Durante los últimos meses en vida, Rodolfo Walsh ocupó gran parte de su tiempo en intentar dilucidar una salida alternativa a la Conducción de Montoneros que evitase la fragmentación creciente del Frente Nacional de Liberación que nos llevaría, él lo sabía, a la tragedia que aconteció el 24 de marzo de 1976. Venía asumiendo amargamente que gran parte de la Tendencia había cortado las últimas amarras con el pueblo peronista. Quizá entendiese tardíamente, las estrategias desesperadas del viejo sabio al que su organización había combatido erróneamente y con frutos tan amargos, de contener a la tendencia (a sus muchachos, esos a los que amaba tanto como al pueblo argentino en su conjunto) dentro del movimiento porque pronosticaba la carnicería que vendría de manos de la oligarquía azuzada por el imperialismo norteamericano.

En fin. El caso es que Walsh, con todas sus luces y sombras, con todas sus contradicciones que son las del hombre de letras, las del intelectual y la de los sectores medios en el país semicolonial, forma parte de una generación de millones argentinos que proceso de nacionalización de pormedio, hicieron la opción por el país y aún derrotados y mutilados internamente por dolores y desgarramientos varios, conservaron hasta las últimas consecuencias la esperanza. Con absoluta vigencia en la actualidad (a pesar de las diferencias coyunturales) afirma en sus papeles Walsh: “En nuestro país es el Movimiento el que genera la Vanguardia, y no a la inversa, como en los ejemplos clásicos del marxismo. Por eso, si la Vanguardia niega al Movimiento, desconoce su propia historia y asienta las bases para cualquier desviación. Esa es la nota distintiva de la lucha de la Liberación en nuestro país, que debemos tener siempre presente (…) lo que existe en la realidad y no en los libros.” Y lo decía justamente un hacedor de ficciones…

Uno de los últimos recuerdos de Lilia Ferreyra estando ya clandestinos y escondidos en una casa. Dice que una tarde, llegaban nuevos vecinos en un camión de carnicería para ocupar la casa lindante: “Cuando se abrieron las puertas, bajó la vida. Un perro bajó ladrando y chicos, madre y padre, cuñados y sobrinos, fueron desembarcando muebles y herramientas. Comieron un asado y la fiesta duró todo el día. Apoyado en el alambrado y mirando el espectáculo, Rodolfo comprobó una vez más la inevitable ruptura entre la clandestinidad obligada de la vanguardia y la vida de la gente que intenta representar cuando se bifurca el camino que en algún momento histórico pudo ser común.”

“La experiencia cuesta cara y llega tarde”, enseñó el mismo sabio. Yo apuesto a que los argentinos, más temprano que tarde, aprenderemos.

Iciar Recalde

Editorial del Partido Patria y Pueblo Socialistas de la Izquierda Nacional · Jueves, 13 de abril de 2017 por Néstor Gorojovsky

El mes de marzo, que culmina en 2017 con el paro general convocado por la CGT (y que inmoviliza al país entero)el 6 de abril, fue el primer acto de la batalla contra la entrega y la destrucción completa de la Argentina que es el inconfesable programa del Ingeniero Mauricio Macri y su partido político, el Pro.

Cuando decimos Pro, además, decimos Cambiemos. La experiencia de la oligarquía y del imperialismo en la Argentina es que las diversas variantes del cipayismo pequeñoburgués (la CC-ARI, la UCR, otros grupúsculos comparsa de Macri en la alianza) son incapaces de domeñar el verdadero enemigo con el que vienen tropezando, desde el origen mismo de la patria: la voluntad popular de disponer de una vida digna de ese nombre en una nación autosustentada y capaz de defenderse en cualquier circunstancia.

Por lo tanto, en esa alianza los radicales ponen los votos, la CC-ARI pone la injuria y la calumnia, y el Pro pone el látigo, la zanahoria, la violencia, la brutalidad y, si se lo permitimos, la máquina de matar argentinos en grandes cantidades. Quien usa el látigo, endereza a sus aliados.

Todos se unen detrás del mismo programa: la vida económica, política, social y cultural de la Argentina tiene que someterse al “consenso” entre la inmensa mayoría de los argentinos (muchos de ellos, sus votantes) y los parásitos que yugulan el crecimiento y la prosperidad de la Patria desde las grandes empresas agropecuarias y las gerencias imperialistas.

A esta altura de los acontecimientos, es clarísimo que el Pro no comete errores, sino atropellos (por ejemplo de la Constitución) y profanaciones (incluso, de tumbas, como sucedió durante el esperpento mediático del “caso López” en las criptas de un convento).

No tienen límites, tal como no los tiene el presidente de la Nación, Mauricio Macri. Este último, dotado de la astucia extorsiva del delincuente de las finanzas y de la soberbia snob del mediopelo despreciado por la clase a la que aspira a integrarse, supera ampliamente con ambas cualidades las evidentes limitaciones conceptuales, lexicales y de visión estratégica que despliega en cada oportunidad en que toma la palabra.

Solo le salen bien las amenazas y los insultos. Últimamente ha demostrado esa gran capacidad: “Sin choripanes ni micros”, o “Baradel no necesita que lo protejan” son frases perfectas, duras, admirables en la precisión con que expresan el mundo mental de los enemigos del pueblo y los trabajadores argentinos.

Macri no sigue, cuando profiere esas rotundas afirmaciones, el guión de su –elegido por él, no olvidemos- supuesto gurú Durán. Es auténtico, puro, claro y simple: le da voz a los que “no tuvieron voz” desde que Raúl Alfonsín abrió una mezquina puertita a la crítica del régimen implantado en 1976, y a quienes luego se terminaron de encaramar en la vida argentina con la negra noche menemista.

Ése es su verdadero público, el núcleo de su poder. El que se expresó en la “marcha de la democracia” del primero de abril, que no hará más mella en la vida de los argentinos que la “marcha de la constitución y la libertad” de septiembre de 1945.

El desastre económico que azota a la Argentina es, del mismo modo, su verdadero programa político y social. Todo su plan se condensó en transferir ingresos a los más acaudalados, en entregarnos maniatados a Paul Singer (uno de los principales financistas de su campaña, dicho sea de paso), y en abrir por completo las puertas al egreso de divisas para que, como también sinceramente explicó ante la Bolsa de Comercio, los “empresarios” argentinos puedan “dejar de esconderse” del fisco.

Macri pensaba que la pertenencia de clase que cree tener, bien sostenida con unas cuantas prepoteadas políticas, si aprovechaba la confusión y la dispersión del campo nacional después de la derrota presidencial de Daniel Scioli, y se burlaba de las leyes argentinas en cuanta oportunidad fuera menester, lloverían capitales a la Argentina. Es lo que dicen los pocos libros que ha leído, es lo que se afirma en las reuniones a las que suele asistir. Es mentira.
Esa mentira generó la actual verdad. No alcanzó con una campaña de difamación contra el gobierno anterior ni con la violación de toda norma jurídica procesal contra aquellos que lo integraron. Al final, el pueblo argentino empezó a darle la espalda. A medida que terminó de convencerse de esto, el Pro decidió lanzar toda su campaña electoral para 2017 hacia la polarización con Cristina Fernández de Kirchner, pero ya ahora abiertamente contra las grandes masas del pueblo argentino.

El Pro sabe perfectamente que si su régimen no se consolida con una victoria en las urnas en octubre de 2017, entra definitivamente en un ocaso, como un experimento fallido. No se va a ahorrar nada para lograr esa victoria. Nosotros, los argentinos, tenemos un arma imbatible sin embargo: la unidad del movimiento nacional en contra de Macri, nuestro gran unificador. Está en nosotros saber usarla, o no. De aquí a octubre de 2017, quien, por los motivos que sean, promueva la división del campo nacional, será un colaboracionista. Quien la combata y promueva la unidad electoral, será un patriota. Cada vez será más claro. Cada cual sabrá dónde se coloca.

Los días 2 de abril conmemoramos la recuperación -temporaria- de las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur

Escribe Aritz Recalde. Publicado en la Revista Zoom

Los días 2 de abril conmemoramos la recuperación -temporaria- de las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur. La sociedad argentina está dividida en la apreciación del suceso y hay opiniones disímiles acerca de las causas que la originaron, del desenvolvimiento de los combates y del tipo de acciones implementadas en la posguerra.

Los gobiernos inglés y argentino tenían objetivos políticos que excedían las Malvinas. Leopoldo Galtieri buscó legitimar y perpetuar la dictadura criminal iniciada en el año 1976 como respuesta al nacionalismo revolucionario surgido luego del 17 de octubre de 1945. Margaret Thatcher intentó conseguir apoyo para profundizar el programa conservador, contrario a los intereses de los trabajadores. Ambos actores buscaron acrecentar el poder de las elites en base al deterioro social de los pueblos.

La dictadura argentina, los Estados Unidos e Inglaterra contribuyeron a implantar en la región el sistema económico neoliberal. El gobierno de Jorge Rafael Videla se integró al Plan Cóndor norteamericano, ejecutando acciones terroristas y de capacitación militar en países de Centroamérica. En diversas ocasiones Inglaterra participó en guerras o apoyó dictaduras en distintos continentes con el objetivo de apropiarse de recursos naturales y económicos. La guerra de Libia del año 2011 fue una de sus últimas expresiones belicistas y el país agredido está en ruinas por la acción criminal conjunta del Reino Unido, Francia y los Estados Unidos.

En el año 1982 los británicos sostuvieron que Galtieri fue el causante principal del conflicto y que la Primer Ministro aplicó un correctivo político justo que garantizó los derechos a la libre determinación de los kelpers. No es nueva esta justificación colonialista y Europa históricamente realizó propaganda política con el asesinato de extranjeros. Desde la época de Grecia en adelante bautizaron a los “otros pueblos saqueados” como barbaros y luego como infieles. Hoy manifiestan que los gobiernos populares o nacionalistas de Sudamérica son terroristas o populistas. Uno de los más sinceros intérpretes del colonialismo británico fue Herbert Spencer, quien sostuvo con entusiasmo que el “soterramiento de los débiles por los fuertes obedece a los decretos de una benevolencia inmensa y previsora”. La ideología de Spencer y de otros intelectuales británicos sirvió para destruir el Estado de Bienestar en los años ochenta y también justificó el colonialismo ingles en el siglo XIX en la China, la India, Egipto o en la Argentina a la cual agredieron militarmente en 1806-8, 1833 y 1845.

Algunos argentinos también consideran que el causante del enfrentamiento y de la muerte de soldados en combate fue meramente Galtieri, que envió “chicos a la guerra”. No es casualidad por eso que piensan que la decisión de muchos argentinos de defender con las armas las Malvinas fue un absurdo o meramente el resultado de un hábil artilugio de medios de comunicación. Habría sido un engaño la masiva manifestación de apoyo a la recuperación de las islas o el acompañamiento de civiles a la asunción del gobernador Benjamín Menéndez en el archipiélago. Esta última delegación que viajó a Malvinas se compuso de sindicalistas (Saúl Ubaldini), de dirigentes del Justicialismo (Deolindo Bittel), de la UCR (Carlos Contin), de la Izquierda Nacional (Abelardo Ramos) o del médico René Favaloro.

En nuestra óptica, la movilización de apoyo a la recuperación expresó un sentimiento de soberanía y de hostilidad al ocupante extranjero que es legítimo, necesario y propio de todas las naciones del planeta. La defensa del territorio es un valor fundante de la Nación, sin el cual la población está condenada a desaparecer frente la ocupación de otra potencia extranjera o de una empresa multinacional. Es en este sentido que al referirse a Malvinas José Hernández destacó que “si la indiferencia del pueblo agravado consolida la conquista de la fuerza, ¿quién le defenderá mañana contra una nueva tentativa de despojo, o de usurpación?”. Sin esta vocación de dominio territorial y de voluntad de defensa, no existirían los países iberoamericanos independientes y tampoco varios otros del planeta que serían anexados por Inglaterra, Alemania, Francia o los Estados Unidos.

El negativo registro histórico argentino acerca de la Guerra de Malvinas no es habitual en otros países de la región. Por ejemplo, la opinión pública de los bolivianos tras la derrota y las decenas de miles de muertos de la Guerra del Pacifico (1979-83) y del Chaco (1932-35) no los llevó a negar u ocultar la voluntad de lucha y de patriotismo de sus soldados. Los ciudadanos que fueron a combatir contra Chile o Paraguay son considerados héroes y no meramente “chicos víctimas de malos militares”. La conducción política y castrense de ambas conflagraciones -de manera similar a lo ocurrido en 1982-, fue considerada deficiente por su pueblo y sus titulares fueron acusados de ser los responsables de la derrota. Atendiendo esa cuestión, los bolivianos repudiaron a los jefes castrenses y no acusaron a los soldados y civiles de ser “inconscientes” o “estúpidos que se dejan llevar por tiranos”. El pueblo reivindica la vocación de defensa nacional, incluso al punto de poner en juego la vida para mantener la integridad territorial. Luego de la derrota de la Guerra del Chaco, los grupos nacionalistas del ejército comandados por Germán Busch y David Toro impulsaron una revolución que expropió las empresas petroleras que estaban empujando a la guerra e implementaron reformas sociales a favor de sus habitantes.

Thatcher se alió al imperio norteamericano, consolidó el apoyo de la ONU y en la Comunidad Europea y sobornó al dictador Pinochet para sumar al país trasandino en un acto de piratería a 12.000 kilómetros de Londres. Los sectores medios de la Argentina prácticamente no cuestionan la decisión de Thatcher del año 1982, caracterizada por impedir cualquier mediación que evite el enfrentamiento. La recuperación argentina de las islas se hizo sin matar ingleses (los argentinos si tuvieron bajas) con la decisión consciente y pública de obligar a negociar al colonialista. Thatcher por el contrario, evitó las mediaciones y utilizó a Malvinas y a los muertos de su país y del nuestro como un acto de publicidad política interna. A partir de acá, es que mandó a asesinar argentinos y cometió el crimen de guerra del hundimiento del Crucero General Belgrano fuera del teatro de operaciones (323 caídos sobre 649 del total). De manera similar a las agresiones de los años 1808 o 1845, los ingleses actuaron con el lema que el mejor argentino es el “argentino muerto”.

En no pocos casos, la guerra desató en los sectores medios locales un sentimiento contradictorio. Argentina agredía al país que admiraban y al cual querían emular siguiendo los mandatos de Alberdi, Sarmiento, Mitre o Julio Argentino Roca. Todavía se escucha en las mesas de los domingos, el mito de que si “triunfaban las invasiones inglesas de 1808 ahora seríamos una potencia como los norteamericanos”. Alberdi manifestó que “civilizar es poblar” y Sarmiento convocó al exterminio militar de las razas que consideró débiles para remplazarlas por las anglosajonas. Una solución de salida honrosa al “humillante desacato nacional” contra el país que supusieron la “madre patria” y el ejemplo de “civilización”, consistió en subestimar y deslegitimar la tarea de los civiles y soldados argentinos. Los caídos bajo las balas inglesas dejaron de ser víctimas del Imperio Británico, para convertirse en los idiotas útiles de Galtieri o en los bobos “chicos de la guerra”.

Pese a los problemas estratégicos de planificación y de desenvolvimiento de la conflagración que quedaron referenciados en el Informe Rattenbach, la actitud de la mayoría de nuestras tropas fue de heroísmo y de coraje. Martín Balza que participó de las acciones bélicas en las islas las caracterizó como parte de una “gesta e incompetencia”. Luego del triunfo militar, los ingleses armaron un guión cultural de posguerra que buscó negar la lucha argentina y que presentó a nuestras tropas como “chicos” y no como soldados. A partir de acá, es frecuente escuchar que los ingleses fueron solidarios y alimentaban a nuestros “pibes” a diferencia de los argentinos crueles, dictadores y egoístas. El ocupante colonialista que cometió crímenes de guerra se presenta como como una víctima que venía a liberar a los “chicos de su infame dictadura”.

Poco se dice del reclutamiento voluntario de civiles en la Argentina e Iberoamérica, de la férrea resistencia militar al invasor durante semanas y de la heroicidad de muchos actos de guerra. Los argentinos se comportaron como soldados y la acción militar del país se vio reflejada en los considerables daños materiales y bajas humanas del enemigo. La lucha contra la OTAN de 1982 fue dispar en recursos y pese a eso sin el apoyo norteamericano, chileno y europeo el triunfo británico no estaba garantizado fácilmente. Como sostuvo José de San Martín, “los interventores habrán visto por este “hechantillón” que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que el de abrir la boca”.

Nadie quiere negar el dolor o el sufrimiento de muchos ex combatientes que denunciaron maltratos y serios problemas logísticos. Sin desconocer estos aspectos, sería justo también relatar en la prensa, en el teatro o en el cine los actos heroicos, ejemplares y los valores de las tropas argentinas que dieron la vida por el país.

Si la historia de la Independencia y de la formación del Estado Nacional se contara describiendo meramente el dolor y los errores propios del combate, no habría símbolos patrios, ni himnos, ni monumentos, ni recordatorios a batallas, sino meramente relatos de padecimientos civiles y de soldados que sufren y que mueren. De aplicarse esta perspectiva, tampoco existirían el cine de Hollywood que propagandiza las acciones militares norteamericanas y desaparecerían los relatos fundadores de todos los Estados del planeta.

Juzguemos con la misma vara

En otras circunstancias históricas la clase media argentina no aplicó la misma severidad para juzgar los hechos políticos-militares y los abusos de poder. En los años sesenta el Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP) fusiló a miembros de su propia organización -cuestión repudiable en nuestro punto de vista-. Pese a ello, a partir de acá no se puede decir que toda las agrupaciones de izquierda guevarista fueron criminales y que solamente se dedicaron a matar a sus correligionarios.

La teoría de los “chicos de la guerra” hace hincapié en la ineptitud de la conducción militar y en la absurdidad de la ocupación frente a la evidente diferencia tecnológica de los adversarios. Extrañamente, no son pocos los que niegan la guerra de Malvinas por la incapacidad de los jefes y en paralelo elogian el coraje, los valores o ideales de Santucho (ERP) o del Che Guevara cuyas direcciones políticas guerrilleras fracasaron rotundamente y culminaron con la muerte de miles de jóvenes. ¿La ideología marxista justifica el fallecimiento de activistas y la defensa del territorio es un absurdo?.

Los mismos que dicen que es inadmisible que un argentino fuera a Malvinas, participan de partidos políticos que reivindican los escuadrones de voluntarios de la Guerra Civil Española o los de la Segunda Guerra Mundial. ¿Los anarquistas, socialistas, comunistas o radicales creen “racional” morir en la defensa territorial de Europa y cuando se refieren a Malvinas lo consideran ilógico? Con la finalidad de movilizar a los jóvenes a participar en guerras en otros continentes, estas agrupaciones políticas realizaron movilizaciones, publicaciones y colectas de recursos.

Malvinas desató un sentimiento pacifista que si bien puede ser legítimo, no suele ser aplicado a la hora de analizar otras circunstancias de la historia nacional. Algunos sectores afirman que el deseo de combatir a Inglaterra fue alocado, mientras consideran honroso y reivindicable la acción de la guerrilla contra el Ejército Argentino durante los años setenta o la intervención de éste último en la represión interior. Derecha e izquierda coinciden en legitimar la muerte de jóvenes en conflictos internos y se escandalizan por combatir al Imperio Británico.

No son pocas las personas que creen negativa la guerra por el hecho de que hubo 649 caídos, cuando en paralelo reconocen como libertadores a Bartolomé Mitre que metió al país en la Guerra del Paraguay o a Justo José de Urquiza que fusiló cientos de adversarios luego de la Batalla de Caseros. Estos mismos pacifistas admiran a Domingo Faustino Sarmiento, quien comandó personalmente el exterminio de decenas de adversarios políticos en las guerras civiles. Los sucesos en el país y el Paraguay causaron decenas de miles de compatriotas argentinos muertos, en su mayoría civiles y milicias que fueron perseguidos, torturados y asesinados.

Grupos de activistas socialistas y radicales siguen reivindicando el golpe castrense del año 1955 y el apoyo personal de Miguel Ángel Zabala Ortiz al bombardeo y el ametrallamiento de civiles que dejó más víctimas indefensas en la calle que los ataques ingleses en suelo malvinense.

Perspectivas actuales

La dependencia cultural del siglo XIX fue la garantía para que los británicos manejen por décadas los ferrocarriles, puertos o bancos.

Los ingleses triunfaron militarmente en el año 1982 y se propusieron borrar el sentimiento nacionalista local. Por mandato neocolonial, Argentina tiene que abandonar su voluntad de defensa del territorio que caracteriza a todos los nacionalismos en el mundo. La decadencia de la conciencia nacional permitió que Carlos Menem firme los tratados de Madrid (1990), otorgando deshonrosas concesiones económicas al colonialista. Para reparar en parte este daño se sancionó en el año 2011 la ley 26.659 “condiciones para la exploración y explotación de hidrocarburos en la Plataforma Continental Argentina”.

Recientemente, Mauricio Macri se reunió con sus pares británicos David Cameron y Theresa May para promover “negocios” de pesca o de hidrocarburos. Por el contrario, Cambiemos no entabló diálogos con el Partido Laborista de Irlanda que acompaña nuestra causa soberana en el Reino Unido. Poco tiempo después del encuentro de mandatarios, el Reino Unido realizó ejercicios militares en las islas.

En el Ministerio de Energía Macri designó a un representante de la empresa anglo-holandesa Shell, favoreciendo que hagan grandes ganancias los representantes directos de la nación colonialista que asesinó nuestros soldados y que deshonra a la patria con la ocupación ilegal de las islas.

Los ex combatientes no recibieron el mismo trato que los ingleses y el Presidente derogó parcialmente el Régimen Previsional Especial de los ex soldados de Malvinas, con el objetivo de evitar que se les pague al menos “dos jubilaciones mínimas”.

¿La aristocracia del dinero de Cambiemos entiende que los negocios empresarios están por delante de la soberanía y del reconocimiento a los soldados que combatieron en defensa de la patria?.

Reivindicamos el hecho de que la Argentina es una tierra de paz y que somos un país pacífico.

Los kelpers son ocupantes ilegales representantes de una potencia colonial y no un pueblo con derechos a la autodeterminación.

La recuperación de Malvinas es una causa nacional y latinoamericana. Éste último aspecto quedó manifestado en los apoyos otorgados por el MERCOSUR, la UNASUR, el ALBA y la CELAC. La Argentina obtuvo importantes acompañamientos internacionales como los manifestados en las cumbres de los Países No Alineados, por China (Hu Jintao en 2010 y Xi Jinping en 2014) o los conseguidos en la OEA (2010).

Recordemos y honremos a nuestros soldados que elevaron la bandera de la soberanía frente a un Imperio que sigue plagando el mundo de guerras y de inequidades.

El 5 de marzo de 1945 el Estado tomaba posesión de la “Compañía Primitiva de Gas”, hasta entonces encargada de la distribución de este servicio en la Capital Federal. Esta toma de posesión, con la presencia del entonces vicepresidente Juan Domingo Perón, se realizó luego de que el Estado decidiese no extender la vencida concesión a la compañía.

Un año más tarde y a pocas semanas del primer triunfo electoral de Perón, la independencia económica llegó a la política energética: fue el 1º de enero de 1946 la fecha en la que se creó la Dirección Nacional de Gas del Estado, dentro de la órbita de YPF.

El primer gran proyecto de Gas del Estado fue la construcción del gasoducto Buenos Aires – Comodoro Rivadavia que comenzó el 1º de enero de 1947. Esta iniciativa fue calificada por muchos como “imposible” o incluso tildada de “obra faraónica”. Sin embargo, a 3 años de iniciada la obra, el 29 de diciembre de 1949,  la palabras se dispersaron ante la inauguración del gasoducto más largo del mundo hasta ese momento. Vale destacar que el gasoducto fue financiado en su totalidad por capitales nacionales, es decir, sin inversión extranjera.

Perón inaugura el gasoducto Cdoro. Rivadavia. A su izquierda, sonriente, Canessa

Debido a esta y a posteriores realizaciones de la empresa estatal, los clientes de la red se multiplicaron por miles, pasando de 130.000 en 1943, a 700.000 en 1951, 1.300.000 en 1960 y 5.000.000 en 1992 (18 provincias y 45% de la población del país).

Fue así como la Argentina se posicionó entre los países más avanzados en cuanto al aprovechamiento del gas, a la par de los Estados Unidos y la Unión Soviética, no sólo brindando un excelente servicio en manos de una empresa que arrojaba superávit año tras año, sino también permitiendo una gran baja en las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera y manteniendo, hasta 1992 (año de su desguace), una política de baja sostenida de tarifas y expansión de las redes.

Pero… alguien debió haber planificado y administrado una empresa del Estado al servicio de su pueblo. Esa persona, se llamó Julio V. Canessa. Su nombre, borrado de la historia -oficial y no tan oficial-, sus ideas y sus realizaciones deben ser recuperadas para la construcción de una Argentina justa, libre y soberana. Al Ing. Canessa, Juan Carlos Vaamonde no dudó en llamarlo “Libertador del Gas Argentino”.

Julio Canessa

Compartimos su libro del año 1944: “Los servicios públicos del Gas en la Argentina. Necesidad de su nacionalización, extensión y centralización” (disponible en nuestra Biblioteca Digital), luego un intercambio epistolar entre Perón y Canessa y finalmente una reseña biográfica del continuador de la línea nacional energética Mosconi-Baldrich en el área gasífera.

 

Carta del Ing. Canessa al Presidente Gral. Perón.

“Señor Presidente de la República Argentina, hoy vengo a solicitar la autorización del Gobierno de la Nación para construir el Gasoducto Comodoro Rivadavia -Buenos Aires, que le permitirá a nuestra patria lograr su independencia energética, realizando una apreciable economía de combustibles, poner en movimiento ingentes reservas no aprovechadas y acrecentar el bienestar de la población. Lo haremos con ingenieros, técnicos y obreros argentinos. Tendremos muchas dificultades, pero las venceremos porque tenemos claro el objetivo (…) No faltarán, Señor Presidente, quienes digan que obras de esta naturaleza son impracticables para la técnica actual, que es más conveniente seguir importando carbón de Europa, pues caso contrario no nos comprarán más nuestros productos primarios; en fin, se escucharán todos los argumentos que desde muchos años atrás se esgrimen, llevándonos al convencimiento de que somos una colonia y no un país económicamente independiente.”

Respuesta del Presidente Gral. Perón

“Señor Director de la Administración de Gas del Estado, Ing. Don Julio Canessa, yo sé que este es el sueño de su vida. Estoy persuadido, como Presidente de la República, que bajo la dirección de hombres de su temple, el gasoducto una vez inaugurado dará nacimiento a una nueva era para la Nación en materia de combustibles. Yo no considero riqueza la que está debajo de la tierra, sino la que ha sido extraída. Por eso Ing. Don Julio Canessa: ¡VAYA Y HAGA!.”

 

JULIO VICENTE CANESSA (1901 – 1976)

Nace el 5 de abril de 1901, en Pehuajó, provincia de buenos Aires. Cursa los tres ciclos de la enseñanza, egresando de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad de buenos Aires, con el título de Ingeniero Industrial.

En 1927, ingresa a Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF). Desde su puesto, estudia e investiga las posibilidades de alcanzar el mejor aprovechamiento de nuestra riqueza gasífera. En la destilería de La Plata, impulsa la primera planta de producción de gas líquido de la Argentina. En 1938, pasa a desempeñarse como administrador de la destilería de YPF, de la localidad de San Lorenzo, en la provincia de Santa Fe.

En 1945, es designado administrador de los servicios de gas en Capital Federal. Poco después, en 1946, ya en su condición de Primer Director General de Gas del Estado, lo entrevista al presidente Perón y le dice: “-Vea-, en Comodoro Rivadavia dejamos escapar el gas y después, importamos carbón de hulla para fabricarlo. Tenemos que traer ese gas a Buenos Aires y terminar con el carbón importado”. Perón hace llamar al ministro Lagomarsino, mientras escucha atentamente las explicaciones de Canessa sobre un mapa. Luego le dice: “Está bien, no hace falta que entremos en detalles… Vaya y hágalo. Ahora se lo ordeno. Y usted, Laguito, se ocupará de que a Gas del Estado no le falte nada. Quiero ver ese gasoducto cuanto antes”. Luego, Canessa cuenta, enfervorizado por el entusiasmo: “¿Se da cuenta? Vaya y hágalo. Aquella frase me martilló toda la noche. Era la primera vez que un presidente terminaba así una entrevista de ésas. No podía creerlo”.

La obra se planea en seis meses y el 21 de febrero de 1947, el presidente Perón suelda el primer caño del gasoducto en Lavallol. Canessa, como director de la obra, planifica la construcción: el tramo Valcheta (Río Negro) – Comodoro Rivadavia (Chubut) es adjudicado a la empresa Techint, en tanto que el que une Valcheta con Buenos Aires, queda en manos de Gas del Estado.

Canessa pone todo su empeño en esa obra, que desde años atrás había sido su gran proyecto. Vive para el gasoducto y redobla esfuerzos diariamente para que éste avance uniendo esa larga distancia: 1700 kilómetros de cañería “transportaban los sueños de Canessa por el interior de la tierra”. El 29 de diciembre de 1949, se inaugura el gasoducto –en ese momento el más largo del mundo-, una de las obras más importantes construida en la Argentina en las últimas décadas.

Canessa cumple, luego, otras funciones, en todas ellas fiel a la inquebrantable concepción de defender los recursos naturales del país. Entre 1949 y 1950 se desempeña como presidente del directorio de YPF. Luego, es miembro del directorio del Banco Industrial y del Banco Central y en 1955 asume como decano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires, perdiendo su cargo al producirse el golpe del 16 de setiembre.

En 1958, vuelve a ser administrador de Gas del Estado. Años después, en 1973 – 1975, ocupa nuevamente cargos importantes de asesoramiento en materia energética: asesor del ministro de Obras Públicas, administrador general de la Dirección de Energía de la provincia de Buenos Aires, asesor del presidente del directorio de YPF.

Fallece el 19 de junio de 1976.

No obstante la falta de reconocimiento público –por razones políticas- el nombre del ingeniero Canessa queda indisolublemente ligado a la construcción del gasoducto Comodoro Rivadavia-Buenos Aires y a la gestación de una empresa estatal modelo, que no sólo multiplicó notablemente la cantidad de usuarios sino que fue siempre superavitaria.

Fuente: Norberto Galasso – Los Malditos Vol. I – Pág. 134 – Ediciones Madres de Plaza de Mayo

Fuente: Portal Alba

Generalmente cuando se recuerda a Rodolfo Walsh se suele evocar su heroico y trágico final, sus cuentos póstumos, la relación con sus hijas, etc. En estas intercesiones del recuerdo se observa una mirada épica propia de la literatura setentista. El presente artículo no pretende invalidar el recuerdo de la figura de lentes y pensador que decidió enfrentar a los verdugos de la oligarquía poniendo su propio cuerpo. Sino muy por el contrario, el artículo invita a pensar a Walsh más allá del acontecimiento y de la acción, es decir, como un hombre comprometido con la cultura periférica.

La figura de Walsh ha ingresado al panteón de los héroes, motivos no faltan para recordar su épica, pero sin duda ésta se agiganta cuando en momentos regresivos para el pueblo argentino y para buena parte de la región, el pensamiento de Walsh se convierte en una herramienta práctica para analizar la realidad.

Walsh es mucho más que un periodista, que un traductor, que un criptógrafo, Rodolfo es un pensador de acción y un trabajador de la cultura en un país dependiente. Su labor fue desentrañar las ideologías de sistemas centrales; Fermín Chavez hombre del pensamiento vinculado a una matriz de reflexión nacional consideraba que el rol de los pensadores – no de los intelectuales- era “Desentrañar las ideologías de los sistemas centrales, en cuanto ellas representa fuerzas e instrumentos de dominación, es una de las tareas primordiales de los trabajadores de la cultura en las regiones de la periferia”. Walsh fue trabajador de la cultura con un intachable compromiso político producto de la dura coyuntura que le tocó atravesar en los últimos años de su vida.

Siguiendo a Fermín Chávez y en relación a Rodolfo Walsh, hay momentos que son propicios para que estos trabajadores de la cultura adquieran mayor relevancia, estos instantes históricos son los períodos de resistencia popular. Generalmente las mencionadas etapas coinciden con el cambio que motorizan las oligarquías nativas a las estructuras económicas y las relaciones de producción en las sociedades dependientes, es decir períodos de restauración conservadora. Estos cambios surgen de la íntima relación que establecen estas oligarquías con los imperios de turno. Figuras como las de José Hernández o Raúl Scalabrini Ortiz en cierta manera pueden vincularse con la idea de trabajador de la cultura, el cual desentraña las ideologías centrales que en países considerados semicoloniales son las que perpetúan la dominación y garantizan los cambios antipopulares impulsados por las oligarquías.

A mediados de los años 50 del siglo XX, una corriente de autores provenientes de la matriz nacional de pensamiento se enfrentaba al aparato teórico de la restauración del gobierno de Aramburu. La motivación de estos autores era explicar cómo se sostenía la dominación en un país semicolonial, es decir, en un territorio que es independiente desde lo político pero dependiente desde lo económico. A tal fin estos autores acudían al concepto de colonización pedagógica. Al centrar como variable independiente de la situación dominación a la penetración cultural, los pensadores consideraban que países como la Argentina presentaban una débil dosis de conciencia nacional en función de negar su pasado, de priorizar esquemas de representación importados, arterias de recepción y representaciones de pensamiento que debilitaban cualquier autodeterminación en materia de posición política.

La crítica literaria, los análisis de estilo y periodísticos, la proliferación de bibliografías y de relatos que evocan la figura de Rodolfo Walsh han bloqueado la posibilidad de pensarlo como un trabajador de la cultura como un pensador cuya tarea fue desentrañar las ideologías de los sistemas centrales, como lo han hechos tantos laburantes de nuestra cultura.

En primer lugar, Walsh como hombre de la cultura que impulsó la construcción de sentido nacional a través de su literatura y su obra ha tenido que recorrer el periplo de muchos autores hermanos quienes tuvieron que desaprender, resignificar, deconstruir – el lector elegirá el verbo apropiado-. Walsh en su maduración como pensador, político y militante va hacia un barajar y dar de nuevo constante, propio de los inestables escenarios políticos y sociales que atravesaron los países de la región a partir de las restauraciones conservadoras. En Walsh se observa durante los años de producción y compromiso la ardua tarea del pensador que debió reformular interpretaciones y construcciones simbólicas sobre la inestable realidad. Veremos cómo la obra de Walsh se encuentra sujeta a la tensión entre la estructura -es decir la coyuntura latinoamericana que imposibilita que la labor de los pensadores como Walsh pueda cristalizarse en una foto- y la acción de un agente creador inquieto e irreverente ante los moldes de una sociedad en descomposición.

Arturo Jauretche en el libro FORJA y la Década Infame[1] explica que para construir la matriz de pensamiento soberana junto con los otros hombres y mujeres de FORJA debió destruir todo el bagaje conceptual y la cosmovisión teórica política que cultivó hasta ese momento. Jauretche afirmaba que hubo que renunciar a todas las doctrinas y a las soluciones que venían enlatadas en bibliotecas, con certificado de procedencia importado. Esta situación terminaba generando una lectura adulterada de la realidad, de los procesos sociales y de la ubicación en la estructura de los diferentes actores sociales.

Walsh es parte de esta herencia y la de muchos hombres de su generación, que debieron derribar el antiperonismo y avanzaron en un proceso de fortalecimiento de la conciencia social y política que lo lleva aumentar sus niveles de participación y politización promoviendo un cambio de 180 grados respecto a su posición antes y después del golpe del 55.

En la obra de Walsh hay una serie de momentos que son bisagras para explicar su producción y sus posicionamientos en una coyuntura de avance de la oligarquía. Sin lugar a dudas un ejemplo de esto se da en el escenario de Operación Masacre, este libro que aparece como una novela testimonial en clave periodístico-literario en el que Walsh fue precursor, viene a dar cuenta de una minuciosidad antropológica en la recolección del dato y en el establecimiento de una nueva mecánica en la investigación.

Como trabajador de la cultura, Walsh observaba que hay momentos en que la manera de expresar la política se da bajo el parámetro de la cultura, ante un escenario prescriptivo y de censura la literatura le permite dar el rodeo necesario para explicar la realidad social y política. La utilización del recurso literario como mascarón de proa de una propuesta más amplia no escapa a otros escenarios históricos donde los trabajadores de la cultura debieron sortear situaciones similares a las Walsh en su tiempo. De hecho José Hernández debe eludir la censura del liberalismo en su obra Martín Fierro, a través de la gauchipolítica, Hernández ocupa el casillero de la resistencia con un estilo narrativo en el cual ensancha la base de los reclamos del sujeto social -el gaucho- que es perseguido en los comienzos del proceso de modernización excluyente en la Argentina.

Siguiendo esa línea otro de los hombres que a través de la literatura dan cuenta de la realidad adversa para los sectores populares es Raúl Scalabrini Ortiz en el libro El hombre que está solo y espera donde se busca a través de la literatura describir la anomia de la sociedad de la década del 30, donde el nihilismo y la falta de correspondencia no implican más que una ausencia de reconocimiento en la sociedad urbana de esa época. Scalabrini como hombre de la cultura está convencido que a través de estas piezas literarias es posible poner voz en sectores que no se ven interpelados en términos políticos.

Walsh, Scalabrini Ortiz o Hernández utilizan a la literatura para escapar sobre los intersticios que deja el sistema de la oligarquía. De esta manera Walsh ingresa en el panteón de pensadores creadores en la adversidad; el rol del hombre de la cultura surge desde la retaguardia pero impulsa la búsqueda de conciencia hacia lo propio. El mismo Walsh en un reportaje que le realizó Ricardo Piglia analizaba la obra de Scalabrini Ortiz en el registro del escritor comprometido, la retaguardia que utiliza la cultura para que en momentos de maduración puedan emerger expresiones que pongan fin al hostigamiento anti popular del liberalismo. De todos modos, alcanzar una producción literaria que avance en la búsqueda de conciencia no es tarea fácil para los hombres de la cultura en países semicoloniales, el escritor deberá romper con prenociones y deberá modificar su actitud natural ante la vida tratando de que la naturalidad de la literatura burguesa no sea un obstáculo que bloquee el asombro del escritor comprometido.

En esa línea por discutir los calendarios de la oligarquía y su agenda pedagógica, Walsh asume un rol protagónico como editorialista del movimiento obrero cuando ocupa la redacción del órgano de difusión de la Confederación General de los Argentino -CGTA-. Walsh en su crónica sobre el Cordobazo da muestra de una maduración periodística destacada, en este punto sentirá como otros hombres de su generación que en el Cordobazo la “historia” estaba paseando por las calles de la Docta –tal como se conoce a la provincia mediterránea-, la cronología de los hechos junto a una lectura antropológica refundadora del contrato social, la violencia del proceso social empujan a la reflexión sobre la verdadera motivación del hombre en una sociedad capitalista que tiene que ver con su emancipación, lo que implica dejar de ser lobo de su propia especie.

Pero el nuevo contrato basado en la soberanía y en la voluntad popular no surge únicamente como resultante de las agitadas jornadas cordobesas, sino que son estas jornadas las que le permiten a Walsh establecer un puente histórico y hilar en la construcción de un relato que rompe con la pedagogía de la dependencia. En una lectura en clave marxista y que desempolva históricamente el rol de la cultura en los países dependientes formula la famosa frase: “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores. la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan.
La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas. Esta vez es posible que se quiebre el círculo…”

Nuevamente Walsh se presenta como un hombre de la cultura que rompe moldes, a través de la escritura, del género literario o del género periodístico, la literatura se muestra en una forma de expresión en la adversidad del ciclo histórico argentino y aparece como un escenario circular donde se reciclan los mismos actores con diferentes máscaras. Walsh intentó correr el velo de esas máscaras, pero su plus consistió no sólo en la denuncia sino en una práctica en la que dejó su vida.

[1] Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina, movimiento político de tendencia yrigoyenista y popular que discute a la dirección conservadora de la Unión Cívica Radical

El traspaso de la justicia nacional al ámbito de la ciudad de Buenos Aires constituye un hecho que merece una especial atención por su impacto en la organización del país. Detrás de esto anida una cuestión central para el desarrollo productivo y del perfil del proyecto de nación a realizar, relativo a la relación entre la Capital Federal y el resto del país. Su comprensión nos obliga a ahondar en cuestiones fundamentales de nuestra historia, las cuales no parecen estar presentes al momento de reflexionar, por lo que el problema pasa a ser uno de alcance nacional y no meramente local. No es un problema de nosotros los porteños nada más, sino de todos los argentinos.

Se procura –hace tiempo en verdad- que la Ciudad de Buenos Aires asuma la administración de justicia actualmente a cargo de la Nación, mediante convenios de transferencias entre la Nación y el estado local. Los convenios –firmados en el veraniego mes de enero- empiezan por los tribunales en lo penal y de las relaciones de consumo pero la intención, ya puesta de manifiesto en varias oportunidades con marchas y contramarchas en los últimos años, alcanza a la totalidad de los fueros nacionales aunque requiera de la ratificación tanto de la legislatura local como del Congreso. Esto último obliga a posicionarse a los representantes de las provincias en defensa de sus intereses.

Los gremios judiciales, con razón, han alertado acerca de la pérdida de derechos de los trabajadores, en lo relativo a horario, salarios, jubilación, obra social y condiciones de trabajo en general, todo lo cual se presenta como regresivo. A la vez, se ha puesto el foco rojo acerca de las consecuencias institucionales, en orden a la designación y remoción de jueces y funcionarios, cuya facultad quedaría a cargo del Consejo de la Magistratura de la Ciudad de Buenos Aires que con mayoría simple, hoy oficialista, alcanza para nombrar y removerlos.

El caso de la liquidación de la justicia nacional en lo laboral es el que más prende la luz de alerta, por las importantes consecuencias sobre los derechos de los trabajadores. La asunción de la jurisdicción laboral por parte de los jueces de la ciudad implicaría una revisión del modo de interpretar las leyes, por lo que sería una manera de implementar la flexibilización laboral, por el predominio de la ideología liberal conservadora y propatronal en la jurisdicción porteña, como lo ha precisado el Encuentro Permanente por el Derecho del Trabajo la Defensa de la Justicia Laboral de 2016, integrado por importantes asociaciones de abogados laboralistas y especialistas. Las relaciones de trabajo de millones de personas que habitan el área metropolitana, con centro en la Capital Federal, así como las posibilidades de reclamar por sus derechos, es de indudable interés nacional, e incluso de las provincias por la vida de sus paisanos residentes en la capital.

También destaca la asunción de la justicia en el ámbito de las relaciones de consumo, cuya puesta en funcionamiento ya había sido impedida por las propias autoridades jurisdiccionales locales. Su normativa antimonopolio y a favor de las desconcentración del circuito comercial, de recurrente preocupación por, justamente, el sector empresarial monopólico y concentrado. El mismo interés nacional puede predicarse respecto del consumo masivo de bienes y servicios por parte de personas que habitan de un lado y del otro de las líneas divisorias de jurisdicción.

A todo esto se le suma el control del subterráneo, la sustitución de la policía federal por la metropolitana, el proyecto para transferir el Registro de Propiedad Inmueble de la Nación y la Inspección General de Justicia, así como el reciente pedido, en diciembre pasado, de transferir el puerto de Buenos Aires a la órbita porteña, en lo que es una estrategia de relanzamiento de la denominada autonomía porteña.

En fin, todas estas medidas van en dirección conjunta de fortalecer el poder de las autoridades porteñas, por medio de debilitar al poder nacional -y por ende la participación en éste de las provincias- en el ámbito de la Capital Federal, en desmedro de las condiciones para implementar de una política nacional. Por eso no es casualidad que se concrete justo cuando una fuerza política porteñista conduce la Nación. Todo eso es en nombre del federalismo y la autonomía porteña, que la reforma de la Constitución Nacional en 1994 le habría dado a la ciudad puerto y el apoyo que le dio la Corte de Suprema de Justicia de la Nación en el fallo “Corrales”, en la significativa fecha de 9 de diciembre de 2015.

La reforma constitucional de 1994 dispuso, además de la provincialización de los recursos del subsuelo en nombre de un equívoco federalismo, el artículo 129 que dice: “La ciudad de Buenos Aires tendrá un régimen de gobierno autónomo, con facultades propias de legislación y jurisdicción, y su jefe de gobierno será elegido directamente por el pueblo de la ciudad. Una ley garantizará los intereses del Estado nacional mientras la ciudad de Buenos Aires sea capital de la Nación”. La ley 24588 (la ley Cafiero) fue sancionada un año después de la reforma constitucional, con el fin de garantizar “los intereses del Estado Nacional en la ciudad de Buenos Aires, mientras sea Capital de la República, para asegurar el pleno ejercicio de los poderes atribuidos a las autoridades del Gobierno de la Nación”, por la que se mantenía varias funciones en el ámbito nacional, entre ellas la administración de justicia nacional.

El asunto tiene tratamiento constitucional desde 1853, estableciéndose una relación entre la Nación y las Provincias por la que éstas se reservan todo el poder no delegado expresamente a aquélla. La verdad histórica es que el federalismo constitucional tuvo la oposición de las oligarquías, por la relación desigual signada por el fuerte centralismo porteño, la disímil posición de privilegios económicos y de posibilidades de crecimiento de las regiones, de acuerdo a su cercanía con el puerto de Buenos Aires y la posibilidad de acceso a los ríos de navegación (en la cuenca del Plata). Bajo la Constitución de 1853, la entonces ciudad de Buenos Aires tenía la categoría de un municipio con autarquía, cuya federalización fue dispuesta por los constituyentes con la idea de garantizar la seguridad de las autoridades nacionales, con sede allí, y por ende el ejercicio pleno del poder nacional sin riesgos de interferencia del bando porteñista expresado en el mitrismo. No era posible la existencia de un proyecto de Nación, sin la disposición de las vitales y fundamentales rentas de la aduana de Buenos Aires para redistribuirlas en el resto del país y sustentar un crecimiento integral.

La oposición a este proyecto de país motivó la secesión de la Provincia de Buenos Aires en nombre del federalismo, quien dictó en 1854 su propia Constitución y luego el Código de Comercio, bajo el liderazgo del mitrismo, con el apoyo de los terratenientes de la pampa húmeda y los comerciantes ligados a la importación. El usufructo oligárquico de la renta agraria extraordinaria, por vía del dominio del comercio exterior, y el financiero por el sistema de bancos pendientes de los empréstitos externos, se apoyaba en el predominio centralista porteño por sobre el resto del país. Desde la perspectiva de los grandes trazos generales, dos modelos de país opuesto y diferenciados pugnaban entre sí, con eje en el centralismo porteñista uno, y en el impulso proveniente del interior (los trece ranchos, como le decían), el otro.

La contienda se definió en la conocida batalla de Pavón (1861) a favor del mitrismo, luego consolidado con su guerra de policía contras los caudillos del interior. Desde 1862, con la presidencia de Mitre, Buenos Aires aceptó integrarse al país y jurar la nueva Constitución, pero sin acatarla realmente porque en los hechos resistía a compartir las rentas de la aduana y la jurisdicción sobre su ciudad puerto.

La federalización de la ciudad de Buenos Aires se logró definitivamente en 1880 con la contienda de las batallas del sur de la Capital (los Corrales, Parque Patricios, Pompeya), con el resultado de miles de muertos en las jornadas de junio de aquel año. Entonces, se le dio categoría de municipio a la ciudad puerto quedando bajo la órbita total del Estado Nacional, cuyo Poder Ejecutivo incluso tuvo la facultad de designar por decreto al intendente, así como también quedaron las rentas de la aduana, la administración del puerto, los tribunales y otras funciones de administración política. Esa federalización (ley 1029 de septiembre de 1880) tuvo el objetivo de nacionalizar la ciudad puerto y además poner en disputa esa renta agraria extraordinaria que la oligarquía terrateniente bonaerense quería solo para sí. Fue un hecho trascendental para la organización del país, por el cual se evitó así profundizar un desguace mayor de la cuenca del Río de la Plata, iniciado con la balcanización de Sudamérica en los años veinte del siglo XIX, con la separación de la Banda Oriental, el Alto Perú y Paraguay, del antiguo territorio del virreinato, aunque no podía evitar la hegemonía oligárquica del modelo agroexportador con dependencia económica de Gran Bretaña.

En el siglo XX, la política de fomento y nacionalización del petróleo del yrigoyenismo sostuvo –como lo había hecho, de otro modo, con su lucha por el sufragio libre e igualitario y las leyes a favor de los trabajadores- un federalismo desde la defensa del interés nacional, aunque se vio truncado por el golpe de estado de 1930, que favoreció a las empresas petroleras anglobritánica y las oligarquías provinciales, partes en la renuncia a la soberanía petrolera.

Cuando el peronismo implementó el proyecto nacional con soberanía y justicia social, lo hizo desde una concepción de federalismo democrático en la cual se daba prioridad tanto a la ampliación de la participación política de las provincias, se priorizaba el desarrollo regional y alejaba cualquier propósito de autonomía del distrito porteño. Con la reforma constitucional de 1949, sin variar la soberanía residual de las provincias, modificó su concepto en cuanto estableció la propiedad nacional en forma inalienable e imprescriptible de los recursos naturales. En lo concerniente a la administración de justicia, el artículo 94 disponía que en la Capital de la República todos los tribunales tenían el mismo carácter de nacional. La ley nro. 13.998 (de 1950) reglamentó esta norma y dispuso que todos debían ser considerados jueces de la Nación, por oposición a los jueces de provincia, equiparados a los federales.

Así llegamos a 1994, cuando una nueva reforma constitucional incorporó normas en la materia cuyo alcance se discute actualmente. Además de la provincialización de los recursos del subsuelo en nombre de un equívoco federalismo, también se legisló el artículo 129 que dice: “La ciudad de Buenos Aires tendrá un régimen de gobierno autónomo, con facultades propias de legislación y jurisdicción, y su jefe de gobierno será elegido directamente por el pueblo de la ciudad. Una ley garantizará los intereses del Estado nacional mientras la ciudad de Buenos Aires sea capital de la Nación”. Sin embargo, la ley 24588 (la ley Cafiero) sancionada un año después de la reforma constitucional, con el fin de garantizar “los intereses del Estado Nacional en la ciudad de Buenos Aires, mientras sea Capital de la República, para asegurar el pleno ejercicio de los poderes atribuidos a las autoridades del Gobierno de la Nación”.

En 1996, el Congreso de la Nación convocó a una convención para dictar el Estatuto Organizativo de la Ciudad –en conformidad con lo dispuesto en la reforma de la Constitución Nacional en 1994- pero los convencionales electos dictaron una Constitución invocando razones de autonomía. Desde entonces, la consigna porteñista fue tomando cada vez más forma alentado por las propias autoridades locales. El Supremo Tribunal de Justicia de la Ciudad, en la causa “Subterráneos de Buenos Aires Sociedad del Estado” (2009), expuso su propia interpretación sobre el asunto: “la reforma de 1994 procedió en sentido originario devolviendo al pueblo de la Ciudad de Buenos Aires las potestades jurisdiccionales de las que había sido privado alterando con ello la igualdad política de quienes somos ciudadanos argentinos. En su marco, los jueces nacionales ordinarios ejercen aquellas competencias de la Ciudad Autónoma contempladas en el art. 129 de la CN que les ha reservado la ley 24.588, esto es, potestades que toma la Nación en ejercicio de su discrecionalidad legislativa, hasta tanto exista un acuerdo entre Nación y Ciudad que permita dar plena operatividad al citado art. 129 de la CN”.

Tras un sistemático cuestionamiento de la ley Cafiero, se empezó a alegar una injerencia de la Nación en asuntos locales y una discriminación en perjuicio de los porteños. La Corte Suprema de Justicia de la Nación, en un fallo reciente y de por sí regresivo porque rechaza la competencia de la justicia laboral para proteger los derechos de los trabajadores de la AFSCA, hizo mención a que “el carácter de nacional de los tribunales ordinarios de la Capital Federal es meramente transitorio”, dando apoyo al traspaso de la justicia nacional –la del trabajo en particular- al ámbito de la Ciudad de Buenos Aires (“Sapienza, Matias Ezequiel y otros c/ Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual y otro s/ acción de amparo”).

¿Unidad o fragmentación del país?

El alcance de una supuesta autonomía porteña está limitada fuertemente por el interés nacional existente en la regulación normativa y contralor de las principales relaciones sociales que se despliegan en el área metropolitana, que incluye a los lindantes partidos del conurbano de la Provincia de Buenos. La ciudad puerto metropoli es sede de las firmas comerciales más importantes del país, de las multinaciones que concentran la alta industria y el comercio exterior, de las financieras y principales bancos, de los medios de comunicación hegemónicos, y, principalmente, el espacio donde trabaja, vive y circula el núcleo de la mayor masa trabajadora del país. Es también la sede de las autoridades nacionales, de los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, cuya seguridad, al menos, debe estar a cargo de fuerzas nacionales, y del puerto más importante del país que funciona como eje del mercado exterior. Dueña de una cultura eurocéntrica con el propósito de irradiar mesiánicamente hacia el resto del país en forma de falsa civilización, que hoy se transmite por vía de los multimedios.

En el caso de la IGJ, su función es la de ejercer las funciones de autoridad de aplicación, control y registración de las sociedades comerciales constituidas en la ciudad de Buenos Aires, entre ellas de las sociedades off shore, por lo que cuenta con información sensible para detectar evasiones y fraudes económicos. Pero el caso del traspaso a la ciudad del puerto de Buenos Aires reviste una especial gravedad: es el puerto más importante del país, el único que queda en poder del estado nacional después de la Ley de Puertos de 1992, es el responsable de garantizar la comunicación de las diferentes regiones del país con el mercado externo, el eje de la cuenca del Plata, que opera con la mayor cantidad de mercancías por exportación e importación y fuente de una recaudación de miles de millones de dólares al año.

La declamada autonomía porteña tiene actualmente, así, el mismo significado que tuvo a la largo de la historia, cuando el centralismo porteñista invocaba en el siglo XIX el argumento del federalismo para defender sus privilegios particulares, como explicaba Alfredo Terzaga, el historiador cordobés: “nada de organización si es que la organización tenía que ser federal; nada de capitalización de la ciudad; nada de libertad de los ríos; nada de nacionalización aduanera”; en cambio, “cada vez que en Buenos Aires apareció un movimiento o una actitud de carácter ´federal´ (Tratado del Cuadrilatero, Santa Federación, entre otros), lo fue para aferrarse al puerto, bajo el manto federal, a los mismos privilegios y exclusivismos que defendiera bajo la cubierta del unitarismo” (en “Historia de Roca”, Peña Lillo, Buenos Aires).

Esta oportuna actitud federal renació en 1994, amagó durante los últimos años y tomó envión en la actualidad, con esta renovada vocación por la autonomía. Se trata de un trazo largo en la historia argentina que continúa en el presente, avivando los aires de cambio regresivo y de fragmentación nacional, de la mano de un neoliberalismo desintegrador de los lazos comunitarios en las bases sociales. No es necesario un regreso a la secesión de1854, sino que alcanza, como en 1862, con sustraer a la Capital Federal de la dirección política del poder nacional y por ende de la posibilidad de compartir el destino del resto de los argentinos: sería, sin exagerar, un retroceso al tiempo anterior a 1880 cuando se federalizó la ciudad de Buenos Aires, tras un el combate de Los Corrales, Puente Alsina y Parque de los Patricios.

La autonomía porteña así entendida es un factor de debilitamiento del poder nacional y de la posibilidad de sostener una política de autodeterminación y soberanía nacional. Es una modificación esencial en la organización del país, que opera como un reaseguro, presente y futuro, para el modelo oligárquico conservador, y un obstáculo estructural para avanzar en un desarrollo productivo integral, democrático y federal. Por eso, lejos de algún anacronismo, otra vez el país se encuentra en la disyuntiva histórica de debatir el sentido de la autonomía de la única ciudad-metropoli con que cuenta, en los términos precisos y concretos de unidad o fragmentación nacional. Nosotros, los porteños, deberíamos tener presente esa enseñanza primera para nuestra América, que indica a la unidad como el único ejercio de autonomía posible. O lo que es lo mismo, hacer nuestro el consejo de un bonaerense del siglo XIX, los hermanos seamos unidos o nos devoran los de afuera.

Javier Azzali

Profesor en Derecho (UNPaz/UBA). Miembro del Centro de Estudios Históricos, Políticos y Sociales “Felipe Varela”. Porteño, pero no porteñista.

Nota publicada en Revista Digital Zoom

El general Mosconi, director de los Yacimientos Petrolíferos Fiscales, habla con un lápiz en la mano. Sobre la página blanca que tiene delante va dejando caer las cifras fantásticas. Es el poema del petróleo argentino:

El oro negro corre como en un sistema arterial vivificante, bajo la tierra de la nación futura, desproporcionada a fuerza de ser grande y poderosa.

— En 1907 partimos de cero. Se está horadando un pozo. ¿Encontraremos la napa de Petróleo prevista? De pronto un trueno conmueve la entraña de la roca, arrasa con todo: tubos, perforadoras, materiales.

Es un chorro de agua salada, de gas, de basalto y de arenillas. Las paredes de cinc tiemblan. La fuerza del surtidor amenaza con hacer volar el galpón, arrancarlo de raíz. Ha costado cien mil pesos la perforación del pozo. Una hora más tarde ese chorro de mineral ha vertido ya cien mil pesos de petróleo. Los años siguen. La labor fiscal abre nuevos pozos. La curva de la producción es casi una vertical, y al fin del año pasado aparecemos sobre el mundo como la décima potencia petrolífera.

Hemos producido en 1926: 1.158.544 toneladas de petróleo, 1.032.958 toneladas de fuel-oil y más de 150 millones de litros de nafta y querosén.

Entre Comodoro Rivadavia y los yacimientos de Plaza Huincul 376 pozos se explotan y 164 poros se aprestan a la actividad.

Las perforaciones suman cifras fantásticas. Se ha horadado 94.910 metros en roca viva. Si pusiéramos un caño al lado de otro, esta cañería subiría al cielo, se perdería entre las nubes y casi ya saldría de la atmosfera terrestre. Entraría en el éter en que flotan los astros.

Este petróleo que busca recipientes y no los halló a veces a la medida de la abundancia en que fluye de los yacimientos riquísimos, forma ríos sobre la tierra virgen y se estanca. Los barcos-cisternas vendrán a buscarlo. La flota nacional, compuesta de 7 barcos, hace anualmente ciento noventa viajes entre Buenos Aires y Comodoro Rivadavia. Al fin del año podrían transportar 940.000 toneladas. El petróleo crudo traído a la destilería de La Plata alcanzó en 1926 a 475.057 toneladas, fuera del acarreado para empresas particulares que llegó a 173.441 toneladas. No cuento la nafta y el querosén.

Esa misma flota ha transportado en 1926, 393.553 toneladas de fueloil (carburante) y 22.523 toneladas de nafta y querosén desde la refinería de La Plata a Buenos Aires. Estos barcos han llevado en cambio hasta Comodoro Rivadavia 35.997 toneladas de carga y 3926 pasajeros.

La destilería de La Plata es otro de los milagros del petróleo. Fue construida y puesta en movimiento en solo un año. Hay fechas que deben en entrar en las efemérides argentinas; el 24 de diciembre de 1925 la Destilería Primaría envió su primer cargamento de fuel-oil a los estanques de Buenos Aires.

El primer bombeo de nafta se efectuó el 7 de febrero de 1926. Al día siguiente, se bombeó el primer litro de querosén nacional.

La destilería está en condiciones — y lo ha demostrado — de extraer la mayor cantidad de nafta y querosén del petróleo crudo en el estado actual de la técnica del petróleo.

La nafta y el querosén Y. P. F. han conquistado el mercado. La destilería debe ser capaz de elaborar 2000 toneladas por día. Ha llegado a 2400, en las pruebas de recepción y se han tratado durante el año pasado 743.318.657 toneladas de petróleo bruto. Se ha entregado a la venta, haciéndose reservas para casos imprevistos: 50.254.600 litros de nafta y 23.170.822 litros de querosén. El total de lo recaudado por este concepto llegó a 13.371.288 pesos moneda nacional. Este petróleo, desde la salida de los pozos, busca almacenes y cubas donde ser guardado. En Comodoro Rivadavia poseemos 175.000 metros cúbicos de almacén. Plaza Huincul tiene 20.885, Dársena Sud 65.500.

En Santa Fe, Rosario, La Plata, etc., hay 188.084 metros cúbicos de almacén que le esperan.

Nada nos impide creer que la línea ascendente que sigue las explotaciones fiscales del petróleo y sus derivados nos permita saturar el mercado con nuestro producto y eliminar el producto extranjero dentro de breve tiempo.

Una ley fiscal que preocupa al Parlamento debe Destilería fiscal de La Plata y sus almacenes, de una capacidad de 130 mil metros cúbicos. Ofrecernos mayores facilidades en esta política nacional del petróleo.

Los números en su gravedad exponen el estado actual del petróleo argentino, pero esa riqueza así enunciada es sólo un trasunto fugaz de la verdad. Todas las esperanzas están permitidas. El dorado de América se halla bajo la Patagonia.

Su riqueza no ha sido alcanzada todavía. Es incalculable y bella. Varios millones de hombres deformados por el esfuerzo han hecho un campamento entre la piedra árida de Comodoro Rivadavia y el Atlántico Austral, para ofrecernos en su sacrificio la posesión de un bien nuestro que se perdía en el misterio patagónico. Es un campamento, he dicho, una ciudad deleznable hecha con chapas de cinc.

A veces hay que interrumpir la función del teatro, porque los pilludos apedrean las paredes de hojalata y ahogan la voz del piano; a veces es el viento que sopla como si estuviera a sueldo de un rival oculto, y se lleva los techos de los ranchos de los “pioneers”. Son esos hombres que se mueven dramáticamente como en una película del Far West quienes prolongan la soberanía argentina sobre la más palpable de las riquezas actuales. Son el símbolo viviente de nuestro petróleo sin una verdadera defensa aún. La Nación debe destacarse toda ella hasta la fuente del rico mineral. Su economía, la defensa nacional y el honor del país lo reclaman.

Fuente: Revista Caras y Caretas del 13 de agosto de 1927

Discurso pronunciado en Bogotá el 1º de marzo de 1928 en el banquete que le ofreciera el ministro de Industria de Colombia.

Nos congrega, señores, el moderno dios de la paz y de la guerra: el petróleo. Ningún problema se presenta en estos momentos en forma más grave, compleja y de solución más urgente a la consideración de los gobernantes, que la defensa y administración de esta riqueza, de características especialísimas.

Grave cuestión constituyen los trusts de petróleo. En cierta oportunidad, mientras se debatía en el Congreso argentino el proyecto de Ley de Petróleo, se me preguntó cuál de los dos trusts, el anglo-holandés, Royal Dutch, o el norteamericano, Standard Oil,era preferible por su capacidad técnica, método de trabajo y modalidades.

Al fin de cuentas, los dos grupos son equivalentes y compararía con una cuerda de cáñamo al grupo norteamericano, y con una de seda al europeo; de modo que en respuesta a la pregunta que se me hiciera manifesté que si las dos cuerdas, ruda la una y suave la otra, han de servir para ahorcarnos, me parecía más inteligente renunciar a ambas,y concentrando nuestra voluntad y nuestra capacidad en este problema especial, de características únicas, resolverlo por nuestras propias fuerzas, haciendo con ello un gran bien que las generaciones futuras agradecerán.

Señores: Cuando en viaje aéreo a esta bella capital, admiraba la opulencia de vuestra naturaleza y observaba el bajo standard de vida de vuestro pueblo, recordaba el espectáculo semejante que presenta nuestro norte argentino, que hiciera exclamar a uno de nuestros hombres públicos: “¡La miseria de un país rico!” Y ello es exacto para nuestros dos países porque aún no nos hemos empeñado con decisión y ahínco en el recorrido de nuestra tercera etapa histórica.

Nuestros países inician el tercer período de su evolución: a la emancipación sucede la constitución política y a ésta debe suceder la organización económica. A los fundadores de la nacionalidad suceden los organizadores constitucionales y a éstos las generaciones, la nuestra entre ellas, que resolverán el bienestar de los habitantes del país por medio de la más adecuada y conveniente organización económica, es decir, por la mejor explotación de nuestras riquezas naturales, el mejor aprovechamiento de sus potencialidades y por el desarrollo económico y especulativo de sus fuentes productivas.

Esta es la tarea que no hemos cumplido y que nos espera, en cuya base se encuentra el petróleo; y los pueblos que con mayor inteligencia y precisión resuelvan su aprovechamiento,tanto mejor y más elevado será el standard de vida que alcancen.

Señores: Que la providencia ilumine la mente de los gobernantes colombianos y argentinos para abordar y dar término al magno problema con toda la decisión y la energía requeridas, sin preocuparse por las voces de amago o presiones tendientes a inmovilizaron torcer nuestros propósitos, que deben ser inflexibles como nuestra soberanía,para que, así como la emancipación política del continente se selló con las dos corrientes emancipadoras de Bolívar y San Martín, realicemos nuestra independencia económica por la conjunción de nuestros ideales y de nuestros estandartes, y hagamos posible a Latinoamérica el cumplimiento de la misión que tiene asignada en la historia de la humanidad. Sólo entonces habremos dado término integral al mandato de nuestros libertadores, asegurando la felicidad y el bienestar de nuestros pueblos.

Fuente: BIBLIOTECA DEL PENSAMIENTO ARGENTINO / IV Tulio Halperín Donghi. Vida y muerte de la República verdadera (1910-1930)

Extraído de Historia y Doctrina de la UCR

Nuestra Nación, al igual que otras latinoamericanas, se encuentra empeñada en la laboriosa y compleja organización de su economía. Estos países,constituidos políticamente después de grandes y penosas dificultades, de largas y sangrientas perturbaciones, que tienen su explicación en la calidad de los factores étnicos que intervinieron en la conquista y en la evolución social dela colonia, inician la tercera y última etapa de su historia ascendente.

Emancipados del dominio ibérico, los pueblos sudamericanos, formados por toscos elementos raciales, se debaten en procura de su organización definitiva,guiados por confusos principios políticos que van desde el gobierno monárquico hacia la república unitaria o federal, y disponiendo de rudimentarias bases políticas. Mientras nuestras provincias cruzan la larga noche de incertidumbre y desconcierto de la fraticida lucha armada, expresión final de las ambiciones y rivalidades de personas o de grupos, y solución a la vez de localismos preñados de envidias y enconos irreductibles, germina la nueva vida. De las tragedias del malón indio o mestizo, de la opresión instituida por la barbarie, surge al fin, felizmente, la fórmula definitiva de nuestra constitución política.Las nacionalidades se asientan sobre normas de progreso colectivo. El trabajo y una evolución forzosamente lenta, pero inevitablemente segura, alcanzarán el bienestar del pueblo, propósito cardinal que en todos los tiempos ha orientado el pensamiento y la acción de los hombres de gobierno patriotas.

Nuestro estatuto provisional de 1815 y la Constitución de 1826, que disuelve nuevamente la Nación que intentaba organizarse, establecían en sus declaraciones de derechos y garantías principios fundamentales de atracción para el extranjero. Los fundadores de la nacionalidad comprendieron claramente que necesitaban dos elementos de que no disponían en la inmensidad del suelo argentino: hombres y capitales. La Constitución del 53, reformada el 60, es de una liberalidad excepcional, inspirada en la necesidad acentuada de “atraer y asimilar al extranjero, a todos los hombres del mundo que quieran habitar nuestro suelo” y compartir el imperio de nuestras leyes.

Hombres y capitales se requerían para organizar el trabajo y la explotación de las riquezas nacionales. Hombres y capitales eran necesarios para utilizar los productos del país; para fomentar y acrecentar sus valores; para mejorar las condiciones de vida en las ciudades y en la campaña; para intensificar el intercambio interior y el comercio exterior; para utilizar los ríos navegables y construir ferrocarriles y puertos; para equipar al país, en fin, con los pertrechos y las organizaciones indispensables y accesorias para una explotación intensa de la riqueza pública y privada. Sólo así podría elevarse a insospechada altura el nivel de vida de sus habitantes y sólo así podría convertirse en realidad e ideal de libertad espiritual, como fruto sazonado de las fuerzas morales y materiales de la colectividad.

Setenta y cinco años de trabajo han elevado la riqueza pública a valores muy considerables, si se observa su relación por habitante. Sin embargo,necesitamos aún de hombres y capitales extranjeros para acelerar y completar nuestro desarrollo; pero los deberes de nuestra época y la aspiración de un más grande futuro nos indican que el internacionalismo económico que nos ha formado y hecho nación debe estar sujeto a una influencia gradual, que tienda a transformarlo paulatinamente en una organización económica nacionalista hasta donde lo permita la independencia de los pueblos modernos. Los conceptos constitucionales y normas legales que fueron excelentes a mediados del siglo pasado, son pasibles de modificaciones si hemos de acelerar nuestra marcha y alcanzar los objetivos magníficos del preámbulo de nuestra carta magna.

Ha llegado ya el momento de seleccionar hombres y capitales y establecer asimismo protección para hombres y capitales nacionales. Organizando el trabajo y las explotaciones de las riquezas nacionales con hombres y dinero del país, mejoraremos evidentemente nuestras condiciones de vida, lo que es indispensable si, como lo hemos manifestado, nos encontramos aún en la necesidad de continuar atrayendo la inmigración deseable. Estimulando el espíritu de empresa en el capital nacional, refugiado hoy en la inacción o en el interés de los títulos o cédulas hipotecarias, aprovechando los mayores saldos del trabajo y en ello tendremos otra razón más de mejoramiento. En las actividades industriales, en las grandes organizaciones agropecuarias que,coordinadas en el intercambio mundial, controlan y fijan, no siempre con toda la equidad que sería de desear, la remuneración del trabajo de campaña; en las industrias de los transportes fluviales, marítimos, terrestres y aéreos, en el comercio y las organizaciones bancarias, es tiempo ya que la inteligencia y el capital argentinos intervengan en más vasta escala y recojan los beneficios colectivos que hoy se nos escurren de las manos.

Con la cooperación de Europa hemos organizado el país y lo hemos equipado, colocándolo en condiciones de emprender la explotación de sus riquezas y posibilidades en mayor escala; en los últimos años los Estados Unidos, con el envío de capitales y representantes de sus grandes empresas, se incorporaron a nuestras actividades. Podemos, pues, elegir ahora el elemento que nos convenga; pero, en primer término, nuestro deber es realizar con nuestros propios medios una máxima tarea y luego aceptar la colaboración de hombre sy capitales, sin distinción de nacionalidad, siempre que éstos se sometan sin reparo a las imposiciones de nuestras leyes. Capitales que pretendan condiciones especiales, exigiendo un tratamiento de excepción que algunas veces no ha de poder acordarse a los del país, no favorecen a la Nación; capitales que aspiren al dominio económico, que tengan el propósito de tomar injerencias políticas en los países en que operan, que empleen por sistema procedimientos y normas inmorales, que pretendan no ser regidos por las leyes en esos capitales llevan en sí gérmenes de futuras dificultades y perturbaciones internas y externas.

La situación de la República Argentina es semejante a la de los demás países de Latinoamérica, que bregan por la consolidación de su economía y de su progreso moral y material.

En esta organización económica, el petróleo desempeñará en lo futuro un papel trascendente, pues es el elemento indispensable para fomentar y proteger el crecimiento y desarrollo de la industria nacional a seguir así el proceso evolutivo de los pueblos, que, en plena expansión de su fuerza creadora, han arribado a un positivo bienestar y consolidado su nacionalidad.Los países de Latinoamérica que, como el nuestro, explotan petróleo y no posean yacimientos carboníferos, o que los que los que tengan no sean comercialmente explotables, deben preservar las fuentes de combustible líquido de toda influencia que no sea eminentemente nacionalista; el combustible constituye la plataforma sobre la que se levantará su futura organización industrial.

Por otra parte, esto tiene una importancia capital, pues la evolución de nuestros países podrá substraerlos de la lucha tenaz que por la posesión del petróleo libran los grandes imperios mundiales, lucha que dificulta el desarrollo, perturba la vida económica y social y muchas veces oprime la soberanía y la libertad de los pueblos menos organizados y menos fuertes; lucha inevitable en la conquista del predominio industrial y comercial, generadora de enriquecimiento de la colectividad triunfante; lucha que dará al vencedor los privilegios y la seguridad de defender y mantener esos beneficios.

Es menester nacionalizar y resguardar por el Estado las fuentes de petróleo,sobre las cuales se cierne el propósito de acaparamiento de los sindicatos y trusts extranjeros: los gobiernos de los países de Sud América que para mantener la certidumbre de su futuro progreso así lo hagan, ejercitarán una alta previsión patriótica. Nacionalizar y explotar con criterio que consulte el interés de la Nación los yacimientos de combustibles líquido, es robustecer la propia economía y, al mismo tiempo, restar predominio a los trusts acaparadores que absorben y oprimen con sus imposiciones y refuerzan su poder explotando nuestras riquezas naturales y utilizando en su provecho los enormes beneficios que de ellas se obtienen. Pero para nacionalizar las fuentes de petróleo, para que el Estado mantenga en sus manos el control conveniente y perciba participación equitativa en los beneficios, mucha veces extraordinarios, de las explotaciones, es menester que los hombres de Gobierno den prueba de gran espíritu de previsión y obtengan en oportunidad la adecuada legislación.

Las leyes de petróleo, como lo he manifestado en otro lugar, pueden sancionarse con toda facilidad cuando no existe petróleo. Esta observación es de interés para los países donde aún no ha alumbrado yacimiento alguno, lo que puede ocurrir en forma inesperada. La experiencia argentina constituye un amplio e incontratable ejemplo. Entre nosotros, a pesar de toda la labor cumplida en cuanto a legislación se refiere desde que se descubrió petróleo en Comodoro Rivadavia, hace 20 años, no hemos definido aún la ley que dé unidad de doctrina e interpretación a la aplicación de las normas para la explotación metódica y racional de los yacimientos; que modere, si así fuera ignorancia y la incapacidad pueden producir en los depósitos naturales; que dé,en fin, a la Nación, la verdadera posesión de sus minas y que la Nación y las provincias usufructúen equitativamente sus beneficios.

Dotar a la Nación de la conveniente legislación del petróleo cuando por imprevisión se han acordado derechos y se ha puesto en acción el interés del capital privado nacional, y especialmente del capital extranjero, es obra ardua y patriótica. La tarea es digna de los grandes partidos políticos y de los hombres conductores de clara visión. Una nueva adecuada solución dará a los pueblos latinoamericanos beneficios de orden moral, económico, político y social. Una mala solución producirá efectos diametralmente opuestos, como nos lo demuestran las graves dificultades y los grandes males que han experimentado los países que no han resguardado debidamente su riqueza minera. El problema argentino espera aún esa grande y definitiva solución

Extraído del libro: “Dichos y Hechos” del General Enrique Mosconi. El Ateneo. Buenos Aires. 1939.

Compartido por los compañeros del Centro De Estudios Históricos Felipe Varela
Ahora que otra vez el colonialismo cultural busca imponerle al pueblo argentino una derrota cultural que sirva de justificación al regreso de la dependencia de los poderes extranjeros y la injusticia social, este ensayo nos ayuda a pensar desde aquí y para la liberación nacional. Los autores de este ensayo son los encargados del curso de capacitación y actualización profesional en la Universidad Nacional de Quilmes, “Entre la Colonización Pedagógica y la Patria Grande”, declarado de Interés Municipal y Cultural en Quilmes y de Interés Legislativo y Provincial en la Provincia de Buenos Aires.
En el ensayo se señala:
“¿Qué país europeo preferirías que te conquistara? Esta pregunta fue tomada del anexo de actividades propuestas por el manual de cuarto año de historia de la editorial Santillana editado en 2010, el cual pretende estudiar las consecuencias del imperialismo en Africa. Seguramente podríamos enumerar una multiplicidad de posibles factores causales que lleven a que un manual sostenga este tipo de actividades, lo concreto que este tipo de preguntas lo único que consigue es afianzar el alto grado de dependencia de nuestros estudiantes respecto de la visión eurocéntrica del mundo. ¿Es posible pensar que con este tipo de textos se logre alcanzar la conciencia necesaria para que nuestro pueblo identifique y se contraponga a las potencias imperialistas? La respuesta es sencillamente no. Simplemente, porque estos materiales concurren para que nuestras mentes continúen colonizadas. Cuando las “grandes potencias” impusieron un nuevo orden mundial basado en la división internacional del trabajo, Argentina sería clasificada como el granero del mundo, situación que se consolidó a partir de una estructura cultural que convalidó ese modelo.”
Entrá en el siguiente enlace para su lectura completa: “La colonización pedagógica, el mundo que nos enseñaron
Ariel Hartlich es Licenciado y Profesor en educación (Universidad Nacional de Quilmes), se desempeñó como periodista en distintos medios regionales de las localidades de Quilmes, Florencio Varela y Berazategui y docente en el área de Ciencias Sociales en programas de educación popular para adultos. Publicó varios libros de poemas. Integra el Centro Cultural Enrique Santos Discépolo Quilmes, Varela, Berazategui.
Miguel Giorgio es Licenciado, Veterano de la guerra de Malvinas y disertante de temas relativos a Malvinas como causa nacional y latinoamericana.
Le agradecemos a los autores su valioso aporte.

Mensaje del señor Ministro de Hacienda y Finanzas, Don José B.Gelbard – 1973

Acta de Compromiso del Estado

Declaración de la Asamblea de Gobernadores

Acta de Compromiso Nacional (CGT, CGE, Gobierno Nacional)

Disponible para descargar en la sección Documentos de Presidencias Peronistas de nuestra Biblioteca Digital

Un aporte al debate, acerca de varios sectores del progresismo de clase media, parte del movimiento nacional, y su relación con el sindicalismo en general y la CGT en particular. Por Juan Godoy*

 

“La clase media es… media revolucionaria… media intelectual… media nacional… Por ello participa, cree y descree, se asume y no se asume, puede ser peronista y criticar al peronismo, socialista y asustarse de los obreros.” Juan José Hernández Arregui

Jorge Enea Spilimbergo en sus conocidas tesis de 1964 afirma que “la alianza del proletariado con la pequeña burguesía constituye el fundamento estratégico de la revolución argentina”. A la misma la llama “Alianza Plebeya”. En varios momentos de nuestra historia, no muchos, aunque sea muy brevemente se dio esta alianza plebeya. Durante las primeras gestiones kirchneristas se avanzó en ese sentido, alianza que comenzó a romperse trágicamente para el campo nacional en la última gestión explicando, en parte claro, la derrota electoral (por primera vez en nuestra historia) a manos de la oligarquía más rancia y revanchista.

En este marco, en las últimas semanas se avanzó en la senda de la unidad, del restablecimiento de esa alianza que se puso de manifiesto en la movilización del 7 de marzo que deja como saldo positivo una de las movilizaciones más grandes desde la vuelta a la democracia, quizás la más grande, en contra de la restauración neoliberal, y su plan de miseria planificada. Ahora bien, el final de la movilización con los desafortunados acontecimientos abre un paréntesis en lo que venimos sosteniendo, y nos lleva a estas breves reflexiones, que no pretenden ser la verdad, sino un aporte al debate, acerca de varios sectores del progresismo de clase media, parte del movimiento nacional, y su relación con el sindicalismo en general y la CGT en particular.

Primero, y rápidamente, una breve reflexión sobre los disturbios al final de la movilización, claramente aprovechados por los medios de comunicación (y sectores interesados por diversas cuestiones en hacerlo) como representantes de un supuesto análisis desinteresado aunque bien sabemos largamente que son la “voz de la oligarquía” revestida en la objetividad periodística, que sabe como el diablo “meter la cola”, en este caso para horadar la unidad y destruir las chances de dar vuelta el escenario de regresión de los sectores populares. Una de las plumas de la oligarquía lo escribe con claridad en su editorial: “a pesar de los errores y del descenso en las últimas encuestas conocidas, el gobierno de Mauricio Macri puede dormir tranquilo. Durante un tiempo, al menos. Resumidas en una síntesis tal vez arbitraria, las imágenes de la marcha cegetista de ayer significan que el peronismo y los gremios están divididos (y, a veces, peligrosamente enfrentados) hasta para confrontar con Macri”. (Joaquín Morales Solá. La Nación. 8-3-2017)

En los disturbios del final hubo varios actores políticos, algunos actuaron a conciencia de lo que hacían, otros pensamos no, lo cual no le resta gravedad. La violencia contra las representaciones gremiales de los trabajadores (gusten más o menos) es al menos desafortunada. La instancia elegida carece de sustento. En nuestra opinión, en el movimiento obrero organizado existen instancias para definir una medida de fuerza (donde se definió efectivamente). No resulta del todo lógico entonces que en medio de la manifestación el orador deba decidir por encima de “las bases” la fecha de paro general, que se convocó claramente pero sin una fecha determinada, o bien lo defina en torno la representación que está imbuido el triunvirato, pero como su nombre lo indica son tres y no uno. Incluso entre los que reclamaban la medida había sujetos no sindicalizados y pertenecientes a otra central diferente que la de los oradores. ¿Qué lógica tienen que ellos decidan por una central a la que no pertenecen? ¿Tiene sentido que los que estén más adelante en un acto de más de 500 mil personas decidan por el resto?

Asimismo, en un marco más amplio, se ataca a la CGT por una supuesta “burocratización”. No obstante, lo real es que esa CGT “burocratizada”, si se quiere, es la que movilizó 500 mil trabajadores contra las políticas del macrismo. Había también sectores “sueltos” (un porcentaje mínimo), pero quien convocó a la movilización fue la CGT (conjuntamente con la CTA y la CTEP), así que podemos afirmar que esas centrales son las que movilizaron más allá de las “intenciones” de los denominados “empoderados” que se “auto-convocaron” (hay algo fuertemente anti-político en esa idea). Es la CGT conjuntamente con las otras dos también la que logró arrancar al macrismo las dos medidas más importantes, en un contexto de fuerte regresión: la ley anti-despidos, aunque vetada con el consabido “costo político” para el gobierno, y la ley de emergencia social, pronta (sobre todo a partir de las “nuevas protestas” de la CTEP) a sancionarse, o el gobierno seguramente deberá pagar otro “costo político” con los más humildes de la patria. Cabe resaltar que pareciera que son solo las entidades gremiales las que se pueden burocratizar y no así las ciertas estructuras políticas. Basta ver cómo funcionan la mayor parte para observar que no es privativo del movimiento obrero.

Es también desde “las calles” que comienza a producirse la alianza del movimiento obrero organizado (CGT y CTA, la primera ya unificada y la segunda prácticamente también), con los trabajadores de la economía popular nucleados en la CTEP. Un hecho fuertemente auspicioso, en el que cumple un rol fundamental el Papa Francisco. Pero resulta que ahora los “periodistas a sueldo”, muchos de dudosísimo curriculum, y ni siquiera agremiados a sus representaciones sindicales, le tienen que “marcar la cancha” a los trabajadores y sus organizaciones, algunas con más de ochenta años de vida y tradición de lucha, como muchos de los sindicalistas que la componen, instigándolos a hacer paro y/o poner fecha a una movilización. Algo que raya lo insólito.

Pensamos acá que lo que se manifiesta es la mirada de la clase media progresista acerca de los trabajadores, sobre todo organizados. En ese sentido, afirmamos es la mirada fuertemente elitista de ciertos sectores de clase media en nuestro país (no toda, desde ya, pues sería erróneo pensar que es en conjunto anti-nacional). A esos sectores le pueden gustar los trabajadores pero sobre todo en términos abstractos, en la retórica, no el trabajador de “carne y hueso”. Hacen recordar las palabras de Don Arturo Jauretche hacia Sarmiento en las cuales decía que amaba la humanidad pero no a sus compatriotas. Algo similar.

Molesta al parecer que los trabajadores decidan el destino de la Patria, que puedan tener acceso al poder y definir por “sus vidas”. ¡Horror! Por eso también muchos se sienten más identificados con los canales de televisión -en alguna manifestación se escuchó ¡cantar a favor de C5N! (como asimismo “militar” sus “bajadas de línea” y poner como referentes del campo nacional a los mismos)- y sus “periodistas progresistas” antes que con los representantes de los trabajadores. Hernández Arregui en torno a los sectores medios afirma que: “la clase media, convencida de su independencia, justamente porque carece de ella, se cree depositaría de valores universales, sin comprender que detrás de ellos están los intereses particulares de la burguesía. El pequeño-burgués –y el intelectual no escapa a esta regla– piensa siempre en términos absolutos. Si es propietario, la ley de congelación de alquileres es la injusticia absoluta, si es inquilino, la justicia absoluta. Su minúscula situación social le hace perorar con frases de gigantes”.

Resulta evidente que, a pesar de los muchos avances en los últimos años en materia de descolonización pedagógica, poco se avanzó en la conformación de una matriz que piense en términos nacionales. Como sostiene Ramos en los países dependientes “el atraso histórico no se expresa solamente porque los recursos estén en manos del extranjero. Se expresan también en la pérdida de la conciencia aguda del interés nacional”. Lamentables escenas se vivieron cuando algunos manifestantes, algunos identificados con el movimiento nacional peronista, tomaron el atril con la insignia de la CGT cual trofeo de guerra, más lamentable aún que posteriormente otros compañeros festejaran el hecho y decretaran (tal como lo creyeron los “libertadores” del 55), el fin de la central obrera.

Esto que decimos queda de manifiesto por ejemplo cuando un trabajador, precisamente el líder de la CGT, le dijo a la entonces Presidenta que quizás era hora que un trabajador ocupe la Casa Rosada. Más allá de las especulaciones, hasta hoy el progresismo de clase media recuerda esa frase con escozor. ¿Cómo puede ser que alguien que se coma las “S” al hablar sea Presidente? Quizás no conscientemente, pero es lo que cristaliza su accionar. Sí, a muchos les gusta que gobierne Evo Morales… Que gobierne Bolivia claro. Así y todo muchos se apresuran a afirmar que ¡por suerte tiene a Álvaro García Linera, que es el que realmente maneja la cuestión! Perón se manifiesta claramente al respecto cuando en 1973 se pregunta: “¿por qué razón van a renunciar las organizaciones a tener sus representantes en los tres poderes del Estado que son realmente los que gobiernan, dirigen y conducen la Nación? ¿O es que los obreros no tienen derecho a ser partícipes de esa conducción, que si la hacen los demás ellos tendrán muy poco que agradecerles? (…) cuando los obreros hayan renunciado a intervenir en los destinos del país, ese será un sentimiento suicida para su propia clase y para sus propias organizaciones.”

Es esa clase media progresista que todavía, ¡todavía!, se sigue quejando de los trece paros de Saúl Ubaldini a Alfonsín, contra su estrategia de debilitamiento del movimiento obrero y los inicios de la política neoliberal. Son, ¡ay, los peronistas! que no “dejan gobernar”, la barbarie que se cierne sobre la república. El mismo Ubaldini que había enfrentado a la dictadura, con el paro más rápido en comparación con las otras dictaduras latinoamericanas, y que le legó el que quizás sea (con temor a equivocarnos, pues en los últimos años hubo algunos, pero que pensamos no tuvieron la repercusión necesaria), el último programa al movimiento obrero revolucionario hasta hoy.

Asimismo el moralismo progresista hace hincapié en que las elecciones en las organizaciones gremiales no siempre son del todo transparentes, y hay cargos que se reeligen una y otra vez a lo largo de los años. Más allá de si uno está o no de acuerdo con esta cuestión, basta observar prácticamente cualquier institución en nuestro país para observar las mismas prácticas, por eso llama la atención que solo se observe en este tipo de organizaciones, por lo cual pensamos que esa crítica está más ligada a lo que venimos diciendo: la “incomodidad” de los sectores medios en tanto el poder de los trabajadores. Por poner un ejemplo de los decenas que podríamos, nos preguntamos: ¿o acaso la elección en organismos científicos es absolutamente transparente y los cargos se renuevan periódicamente? ¿Por qué no se le exige a estos sectores “amor a la patria y sus compatriotas” cuando van a utilizar los conocimientos pagados por todos en el extranjero porque suponen que aquí no se les paga de acuerdo a lo que estudiaron? Spilimbergo refiere que “el tema del moralismo en la política argentina es parte de la táctica oligárquica de dividir el frente del pueblo”.

En el mismo sentido, la relación dirigente sindical y “sus bases”, es una relación tensa, no carente de conflictividad. Más allá de esto, resulta poco realista la idea de una escisión tajante entre las dirigencias y “sus representados”. Resulta difícil que una dirigencia “odiada” por “sus bases” subsista a lo largo de muchos años. Lo que no anula el hecho de la existencia de dirigencias sindicales contradictorias. Las mismas pueden ser mejores o peores, lo que no debiera llevar a un discurso anti-sindical, sino más bien a la disputa del espacio. El triunvirato puede ser mejor o peor, pero “putearlo” sin construcción sindical que dispute los espacios, solo tiene como consecuencia el debilitamiento de la herramienta fundamental de los trabajadores.

Es claro que la organización a partir de los sindicatos es la herramienta de lucha fundamental de los trabajadores, y fortalecerla dentro del movimiento nacional es central para la emancipación nacional, por eso Hernández Arregui afirma que es “alrededor de los sindicatos donde se centra la lucha nacional. Una lucha de todo el pueblo contra el coloniaje”. Así lo que debilita a las representaciones gremiales, más aún sin construcción de otras que le disputen las mismas, debilita a los trabajadores de cara no solo a la oligarquía, sino también dentro del movimiento nacional en detrimento de otros sectores, medios o burgueses por ejemplo. No resulta casual que desde que comenzó a tomar para sí la historia en octubre del 45, o al menos desde la intervención de Alberto Patrón Laplacette la intención de la oligarquía haya sido barrer con el movimiento obrero organizado, al mismo tiempo que con el país industrial que es parte de lo mismo.

Insistimos en que esta división es trágica para el movimiento nacional, más allá que gusten más o menos las representaciones sindicales, es la estrategia de la oligarquía. No “caer” en ésta resulta fundamental. En el pasado reciente esa ruptura fue funesta para el campo nacional. Por eso, apuntalar la unidad es central para enfrentar la brutal política llevada a cabo por la Alianza Cambiemos. Poner por delante los intereses de la nación y el pueblo es imperativo.

En fin, lo que problematizamos es que hay una construcción en relación al sujeto del cambio que pondera a la clase media (sobre todo universitaria) por sobre los trabajadores. No es casual que sean los sectores medios principalmente los portadores de esta visión, pues con los que están mayormente penetrados por la colonización pedagógica, son los que consumen ciertos bienes culturales (muchas veces solo con el afán de “la distinción”), correas de transmisión de los valores de la oligarquía. Es la cristalización del civilización y barbarie sarmientino. En esta “soberbia intelectual” aparece que solo pueden gobernar los “lindos”, universitarios, “blancos y puros”. Pero por mucha vuelta y explicación teórica (y con ejemplos prácticos) que se quiera dar el sujeto de la transformación del movimiento nacional en general y el peronismo en particular es el pueblo trabajador organizado, es el que produce la riqueza y el que tiene que definir los destinos de la nación. Por eso Perón afirma en el año 74 que “en la comunidad a que aspiramos, la organización de los trabajadores es una condición imprescindible para la solución auténtica de los problemas argentinos”.

Juan Godoy es Lic. en Sociología (UBA). Mg. Metodología de la investigación (UNLa). Docente universitario. Autor de “La FORJA del nacionalismo popular. La construcción de una posición nacional en la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA)”