo la facultad de designar por decreto al intendente, así como también quedaron las rentas de la aduana, la administración del puerto, los tribunales y otras funciones de administración política. Esa federalización (ley 1029 de septiembre de 1880) tuvo el objetivo de nacionalizar la ciudad puerto y además poner en disputa esa renta agraria extraordinaria que la oligarquía terrateniente bonaerense quería solo para sí. Fue un hecho trascendental para la organización del país, por el cual se evitó así profundizar un desguace mayor de la cuenca del Río de la Plata, iniciado con la balcanización de Sudamérica en los años veinte del siglo XIX, con la separación de la Banda Oriental, el Alto Perú y Paraguay, del antiguo territorio del virreinato, aunque no podía evitar la hegemonía oligárquica del modelo agroexportador con dependencia económica de Gran Bretaña.

En el siglo XX, la política de fomento y nacionalización del petróleo del yrigoyenismo sostuvo –como lo había hecho, de otro modo, con su lucha por el sufragio libre e igualitario y las leyes a favor de los trabajadores- un federalismo desde la defensa del interés nacional, aunque se vio truncado por el golpe de estado de 1930, que favoreció a las empresas petroleras anglobritánica y las oligarquías provinciales, partes en la renuncia a la soberanía petrolera.

Cuando el peronismo implementó el proyecto nacional con soberanía y justicia social, lo hizo desde una concepción de federalismo democrático en la cual se daba prioridad tanto a la ampliación de la participación política de las provincias, se priorizaba el desarrollo regional y alejaba cualquier propósito de autonomía del distrito porteño. Con la reforma constitucional de 1949, sin variar la soberanía residual de las provincias, modificó su concepto en cuanto estableció la propiedad nacional en forma inalienable e imprescriptible de los recursos naturales. En lo concerniente a la administración de justicia, el artículo 94 disponía que en la Capital de la República todos los tribunales tenían el mismo carácter de nacional. La ley nro. 13.998 (de 1950) reglamentó esta norma y dispuso que todos debían ser considerados jueces de la Nación, por oposición a los jueces de provincia, equiparados a los federales.

Así llegamos a 1994, cuando una nueva reforma constitucional incorporó normas en la materia cuyo alcance se discute actualmente. Además de la provincialización de los recursos del subsuelo en nombre de un equívoco federalismo, también se legisló el artículo 129 que dice: “La ciudad de Buenos Aires tendrá un régimen de gobierno autónomo, con facultades propias de legislación y jurisdicción, y su jefe de gobierno será elegido directamente por el pueblo de la ciudad. Una ley garantizará los intereses del Estado nacional mientras la ciudad de Buenos Aires sea capital de la Nación”. Sin embargo, la ley 24588 (la ley Cafiero) sancionada un año después de la reforma constitucional, con el fin de garantizar “los intereses del Estado Nacional en la ciudad de Buenos Aires, mientras sea Capital de la República, para asegurar el pleno ejercicio de los poderes atribuidos a las autoridades del Gobierno de la Nación”.

En 1996, el Congreso de la Nación convocó a una convención para dictar el Estatuto Organizativo de la Ciudad –en conformidad con lo dispuesto en la reforma de la Constitución Nacional en 1994- pero los convencionales electos dictaron una Constitución invocando razones de autonomía. Desde entonces, la consigna porteñista fue tomando cada vez más forma alentado por las propias autoridades locales. El Supremo Tribunal de Justicia de la Ciudad, en la causa “Subterráneos de Buenos Aires Sociedad del Estado” (2009), expuso su propia interpretación sobre el asunto: “la reforma de 1994 procedió en sentido originario devolviendo al pueblo de la Ciudad de Buenos Aires las potestades jurisdiccionales de las que había sido privado alterando con ello la igualdad política de quienes somos ciudadanos argentinos. En su marco, los jueces nacionales ordinarios ejercen aquellas competencias de la Ciudad Autónoma contempladas en el art. 129 de la CN que les ha reservado la ley 24.588, esto es, potestades que toma la Nación en ejercicio de su discrecionalidad legislativa, hasta tanto exista un acuerdo entre Nación y Ciudad que permita dar plena operatividad al citado art. 129 de la CN”.

Tras un sistemático cuestionamiento de la ley Cafiero, se empezó a alegar una injerencia de la Nación en asuntos locales y una discriminación en perjuicio de los porteños. La Corte Suprema de Justicia de la Nación, en un fallo reciente y de por sí regresivo porque rechaza la competencia de la justicia laboral para proteger los derechos de los trabajadores de la AFSCA, hizo mención a que “el carácter de nacional de los tribunales ordinarios de la Capital Federal es meramente transitorio”, dando apoyo al traspaso de la justicia nacional –la del trabajo en particular- al ámbito de la Ciudad de Buenos Aires (“Sapienza, Matias Ezequiel y otros c/ Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual y otro s/ acción de amparo”).

¿Unidad o fragmentación del país?

El alcance de una supuesta autonomía porteña está limitada fuertemente por el interés nacional existente en la regulación normativa y contralor de las principales relaciones sociales que se despliegan en el área metropolitana, que incluye a los lindantes partidos del conurbano de la Provincia de Buenos. La ciudad puerto metropoli es sede de las firmas comerciales más importantes del país, de las multinaciones que concentran la alta industria y el comercio exterior, de las financieras y principales bancos, de los medios de comunicación hegemónicos, y, principalmente, el espacio donde trabaja, vive y circula el núcleo de la mayor masa trabajadora del país. Es también la sede de las autoridades nacionales, de los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, cuya seguridad, al menos, debe estar a cargo de fuerzas nacionales, y del puerto más importante del país que funciona como eje del mercado exterior. Dueña de una cultura eurocéntrica con el propósito de irradiar mesiánicamente hacia el resto del país en forma de falsa civilización, que hoy se transmite por vía de los multimedios.

En el caso de la IGJ, su función es la de ejercer las funciones de autoridad de aplicación, control y registración de las sociedades comerciales constituidas en la ciudad de Buenos Aires, entre ellas de las sociedades off shore, por lo que cuenta con información sensible para detectar evasiones y fraudes económicos. Pero el caso del traspaso a la ciudad del puerto de Buenos Aires reviste una especial gravedad: es el puerto más importante del país, el único que queda en poder del estado nacional después de la Ley de Puertos de 1992, es el responsable de garantizar la comunicación de las diferentes regiones del país con el mercado externo, el eje de la cuenca del Plata, que opera con la mayor cantidad de mercancías por exportación e importación y fuente de una recaudación de miles de millones de dólares al año.

La declamada autonomía porteña tiene actualmente, así, el mismo significado que tuvo a la largo de la historia, cuando el centralismo porteñista invocaba en el siglo XIX el argumento del federalismo para defender sus privilegios particulares, como explicaba Alfredo Terzaga, el historiador cordobés: “nada de organización si es que la organización tenía que ser federal; nada de capitalización de la ciudad; nada de libertad de los ríos; nada de nacionalización aduanera”; en cambio, “cada vez que en Buenos Aires apareció un movimiento o una actitud de carácter ´federal´ (Tratado del Cuadrilatero, Santa Federación, entre otros), lo fue para aferrarse al puerto, bajo el manto federal, a los mismos privilegios y exclusivismos que defendiera bajo la cubierta del unitarismo” (en “Historia de Roca”, Peña Lillo, Buenos Aires).

Esta oportuna actitud federal renació en 1994, amagó durante los últimos años y tomó envión en la actualidad, con esta renovada vocación por la autonomía. Se trata de un trazo largo en la historia argentina que continúa en el presente, avivando los aires de cambio regresivo y de fragmentación nacional, de la mano de un neoliberalismo desintegrador de los lazos comunitarios en las bases sociales. No es necesario un regreso a la secesión de1854, sino que alcanza, como en 1862, con sustraer a la Capital Federal de la dirección política del poder nacional y por ende de la posibilidad de compartir el destino del resto de los argentinos: sería, sin exagerar, un retroceso al tiempo anterior a 1880 cuando se federalizó la ciudad de Buenos Aires, tras un el combate de Los Corrales, Puente Alsina y Parque de los Patricios.

La autonomía porteña así entendida es un factor de debilitamiento del poder nacional y de la posibilidad de sostener una política de autodeterminación y soberanía nacional. Es una modificación esencial en la organización del país, que opera como un reaseguro, presente y futuro, para el modelo oligárquico conservador, y un obstáculo estructural para avanzar en un desarrollo productivo integral, democrático y federal. Por eso, lejos de algún anacronismo, otra vez el país se encuentra en la disyuntiva histórica de debatir el sentido de la autonomía de la única ciudad-metropoli con que cuenta, en los términos precisos y concretos de unidad o fragmentación nacional. Nosotros, los porteños, deberíamos tener presente esa enseñanza primera para nuestra América, que indica a la unidad como el único ejercio de autonomía posible. O lo que es lo mismo, hacer nuestro el consejo de un bonaerense del siglo XIX, los hermanos seamos unidos o nos devoran los de afuera.

Javier Azzali

Profesor en Derecho (UNPaz/UBA). Miembro del Centro de Estudios Históricos, Políticos y Sociales “Felipe Varela”. Porteño, pero no porteñista.

Nota publicada en Revista Digital Zoom

El general Mosconi, director de los Yacimientos Petrolíferos Fiscales, habla con un lápiz en la mano. Sobre la página blanca que tiene delante va dejando caer las cifras fantásticas. Es el poema del petróleo argentino:

El oro negro corre como en un sistema arterial vivificante, bajo la tierra de la nación futura, desproporcionada a fuerza de ser grande y poderosa.

— En 1907 partimos de cero. Se está horadando un pozo. ¿Encontraremos la napa de Petróleo prevista? De pronto un trueno conmueve la entraña de la roca, arrasa con todo: tubos, perforadoras, materiales.

Es un chorro de agua salada, de gas, de basalto y de arenillas. Las paredes de cinc tiemblan. La fuerza del surtidor amenaza con hacer volar el galpón, arrancarlo de raíz. Ha costado cien mil pesos la perforación del pozo. Una hora más tarde ese chorro de mineral ha vertido ya cien mil pesos de petróleo. Los años siguen. La labor fiscal abre nuevos pozos. La curva de la producción es casi una vertical, y al fin del año pasado aparecemos sobre el mundo como la décima potencia petrolífera.

Hemos producido en 1926: 1.158.544 toneladas de petróleo, 1.032.958 toneladas de fuel-oil y más de 150 millones de litros de nafta y querosén.

Entre Comodoro Rivadavia y los yacimientos de Plaza Huincul 376 pozos se explotan y 164 poros se aprestan a la actividad.

Las perforaciones suman cifras fantásticas. Se ha horadado 94.910 metros en roca viva. Si pusiéramos un caño al lado de otro, esta cañería subiría al cielo, se perdería entre las nubes y casi ya saldría de la atmosfera terrestre. Entraría en el éter en que flotan los astros.

Este petróleo que busca recipientes y no los halló a veces a la medida de la abundancia en que fluye de los yacimientos riquísimos, forma ríos sobre la tierra virgen y se estanca. Los barcos-cisternas vendrán a buscarlo. La flota nacional, compuesta de 7 barcos, hace anualmente ciento noventa viajes entre Buenos Aires y Comodoro Rivadavia. Al fin del año podrían transportar 940.000 toneladas. El petróleo crudo traído a la destilería de La Plata alcanzó en 1926 a 475.057 toneladas, fuera del acarreado para empresas particulares que llegó a 173.441 toneladas. No cuento la nafta y el querosén.

Esa misma flota ha transportado en 1926, 393.553 toneladas de fueloil (carburante) y 22.523 toneladas de nafta y querosén desde la refinería de La Plata a Buenos Aires. Estos barcos han llevado en cambio hasta Comodoro Rivadavia 35.997 toneladas de carga y 3926 pasajeros.

La destilería de La Plata es otro de los milagros del petróleo. Fue construida y puesta en movimiento en solo un año. Hay fechas que deben en entrar en las efemérides argentinas; el 24 de diciembre de 1925 la Destilería Primaría envió su primer cargamento de fuel-oil a los estanques de Buenos Aires.

El primer bombeo de nafta se efectuó el 7 de febrero de 1926. Al día siguiente, se bombeó el primer litro de querosén nacional.

La destilería está en condiciones — y lo ha demostrado — de extraer la mayor cantidad de nafta y querosén del petróleo crudo en el estado actual de la técnica del petróleo.

La nafta y el querosén Y. P. F. han conquistado el mercado. La destilería debe ser capaz de elaborar 2000 toneladas por día. Ha llegado a 2400, en las pruebas de recepción y se han tratado durante el año pasado 743.318.657 toneladas de petróleo bruto. Se ha entregado a la venta, haciéndose reservas para casos imprevistos: 50.254.600 litros de nafta y 23.170.822 litros de querosén. El total de lo recaudado por este concepto llegó a 13.371.288 pesos moneda nacional. Este petróleo, desde la salida de los pozos, busca almacenes y cubas donde ser guardado. En Comodoro Rivadavia poseemos 175.000 metros cúbicos de almacén. Plaza Huincul tiene 20.885, Dársena Sud 65.500.

En Santa Fe, Rosario, La Plata, etc., hay 188.084 metros cúbicos de almacén que le esperan.

Nada nos impide creer que la línea ascendente que sigue las explotaciones fiscales del petróleo y sus derivados nos permita saturar el mercado con nuestro producto y eliminar el producto extranjero dentro de breve tiempo.

Una ley fiscal que preocupa al Parlamento debe Destilería fiscal de La Plata y sus almacenes, de una capacidad de 130 mil metros cúbicos. Ofrecernos mayores facilidades en esta política nacional del petróleo.

Los números en su gravedad exponen el estado actual del petróleo argentino, pero esa riqueza así enunciada es sólo un trasunto fugaz de la verdad. Todas las esperanzas están permitidas. El dorado de América se halla bajo la Patagonia.

Su riqueza no ha sido alcanzada todavía. Es incalculable y bella. Varios millones de hombres deformados por el esfuerzo han hecho un campamento entre la piedra árida de Comodoro Rivadavia y el Atlántico Austral, para ofrecernos en su sacrificio la posesión de un bien nuestro que se perdía en el misterio patagónico. Es un campamento, he dicho, una ciudad deleznable hecha con chapas de cinc.

A veces hay que interrumpir la función del teatro, porque los pilludos apedrean las paredes de hojalata y ahogan la voz del piano; a veces es el viento que sopla como si estuviera a sueldo de un rival oculto, y se lleva los techos de los ranchos de los “pioneers”. Son esos hombres que se mueven dramáticamente como en una película del Far West quienes prolongan la soberanía argentina sobre la más palpable de las riquezas actuales. Son el símbolo viviente de nuestro petróleo sin una verdadera defensa aún. La Nación debe destacarse toda ella hasta la fuente del rico mineral. Su economía, la defensa nacional y el honor del país lo reclaman.

Fuente: Revista Caras y Caretas del 13 de agosto de 1927

Discurso pronunciado en Bogotá el 1º de marzo de 1928 en el banquete que le ofreciera el ministro de Industria de Colombia.

Nos congrega, señores, el moderno dios de la paz y de la guerra: el petróleo. Ningún problema se presenta en estos momentos en forma más grave, compleja y de solución más urgente a la consideración de los gobernantes, que la defensa y administración de esta riqueza, de características especialísimas.

Grave cuestión constituyen los trusts de petróleo. En cierta oportunidad, mientras se debatía en el Congreso argentino el proyecto de Ley de Petróleo, se me preguntó cuál de los dos trusts, el anglo-holandés, Royal Dutch, o el norteamericano, Standard Oil,era preferible por su capacidad técnica, método de trabajo y modalidades.

Al fin de cuentas, los dos grupos son equivalentes y compararía con una cuerda de cáñamo al grupo norteamericano, y con una de seda al europeo; de modo que en respuesta a la pregunta que se me hiciera manifesté que si las dos cuerdas, ruda la una y suave la otra, han de servir para ahorcarnos, me parecía más inteligente renunciar a ambas,y concentrando nuestra voluntad y nuestra capacidad en este problema especial, de características únicas, resolverlo por nuestras propias fuerzas, haciendo con ello un gran bien que las generaciones futuras agradecerán.

Señores: Cuando en viaje aéreo a esta bella capital, admiraba la opulencia de vuestra naturaleza y observaba el bajo standard de vida de vuestro pueblo, recordaba el espectáculo semejante que presenta nuestro norte argentino, que hiciera exclamar a uno de nuestros hombres públicos: “¡La miseria de un país rico!” Y ello es exacto para nuestros dos países porque aún no nos hemos empeñado con decisión y ahínco en el recorrido de nuestra tercera etapa histórica.

Nuestros países inician el tercer período de su evolución: a la emancipación sucede la constitución política y a ésta debe suceder la organización económica. A los fundadores de la nacionalidad suceden los organizadores constitucionales y a éstos las generaciones, la nuestra entre ellas, que resolverán el bienestar de los habitantes del país por medio de la más adecuada y conveniente organización económica, es decir, por la mejor explotación de nuestras riquezas naturales, el mejor aprovechamiento de sus potencialidades y por el desarrollo económico y especulativo de sus fuentes productivas.

Esta es la tarea que no hemos cumplido y que nos espera, en cuya base se encuentra el petróleo; y los pueblos que con mayor inteligencia y precisión resuelvan su aprovechamiento,tanto mejor y más elevado será el standard de vida que alcancen.

Señores: Que la providencia ilumine la mente de los gobernantes colombianos y argentinos para abordar y dar término al magno problema con toda la decisión y la energía requeridas, sin preocuparse por las voces de amago o presiones tendientes a inmovilizaron torcer nuestros propósitos, que deben ser inflexibles como nuestra soberanía,para que, así como la emancipación política del continente se selló con las dos corrientes emancipadoras de Bolívar y San Martín, realicemos nuestra independencia económica por la conjunción de nuestros ideales y de nuestros estandartes, y hagamos posible a Latinoamérica el cumplimiento de la misión que tiene asignada en la historia de la humanidad. Sólo entonces habremos dado término integral al mandato de nuestros libertadores, asegurando la felicidad y el bienestar de nuestros pueblos.

Fuente: BIBLIOTECA DEL PENSAMIENTO ARGENTINO / IV Tulio Halperín Donghi. Vida y muerte de la República verdadera (1910-1930)

Extraído de Historia y Doctrina de la UCR

Nuestra Nación, al igual que otras latinoamericanas, se encuentra empeñada en la laboriosa y compleja organización de su economía. Estos países,constituidos políticamente después de grandes y penosas dificultades, de largas y sangrientas perturbaciones, que tienen su explicación en la calidad de los factores étnicos que intervinieron en la conquista y en la evolución social dela colonia, inician la tercera y última etapa de su historia ascendente.

Emancipados del dominio ibérico, los pueblos sudamericanos, formados por toscos elementos raciales, se debaten en procura de su organización definitiva,guiados por confusos principios políticos que van desde el gobierno monárquico hacia la república unitaria o federal, y disponiendo de rudimentarias bases políticas. Mientras nuestras provincias cruzan la larga noche de incertidumbre y desconcierto de la fraticida lucha armada, expresión final de las ambiciones y rivalidades de personas o de grupos, y solución a la vez de localismos preñados de envidias y enconos irreductibles, germina la nueva vida. De las tragedias del malón indio o mestizo, de la opresión instituida por la barbarie, surge al fin, felizmente, la fórmula definitiva de nuestra constitución política.Las nacionalidades se asientan sobre normas de progreso colectivo. El trabajo y una evolución forzosamente lenta, pero inevitablemente segura, alcanzarán el bienestar del pueblo, propósito cardinal que en todos los tiempos ha orientado el pensamiento y la acción de los hombres de gobierno patriotas.

Nuestro estatuto provisional de 1815 y la Constitución de 1826, que disuelve nuevamente la Nación que intentaba organizarse, establecían en sus declaraciones de derechos y garantías principios fundamentales de atracción para el extranjero. Los fundadores de la nacionalidad comprendieron claramente que necesitaban dos elementos de que no disponían en la inmensidad del suelo argentino: hombres y capitales. La Constitución del 53, reformada el 60, es de una liberalidad excepcional, inspirada en la necesidad acentuada de “atraer y asimilar al extranjero, a todos los hombres del mundo que quieran habitar nuestro suelo” y compartir el imperio de nuestras leyes.

Hombres y capitales se requerían para organizar el trabajo y la explotación de las riquezas nacionales. Hombres y capitales eran necesarios para utilizar los productos del país; para fomentar y acrecentar sus valores; para mejorar las condiciones de vida en las ciudades y en la campaña; para intensificar el intercambio interior y el comercio exterior; para utilizar los ríos navegables y construir ferrocarriles y puertos; para equipar al país, en fin, con los pertrechos y las organizaciones indispensables y accesorias para una explotación intensa de la riqueza pública y privada. Sólo así podría elevarse a insospechada altura el nivel de vida de sus habitantes y sólo así podría convertirse en realidad e ideal de libertad espiritual, como fruto sazonado de las fuerzas morales y materiales de la colectividad.

Setenta y cinco años de trabajo han elevado la riqueza pública a valores muy considerables, si se observa su relación por habitante. Sin embargo,necesitamos aún de hombres y capitales extranjeros para acelerar y completar nuestro desarrollo; pero los deberes de nuestra época y la aspiración de un más grande futuro nos indican que el internacionalismo económico que nos ha formado y hecho nación debe estar sujeto a una influencia gradual, que tienda a transformarlo paulatinamente en una organización económica nacionalista hasta donde lo permita la independencia de los pueblos modernos. Los conceptos constitucionales y normas legales que fueron excelentes a mediados del siglo pasado, son pasibles de modificaciones si hemos de acelerar nuestra marcha y alcanzar los objetivos magníficos del preámbulo de nuestra carta magna.

Ha llegado ya el momento de seleccionar hombres y capitales y establecer asimismo protección para hombres y capitales nacionales. Organizando el trabajo y las explotaciones de las riquezas nacionales con hombres y dinero del país, mejoraremos evidentemente nuestras condiciones de vida, lo que es indispensable si, como lo hemos manifestado, nos encontramos aún en la necesidad de continuar atrayendo la inmigración deseable. Estimulando el espíritu de empresa en el capital nacional, refugiado hoy en la inacción o en el interés de los títulos o cédulas hipotecarias, aprovechando los mayores saldos del trabajo y en ello tendremos otra razón más de mejoramiento. En las actividades industriales, en las grandes organizaciones agropecuarias que,coordinadas en el intercambio mundial, controlan y fijan, no siempre con toda la equidad que sería de desear, la remuneración del trabajo de campaña; en las industrias de los transportes fluviales, marítimos, terrestres y aéreos, en el comercio y las organizaciones bancarias, es tiempo ya que la inteligencia y el capital argentinos intervengan en más vasta escala y recojan los beneficios colectivos que hoy se nos escurren de las manos.

Con la cooperación de Europa hemos organizado el país y lo hemos equipado, colocándolo en condiciones de emprender la explotación de sus riquezas y posibilidades en mayor escala; en los últimos años los Estados Unidos, con el envío de capitales y representantes de sus grandes empresas, se incorporaron a nuestras actividades. Podemos, pues, elegir ahora el elemento que nos convenga; pero, en primer término, nuestro deber es realizar con nuestros propios medios una máxima tarea y luego aceptar la colaboración de hombre sy capitales, sin distinción de nacionalidad, siempre que éstos se sometan sin reparo a las imposiciones de nuestras leyes. Capitales que pretendan condiciones especiales, exigiendo un tratamiento de excepción que algunas veces no ha de poder acordarse a los del país, no favorecen a la Nación; capitales que aspiren al dominio económico, que tengan el propósito de tomar injerencias políticas en los países en que operan, que empleen por sistema procedimientos y normas inmorales, que pretendan no ser regidos por las leyes en esos capitales llevan en sí gérmenes de futuras dificultades y perturbaciones internas y externas.

La situación de la República Argentina es semejante a la de los demás países de Latinoamérica, que bregan por la consolidación de su economía y de su progreso moral y material.

En esta organización económica, el petróleo desempeñará en lo futuro un papel trascendente, pues es el elemento indispensable para fomentar y proteger el crecimiento y desarrollo de la industria nacional a seguir así el proceso evolutivo de los pueblos, que, en plena expansión de su fuerza creadora, han arribado a un positivo bienestar y consolidado su nacionalidad.Los países de Latinoamérica que, como el nuestro, explotan petróleo y no posean yacimientos carboníferos, o que los que los que tengan no sean comercialmente explotables, deben preservar las fuentes de combustible líquido de toda influencia que no sea eminentemente nacionalista; el combustible constituye la plataforma sobre la que se levantará su futura organización industrial.

Por otra parte, esto tiene una importancia capital, pues la evolución de nuestros países podrá substraerlos de la lucha tenaz que por la posesión del petróleo libran los grandes imperios mundiales, lucha que dificulta el desarrollo, perturba la vida económica y social y muchas veces oprime la soberanía y la libertad de los pueblos menos organizados y menos fuertes; lucha inevitable en la conquista del predominio industrial y comercial, generadora de enriquecimiento de la colectividad triunfante; lucha que dará al vencedor los privilegios y la seguridad de defender y mantener esos beneficios.

Es menester nacionalizar y resguardar por el Estado las fuentes de petróleo,sobre las cuales se cierne el propósito de acaparamiento de los sindicatos y trusts extranjeros: los gobiernos de los países de Sud América que para mantener la certidumbre de su futuro progreso así lo hagan, ejercitarán una alta previsión patriótica. Nacionalizar y explotar con criterio que consulte el interés de la Nación los yacimientos de combustibles líquido, es robustecer la propia economía y, al mismo tiempo, restar predominio a los trusts acaparadores que absorben y oprimen con sus imposiciones y refuerzan su poder explotando nuestras riquezas naturales y utilizando en su provecho los enormes beneficios que de ellas se obtienen. Pero para nacionalizar las fuentes de petróleo, para que el Estado mantenga en sus manos el control conveniente y perciba participación equitativa en los beneficios, mucha veces extraordinarios, de las explotaciones, es menester que los hombres de Gobierno den prueba de gran espíritu de previsión y obtengan en oportunidad la adecuada legislación.

Las leyes de petróleo, como lo he manifestado en otro lugar, pueden sancionarse con toda facilidad cuando no existe petróleo. Esta observación es de interés para los países donde aún no ha alumbrado yacimiento alguno, lo que puede ocurrir en forma inesperada. La experiencia argentina constituye un amplio e incontratable ejemplo. Entre nosotros, a pesar de toda la labor cumplida en cuanto a legislación se refiere desde que se descubrió petróleo en Comodoro Rivadavia, hace 20 años, no hemos definido aún la ley que dé unidad de doctrina e interpretación a la aplicación de las normas para la explotación metódica y racional de los yacimientos; que modere, si así fuera ignorancia y la incapacidad pueden producir en los depósitos naturales; que dé,en fin, a la Nación, la verdadera posesión de sus minas y que la Nación y las provincias usufructúen equitativamente sus beneficios.

Dotar a la Nación de la conveniente legislación del petróleo cuando por imprevisión se han acordado derechos y se ha puesto en acción el interés del capital privado nacional, y especialmente del capital extranjero, es obra ardua y patriótica. La tarea es digna de los grandes partidos políticos y de los hombres conductores de clara visión. Una nueva adecuada solución dará a los pueblos latinoamericanos beneficios de orden moral, económico, político y social. Una mala solución producirá efectos diametralmente opuestos, como nos lo demuestran las graves dificultades y los grandes males que han experimentado los países que no han resguardado debidamente su riqueza minera. El problema argentino espera aún esa grande y definitiva solución

Extraído del libro: “Dichos y Hechos” del General Enrique Mosconi. El Ateneo. Buenos Aires. 1939.