Desarrollo nacional y geopolítica científico-tecnológica – Por Agustina Sánchez

“La sociedad que anhelamos para el futuro debe comprender que el problema científico-tecnológico está en el corazón de la conquista de la liberación. Sin base científico tecnológica propia y suficiente, la liberación se hace imposible” Juan Domingo Perón, 1974

Hegemonía, países semi-periféricos y tecnología

En el epicentro de las fuerzas centrífugas que hicieron del desarrollo industrial y económico argentino un proceso trunco, se encuentra el problema científico-tecnológico. La historia del estancamiento dinámico de la Argentina -procesos de industrialización, agregado de valor, diversificación de la matriz productiva, crecimiento económico y redistribución -vis a vis- procesos de extranjerización y primarización económica, reducción del gasto público, deuda, evasión, concentración y fuga- se puede comprender a través del lente que nos ofrece la historia y la geopolítica de la ciencia y la tecnología en nuestro país y en los países de la semiperiferia.

Desde mediados del siglo XX, la construcción hegemónica del mundo tendrá a la ciencia y a la tecnología como instrumento de poder. Estados Unidos se consolida como potencia hegemónica a partir de su liderazgo tecnológico, principalmente, en el sector de la defensa. Mediante la creación de algún enemigo externo que pusiera en peligro la “seguridad nacional” -comunismo-terrorismo-narcotráfico- se justificarán las inversiones de miles de millones de dólares en sectores considerados sensibles para el desarrollo nacional: energía atómica, metalurgia espacial, navegación espacial y las tecnologías de información y comunicación, principalmente. La orientación del esfuerzo científico de los Estados Unidos se produjo en función de las necesidades del país, en un primer momento militares, pero que irán mutando en necesidades geoeconómicas y geopolíticas. Esta lógica fue replicada por las potencias centrales de la época, principalmente europeas, mejor representadas en la OTAN; pieza clave en la consolidación de poder del eje noratlántico y anglosajón.

Por su parte, en los países de la periferia y semiperiferia se promovería, desde la academia hegemónica con el modelo lineal de innovación, la idea de la “libertad” científica. Esto implicaba, entre otras cosas, la desaparición del Estado como promotor de conocimiento, de gestión y asignación de recursos a sectores estratégicos. Se afirmó que debía invertirse en tecnología pero que esta debía adquirirse mediante la compra a los países centrales. Con ello se estructuró un sistema internacional que buscará, milimétricamente, impedir el desarrollo de ciencia y tecnología en sectores considerados sensibles para esos países “desarrollados”. Contrariamente a lo que señalaban los marcos regulatorios basados en la privatización y mercantilización del conocimiento, promovidos desde los organismos internacionales que se consolidaron bajo el paraguas de la ONU y en base a un sistema de patentes sumamente estricto, injusto y desigual, se monopolizó, en puñado de Estados, el conocimiento, la ciencia y la tecnología necesaria para promover procesos virtuosos de crecimiento económico y desarrollo con inclusión social. Al respecto, Amílcar Herrera geólogo y figura emblemática, junto a Jorge Sábato, de la corriente de pensamiento argentino y latinoamericano sobre ciencia y tecnología durante las décadas del 60 y 70, señala:

“El resultado ha sido una ciencia desligada de la problemática nacional, y casi totalmente subordinada a sistemas de producción científica elaborados en el exterior, en relación con otras necesidades y objetivos. En resumen, una ciencia adaptada a los requerimientos de una sociedad fundamentalmente estética y económica y culturalmente dependiente (…) Es evidente, por lo tanto que gran parte de la escasa capacidad científica de América Latina está dedicada a producir para un sistema supranacional que nada tiene que ver con las necesidades de la región ni con el libre progreso de la ciencia universal” Herrera, 2015

Se construyó, además, una maquinaria académica destinada a estudiar “el problema del subdesarrollo” de los países de la periferia y semiperiferia. La misma buscó denostar y boicotear todos los procesos que esos países emprendieron con el fin de romper estas dinámicas, al desarrollar algún tipo de tecnología sensible. Los discursos hegemónicos fomentaron, a su vez, y como es bien sabido, la deshistorización de los procesos nacionales y la promoción de recetas globales que permitirían solucionar, como arte de magia, el problema de los “países subdesarrollados”. El paquete incluía: la organización de la producción global, sobre todo a partir de 1970, en cadenas globales de valor, la liberación de barreras al comercio, la libre competencia, la extranjerización y primarización de la economía, la asistencia, el establecimiento de fronteras tecnológicas globales, la venta de la tecnología fabricada en los centros de poder y, con ello, el crédito. Insistieron e insisten en que debíamos y debemos innovar, no mediante la promoción de la ciencia y la tecnología en el propio país, sino mediante la compra de tecnología a los países desarrollados. La ecuación es perfecta: debemos vender bienes primarios sin posibilidad de agregar valor y con ese dinero comprar tecnología, pero en el deterioro de precios frente al intercambio de ambos productos (no es lo mismo vender un celular y comprar soja, que vender soja y comprar un celular), los países semiperiféricos nos encontramos frente a una escasez de divisas. De esta manera, la adquisición de tecnología y, consecuentemente, el desarrollo nacional, quedan supeditados a nuestra capacidad de adquirir créditos. Esta asistencia proviene, principalmente, de los organismos de financiamiento internacional como el FMI o el BM que, históricamente, han ido de la mano con términos y condiciones que promovieron reformas estructurales al interior de los Estados, profundizando aún más la dependencia. Sobre esto último, Jorge Sábato, físico y pionero en el desarrollo nuclear y metalúrgico argentino, señala:

“La tecnología no es neutra: con ella se transmiten los valores y las relaciones de producción imperantes en la sociedad donde se origina. Por lo tanto, su importación sin una previa fijación de criterios – particularmente dentro del actual sistema de propiedad industrial y sin una adecuada legislación sobre inversión extranjera– conduce a una concentración de poder económico y político en los países exportadores y a una alienación social y cultural de los países importadores a través de la ‘reproducción’ de los valores importados» Sábato, Mackenzie, 1982

Hacia el desarrollo nacional: la política científico tecnológica durante los primeros gobiernos peronistas (1946-1955)

El período 1946-1955 sería el único en la historia Argentina -hasta el 2003- en el que hubo una política científica y tecnológica que, al tiempo que logró contrariar los designios hegemónicos, se abocó a las necesidades locales y se vinculó con la trama productiva e industrial, promoviendo el desarrollo económico del país. El gobierno de Juan Domingo Perón fue el primero en entender la geopolítica científica tecnológica y las consecuencias que tenía la importación ciega de tecnología para el desarrollo nacional. Por ese motivo durante los primeros gobiernos peronistas, se impulsaron sectores estratégicos y se reorientó el sistema científico-tecnológico, por ese entonces inexistente, a los problemas socio-económicos de nuestro país. El Estado tendría un rol central en la planificación de la economía y asignación de recursos a estos sectores y sería la estructura capaz de incorporar capacidades técnico-burocráticas, es decir, aprender. La ciencia y la tecnología son por primera vez parte del proyecto de país.

A partir de 1950 se crearía el Consejo Nacional de Investigaciones Técnicas y Científicas (CONICyT) como órgano central de ejecución de la política científico-tecnológica, la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), el Centro de Investigaciones Tecnológicas de las Fuerzas Armadas (CITEFA) y el Instituto Antártico. Con base en una fuerte planificación de la economía por parte del Estado, expresada sobre todo en el Segundo Plan Quinquenal, se apuesta a industrias estratégicas como la metalurgia, la metalmecánica, la siderurgia, la nuclear y la aeronáutica. El período estuvo signado por la búsqueda de vincular la ciencia y la tecnología a la soberanía: territorial, energética, alimentaria y de los recursos naturales.

“El objetivo fundamental de la Nación en materia de investigaciones científicas y técnicas será crear todas las condiciones necesarias a fin de que la ciencia y la técnica argentinas se desarrollen plenamente como instrumentos de la felicidad del Pueblo y de la grandeza de la Nación, contribuyendo asimismo al progreso Universal” Segundo Plan Quinquenal, 1952.

En coincidencia temporal con los mecanismos geopolíticos descritos en el primer apartado y acompañando el proceso de boicot económico promovido por Estados Unidos desde 1951 hasta 1955, la potencia del norte buscará el disciplinamiento de nuestro país a las lógicas hegemónicas mediante el sabotaje a los desarrollos de tecnología estratégica autónoma que se promovieron durante el periodo. Uno de los casos más paradigmáticos y ejemplificadores de la búsqueda de neutralización de estos procesos, fue el referido al desarrollo de la tecnología nuclear, proceso iniciado en 1950 con la creación de la Comisión Económica de Energía Atómica (CNEA).

La tecnología nuclear aplicada a fines pacíficos tiene una infinita cantidad de beneficios en una multiplicidad de sectores estratégicos: es utilizada, por ejemplo, para la generación de energía eléctrica base, barata y libre de emisiones de CO2 mediante reactores de potencia[1] y, también, para la producción de radioisótopos, mediante reactores de investigaciones[2], los cuales son utilizados, entre otras cosas, en medicina para la detección temprana de enfermedades oncológicas. La particularidad del sector nuclear es que es capaz de traccionar el entramado productivo, industrial, científico y académico para el desarrollo de estas tecnologías, por lo que es considerada clave para el desarrollo nacional, al ser una “industria de industrias”. Esto es lo que comprendió Perón y lo que lo motivó a impulsar el sector. Sin embargo, la tecnología nuclear puede ser utilizada también para la producción de armamento. Tal es así, que desde 1950, los países poseedores de armas nucleares (Gran Bretaña, Rusia y EEUU, principalmente) han alentado la conformación de un régimen internacional sobre lo nuclear que permita controlar y limitar el desarrollo de estas tecnologías en la semiperiferia, sin que ello implique el abandono del control monopólico de tecnología nuclear que poseen o bien, la reducción de sus arsenales. A partir de 1970 el desarrollo nuclear se enmarca en el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), que se ha hecho efectivo mediante distintas instituciones como el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), el Grupo de Suministradores Nucleares (GSN) y, más recientemente, por medio de iniciativas como los Protocolos Adicionales (PA) y los bancos de uranio levemente enriquecido (ULE). Desde el TNP hasta los ULE, la normativa internacional ha buscado consolidar el oligopolio de países con acceso a tecnología nuclear, limitando el desarrollo tecnológico en esta materia de los países semiperiféricos.

El instrumento para legitimar esta normativa fue una maquinaria política-académica-comunicacional-jurídica-diplomática, que se encargará de estudiar las supuestas “intencionalidades” que motivan a un país periférico como la Argentina a desarrollar una tecnología sensible como lo es la nuclear. Desde ese momento, hasta la actualidad el discurso hegemónico ha construido un sentido signado por la afirmación de que los países semiperiféricos que buscan desarrollar tecnología nuclear son proliferadores. Sobre la historia del desarrollo nuclear argentino en aquel período, Diego Hurtado (físico, actual Secretario de Planificación y políticas de CTI del MINCyT), señala:

“El interés que la diplomacia y la prensa norteamericana y en menor medida el de algunas potencias europeas dedicaron al desarrollo nuclear argentino, no parece tener el propósito de describirlo, explicarlo y comprenderlo, sino que se inserta en un contexto “cognitivo” donde aparece naturalizado que el buen análisis del desarrollo nuclear de un país de la periferia significa comprender de qué manera este país puede llegar a desestabilizar el sistema global, esto es, comprender si es capaz de alterar una estructura de mercado oligopólica estrictamente regulada por organismos internacionales para que lo continúe siendo y de qué manera esta alteración puede ser neutralizada” Hurtado, 2014

Poderes fácticos, alineamiento incondicional y una política científico-tecnológica que miró hacia afuera (1955-2003)

La presión, el boicot y el disciplinamiento internacional tendrían sus consecuencias. En 1955 sucedió el dramático golpe de Estado que pondría fin a los gobiernos peronistas y que abrió una etapa histórica signada por golpes militares y gobiernos “pseudo democráticos” que emergieron mediante la proscripción del peronismo. Los mismos se alinearon a los designios de Washington y el desarrollo de sectores estratégicos se vio interrumpido como consecuencia de la extranjerización y reprimarización ruinosa de la economía que destruiría el entramado productivo e industrial nacional.

“El golpe de 1955 acercó a la Argentina a los lineamientos de política exterior diseñados por Washington para el hemisferio en el marco de la Guerra Fría, mediante su adhesión al FMI y a Banco mundial, la creación del Club de París y el impulso a la liberalización del comercio y al multilateralismo desmontando los convenios bilaterales y las defensas en el sector externo implementadas por el peronismo» (Rapoport, 2015).

La ciencia y la tecnología sufrirían un fuerte embate y disciplinamiento para garantizar su alineación a los designios hegemónicos. Un ejemplo de esto fue la intervención y la posterior clausura, por parte del gobierno de facto, de la Dirección Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas creada por el peronismo como órgano central de la política científica y tecnológica nacional. En 1958 el organismo fue renombrado como Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, el actual CONICET. Pero no fue solo un cambio de nombre institucional, bajo el mando de Bernardo Houssay, un conjunto de científicos que durante el peronismo habían promovido ideas como: libertad científica, universidad privada, autonomía del Estado, autorregulación, libertad en la selección de temáticas de estudio y alineación a estándares internacionales, tomaron los rumbos de la conducción científico y tecnológica de la Argentina; que desde entonces se aisló de la realidad social y económica de nuestro país, miró hacia afuera y jugó al juego de los grandes sin entender muy bien cuáles eran las reglas.

Desde 1955 hasta 2003 tendríamos ciencia de calidad, científicos ganando premios internacionales, mientras la realidad socioeconómica del país sucumbía ante las recetas del Consenso de Washington, la Alianza para el Progreso y el Plan Cóndor, generando pobreza, miseria y una profunda desigualdad. Lejos de buscar estudiar la causa de nuestros problemas se dedicaron a reproducir y perseguir las fronteras tecnológicas promovidas por las agendas de estudio globales impulsadas por los organismos internacionales. Se desfinanció completamente el sector científico tecnológico y el Estado dejaría de ser la estructura que adquiere capacidades y escala en el aprendizaje, para pasar a ser una mera institución que permitía la consecución de los intereses de los poderes concentrados.

Reconstrucción nacional, ciencia y tecnología situada (2003-2015)

Con la llegada de Néstor Kirchner al gobierno, se comienza a reconstruir un país devastado durante más de 50 años de golpes de Estado, endeudamiento, privatizaciones, extranjerización, pobreza, desempleo y un largo etcétera. Argentina, junto a Néstor y Cristina, se reconstruyó desde las cenizas. Desde aquel entonces se promovió un proyecto nacional que devolvió dignidad al pueblo argentino y elevó a la ciencia y la tecnología como herramienta para aliviar la situación de crisis en la que estaba sumergido el país. Con el tiempo ésta, se iría transformando en el motor del proceso de industrialización y crecimiento económico con justicia social que caracterizó el período. Necesitábamos solucionar el problema del estancamiento dinámico de la Argentina y para ello se recuperó el pensamiento estratégico del Gral. Perón. El hecho político que signa la reconstrucción científica y tecnológica nacional es la creación del Ministerio Nacional de Ciencia y Tecnología durante la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner en el 2007, una de las tareas que marca Perón en el Modelo Argentino:

“La indispensable organización de este ámbito debe contar con un ente con máximo nivel de decisión, tal vez, un Ministerio de Ciencia y Tecnología como control de conducción del sistema así como una total unidad de inteligencia y control nacional que oriente y regule la oferta y la demanda de conocimientos científicos-tecnológicos con cabal especificidad y sirva como fuente de información especializada” J. D. Perón, 1974.

Sobre la creación del MINCyT y la política científico-tecnológica durante el período, Cristina, en su libro “Sinceramente” señala:
“La creación de ese Ministerio se vinculaba a algo muy mío: siempre sostuve que el primer paso para modificar la matriz económica era consolidar el mercado interno, para en un segundo momento generar el círculo virtuoso con la ciencia y la tecnología. Con tecnología e innovación, convertimos al país en una plataforma de exportación de mucho valor agregado; por eso impulsamos el desarrollo de la nanotecnología, de los satélites ARSAT 1 y 2 en conjunto con el INVAP, (…) el programa raíces para repatriar científicos argentinos que habían emigrado por falta de oportunidades en nuestro país -habiendo retomado para el 2014 más de mil-; la enorme inversión en energía nuclear que logramos coronar con la inauguración de la Central Néstor Kirchner Atucha II. En síntesis: todo lo que se está destruyendo desde que Mauricio Macri asumiera como presidente, promoviendo un retroceso muy grande y que se agudizó en septiembre de 2018 con la degradación del Ministerio de Ciencia y Tecnología a Secretaria bajo la órbita del Ministerio de Educación.” (Cristina Fernández de Kirchner, 2019).

De vuelta a los poderes fácticos: el macrismo y la destrucción de la ciencia y la tecnología (2015-2019)

Se promovió una lógica científica que tal y como a la que caracterizó al período 1955-2003 estuvo signada por la alineación a estándares internacionales, la producción de ciencia aislada de la realidad socioeconómica del país. Se desfinanció el sector y se redujo su rango a secretaria, se despidieron científicxs y hubo una reducción atroz de becas, al tiempo que, las que siguieron vigentes reprodujeron la lógica mercantil y meritocrática sobre temáticas desituadas de aquellas agendas globales de estudio. La política energética se transformó en el destino de los negocios financieros internacionales y la consolidación de la posición geopolítica asignada a un país semiperiférico, que beneficiaría a Macri y sus amigos mediante la cartelización de Edesur y Edenor, la estafa, la concentración económica, la evasión fiscal y la fuga. Con el Plan Renovar se alinearon a la “revolución verde” promovida por los organismos internacionales hegemónicos. Se declaró el “año de las energías renovables” y se fomentó la importación ciega de estas tecnologías mediante la compra de proyectos llave en mano. Lejos de promover una diversificación de la matriz energética y una reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, se interrumpieron los contratos estratégicos, que sí tenían ese fin, con empresas chinas para la construcción de las centrales hidroeléctricas Kirchner-Cepernic y de ATUCHA IV y V para la producción eléctrica nuclear. Se promovió otra vez y como una figurita repetida de la privatización del Nahuelsat[3] en los ‘90, la extranjerización del espacio exterior que benefició al Grupo Clarín. En 2017 nos enteramos que ARSAT firmaba un pre-acuerdo con la empresa norteamericana Hughes, para la creación de una nueva empresa, controlada por esta última con el 51 por ciento de las acciones, que se encargaría de fabricar el Arsat-3 y brindar servicios de banda ancha satelital sobre el territorio nacional, tirando por la borda años de desarrollo tecnológico nacional.

El gobierno de Cambiemos dejó un sector científico y tecnológico desfinanciado, con sus instituciones degradadas y con la desmantelación de todos los proyectos tecnológicos estratégicos.

Recuperación nacional, pandemia y los desafíos científico-tecnológicos de un mundo en transformación

Desde diciembre de 2019 nos encontramos con un gobierno que bajo la conducción de Alberto y Cristina, vuelve a consolidar la ciencia y a tecnología como instrumento clave del desarrollo nacional.

La pandemia y la crisis sanitaria han resignificado el valor que tiene la ciencia y la tecnología para el bienestar del pueblo argentino. Nos encontramos con un Ministerio que vuelve a su categoría original y es capaz de reorganizar las capacidades nacionales adquiridas durante el período 2003-2015 y redirigirlas a la solución de las problemáticas nacionales, inmediatas y estratégicas. En estos 7 meses de gobierno, con una crisis de deuda, sumada a la recesión económica global ocasionada por la pandemia y las múltiples crisis que ésta ha generado (financiera-sanitaria-ambiental-comercial), nuestro país ha logrado modificar la lógica de alineación a los parámetros internacionales de ciencia y tecnología, reasignó recursos al sector, logramos fabricar nacionalmente el “Kit Covid” que permite la detección rápida del virus, hemos lanzado la Unidad Covid-19 conformada por el MINCyT el CONICET y la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Tecnológico y la Innovación. Al mismo tiempo lanzamos un satélite al espacio fabricado por INVAP y relanzamos el proyecto Pampa Azul, tenemos grupos de científicxs de primera línea abocados a la fabricación de una vacuna contra el covid-19, entre otras medidas.

El mundo se encuentra en un momento bisagra, en el sistema internacional acontecen disputas y transformaciones que debemos estudiar con detenimiento para comprender el escenario en el que nuestro país se plantea una política científica y tecnológica autónoma. Limitando mucho el análisis, y a los fines prácticos de esta reflexión, creo que debemos prestarle detallada atención a dos transformaciones donde se juega la soberanía científica y tecnológica nacional.

Por un lado, la interrupción de las cadenas globales de valor, consecuencia de las restricciones por el coronavirus, nos plantea un escenario donde el crecimiento de la economía global estará supeditado a cuánta más especulación mediante negocios financieros puedan realizar las corporaciones en los países de la periferia para extraer sus recursos. En ese sentido, la transformación de la matriz energética a nivel global nos somete a una encrucijada: la “revolución verde” promovida por el mainstream global obedece a las mismas lógicas geopolíticas que hemos mencionado a lo largo de la nota, y en la actualidad, esa “revolución”, está acompañada de una infinidad de negocios financieros como los del Plan Renovar. Cabe mencionar que al pensar en la transición energética no se trata, como se plantea desde los centros de estudios globales, de energías renovables vs. energía nuclear, ni siquiera se trata de una lucha contra los hidrocarburos. Nuestra política energética debe buscar la maximización de las capacidades locales, acompañada de una política industrial, científica, tecnológica y académica abocada a tal fin y que, en armonía con una visión sustentable de la utilización de los recursos, garantice seguridad y eficiencia energética a la totalidad de la población argentina.

Por último, frente a la carrera científico y tecnológica por las nuevas tecnologías de comunicación, la cibernética, el ciberespacio, la robótica, la inteligencia artificial y el famoso 5G, no debemos dejarnos llevar por el mainstream global que nos plantea que esas fronteras tecnologías globales y generales son las que debe perseguir nuestro país y los países de la periferia. Muy por el contrario, debemos realizar un riguroso análisis de la trama productiva e industrial, científica y tecnológica argentina que nos permita identificar las capacidades nacionales, cómo potenciarlas, y si es posible desarrollar esas tecnologías localmente, o bien, dónde y cómo pueden ser asimiladas. Nuestra ciencia y tecnología debe abocarse a fronteras tecnológicas locales, hacia objetivos concretos, que tengan por fin garantizar la felicidad del pueblo y la grandeza nacional.

Por Agustina Sánchez. Relaciones Internacionales (UNLa) y Secretaria de Proyectos de Investigación del CENAC.

Fuente: CENAC

 

[1] Actualmente nuestro país cuenta con tres reactores de potencia generando electricidad limpia, barata y segura: Central J.D. Perón, ex Atucha I, Central Néstor Kirchner, ex Atucha II y Central Embalse. Además, desde 2011, estamos desarrollando el CAREM 25 un reactor de potencia baja, tecnología de punta en la producción de nucleoelectricidad. Argentina se encuentra entre los privilegiados 9 países que están desarrollando esta tecnología.

[2] Argentina cuenta con 10 reactores de investigación. Somos referentes internacionales en la fabricación de esta tecnología y hemos exportado reactores a países como Perú, Argelia, Egipto, Australia y Holanda. Actualmente nos encontramos desarrollando el RA10 un reactor de investigación multipropósito que, junto con su homólogo brasileño, será capaz de abastecer el mercado regional de radioisótopos.

[3] Nahuelsat, creada en 1994, es la primera empresa de comunicaciones satelitales de capitales extranjeros con base en Argentina. Es uno de los mejores ejemplos del proceso de privatización, extranjerización y desregulación de un sector sumamente estratégico que signó la política neoliberal y subordinada de los gobiernos de Carlos Menem (1989-1999) y Fernando de la Rúa (1999-2001).

Bibliografía utilizada

Hurtado, Diego (2014) “El sueño de la Argentina atómica: política, tecnología nuclear y desarrollo nacional 1945-2006” Buenos Aires. Ed.Edhasa

Fernandez Cristina (2019) “Sinceramente” Ed. Sudamérica.

Perón, JD (1974) “Modelo Argentino para el proyecto nacional”

Herrera, Amilcar (2015) “Ciencia y política en América Latina” Ed. Biblioteca Nacional

Sabato J. y Mackenzie M. (1982) “La producción de tecnología: autónoma o transnacional”. Ed. Nueva Imagen

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