De la CGT de los Argentinos a la cacería del subte- Por Federico Niemetz

En el año 1973, la comisión interna combativa del astillero Astarsa toma la empresa y cesa la actividad productiva tras la sucesión de tres muertes de compañeros debido a las condiciones laborales. La tensión fue creciendo con el directorio de la empresa y con la burocracia sindical pero tras varios días de toma lograron todas y cada uno de las reivindicaciones exigidas: 1) Despido del Cuerpo de Ingenieros de Seguridad e Higiene de la empresa. 2) Reconocimiento por parte de la empresa de un Cuerpo de Seguridad, Salubridad e Higiene, compuesto por los propios trabajadores. 3) Reincorporación de todos los trabajadores despedidos por problemas políticos y gremiales de cinco años a la fecha. 4) El pago de todos los salarios perdidos por el conflicto, y 5) La promesa de no represalias por parte de la empresa. Ese proceso de lucha culminó con la conquista en 1975 de un aumento salarial del 100% para los trabajadores de Astarsa y los demás astilleros bonaerenses y en un dictamen del Ministerio de Trabajo que declaraba riesgosa e insalbubre la actividad de los obreros navales; experiencia que se replicó en Ford, Fate, Terrabusi y otras industrias.

En 1976, los tanques de la dictadura entraron a Astarsa y secuestraron a 60 trabajadores de los cuales 16 continúan desaparecidos. Así, se dio fin a la lucha de Astarsa.

La represión como herramienta para cesar un conflicto gremial inaugurada por Videla no terminó con el advenimiento democrático y hoy cualquier lucha sindical es enfrentada por la patronal y el Estado a los tiros. Es el caso concreto y evidente del actual conflicto que gira en torno a los trabajadores del subte porteño que sufren en carne propia no solo la violencia de la patronal, sino también niveles inusitados de violencia institucional: a la quita de personería gremial decidida por la Corte Suprema de Justicia, a la entrega de ésta a la voluntad de Triaca (solo un desquiciado puede pensar hoy que Triaca movería un pelo por proceder con el trámite que le falta al sindicato de Metrodelegados) se le sumó la última semana la violenta represión de la Policía Porteña comandada por el jefe de la fuerza: Carlos Kevorkian, un polisote que esconde formación en la dictadura, muertes, represión y corrupción en su historial.

A la ya narrada herramienta represiva, se le suman hoy desmanejos financieros de capital que las normas comerciales receptan y avalan como forma para que las multinacionales escapen a sus obligaciones laborales. La herramienta es sencilla: se declara la quiebra, la insolvencia o la improductividad en el plan de negocios, se cierra la fábrica y se van del país o abren una nueva sede con nuevos trabajadores sin experiencia de lucha ni antigüedad. Este ejemplo macabro lo vimos en Pepsico y en Cresta Roja.

Ante este panorama inaugurado en 1976 y perfeccionado alrededor del 2001, los sindicatos han quedado estupefactos y sin respuesta: la huelga, la paralización de actividades, la organización gremial de nada sirven si te responden con despidos y balas.

¿Qué hacer ante esta conflictiva? Nadie lo sabe, pero personalmente me atrevo a decir que ha llegado la hora de los sindicatos, la hora del movimiento obrero. Hasta el día de la fecha, la vinculación del sindicalismo con la política ha sido en grado de subordinación, de sumisión o de acompañamiento, mientras que su marco de acción específico se redujo a la discusión del empleo y el salario. Nada debe quedar de todo ello, es la hora de resindicalizar a la sociedad y reconstruir la representación de las bases, constituir a los gremios como instituciones contenedoras de la totalidad de los trabajadores, en la casa de los laburantes, restablecer el orgullo del trabajo y de la afiliación sindical y llevar adelante la acción con un programa político desde y para los trabajadores. El terreno en disputa nace en la fábrica pero debe trasladarse a la calle y a las instituciones con proyectos políticos, económicos y productivos; cambiar la Argentina para cambiar la vida del trabajador y no a la inversa.

La propuesta no es nueva, ya el Programa 1° de Mayo de la CGT de los Argentinos en su apartado n° 4 enumeraba siete “pronunciamientos históricos” de la clase obrera que no hacían otra cosa que diagramar a grandes rasgos la Teoría general del Estado desde la perspectiva de los trabajadores, es decir, dilucidar el paradigma de instituciones de los obreros. Antes de ello, en el Congreso Normalizador de la CGT de 1957, en plena Libertadora, y a pesar de las rupturas, idas y vueltas y cierto acuerdismo con la intervención de la CGT, se desbarata el plan de Patrón Laplacete y se crean las 62 organizaciones como herramienta política de los sindicatos. El proceso no duró mucho en su temporalidad pero dejó inmensas consecuencias políticas, entre ellas dos inmensos paros generales y, 5 años después, el triunfo electoral de Andrés Framini en la Provincia de Buenos Aires. Framini nunca llegó a asumir pero el mensaje fue contundente: Un trabajador puede ser gobernador, el proyecto de los trabajadores puede gobernar. Más adelante en el tiempo, en la década de los 90´, encontramos la experiencia del MTA, diferenciado de cualquier otro agrupamiento sindical no solo por su fervor en la lucha sino por tener proyectos políticos, económicos y productivos propios; fueron, verbigracia, los economistas asesores del MTA y, Moyano en consecuencia, los primeros que sostuvieron la necesidad de salir de la convertibilidad cuando el 1 a 1 parecía la panacea ante todos los problemas de la historia Argentina.

No queda nada para inventar, hay que retomar estas tradiciones, reconvertir a los gremios en efectivos representantes de los trabajadores y planificar la Nueva Argentina donde el empleo y el salario no estén en discusión.

Niemetz, Federico

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