Gatica, José María “el Mono”

JOSÉ MARÍA GATICA (“EL MONO”) – (1925 – 1963)

Nace en Villa Mercedes (San Luis), el 25 de mayo de 1925. Hijo de doña Tomasa y José Gatica, y hermano de Luis Amílcar, Fermina, Jesús y Flora.

La primera parte de su infancia transcurrió en su ciudad natal, donde los Gatica disfrutaban de un buen pasar hasta que sufrieron un siniestro en el kiosco de la estación local, propiedad de la familia. Su padre intentó empezar de nuevo, sin suerte. Entonces su madre decidió marcharse a Buenos Aires junto a José y sus dos hermanas.

En la gran ciudad el joven puntano encontrará una tabla de salvación en el boxeo. Compelido por la difícil situación económica (plena “década infame”) dejó de concurrir a la escuela para emplearse en diversos oficios. Además de vender pastillas en Plaza Constitución, lustró zapatos en el bar “El Ancla”. Cerca de allí estaba la Misión Inglesa, una institución creada para que los marineros de esa nacionalidad pudieran desarrollar actividades de diverso tipo. Entre otras cosas se practicaba boxeo; allí Gatica ganó sus primeros pesos peleando. Era apenas un adolescente y ya empezaba a mostrar sus condiciones sobre el ring. En 1942, ya volcado plenamente a ese rudo deporte, pierde la final con Alfredo Carlomagno en el campeonato sudamericano de Ecuador. Un año más tarde vuelve a competir en el mismo certamen representando a San Luis en la categoría pluma. Y en 1944 se clasifica campeón pluma en el campeonato Guantes de Oro. Así culminaba, brillantemente, su trayectoria como púgil amateur.

La primera pelea de Gatica en el campo profesional fue el 7 de diciembre de 1945 ante Leopoldo Mayorano; ganó por nocaut en la primera vuelta. En total, a lo largo de su carrera, realizó más de noventa combates: ganó ochenta y cinco (setenta y dos por la vía rápida), perdió siete y empató uno. El restante fue sin decisión.

En diciembre de 1947, luego de tres meses de noviazgo, se casa con Ema Fernández, acomodadora del circo Shangri-La. Allí la conoció José María, que acudía los lunes a los festivales organizados por el partido peronista. Tuvieron una hija, María Eva. Su segunda compañera fue Ema Guercio. Con ella transitaría su época de mayor esplendor sobre el cuadrilátero. La última fue Rita Armelino. Se conocieron en el Club Atenas de La Plata, cuando estaba entrenando para volver a combatir (después de 1955 se le había retirado la licencia como púgil). Fruto de esta unión nacieron Viviana y Patricia.

La gran oportunidad de su carrera la tuvo Gatica el 5 de enero de 1951 al combatir con el norteamericano Ike Williams por el título mundial de los livianos. Derrotado en el primer asalto constituyó una de las grandes decepciones en la historia del deporte argentino. El escaso entrenamiento realizado para dicha pelea conspiró contra sus posibilidades. Tal vez, este punto fue una de sus mayores deficiencias como profesional.

Gatica noqueando en Chile a Mario Salinas

Pero José María Gatica está sin lugar a dudas en la vereda de los ídolos populares. Lo seguían verdaderas multitudes. Catalizador de lo que la tribuna popular quería ver sobre el cuadrilátero, llegó a convocar a más de veinticinco mil personas, dejando otras cinco mil en las adyacencias del Luna Park. Fue el único boxeador que colmó este estadio en día miércoles.

Generoso como pocos, dio a manos llenas sin reparar en el perjuicio que esto ocasionaría para su economía futura. Sus beneficiaros eran los humildes, el hombre que vendía diarios o el que lustraba zapatos. Alfredo Carlino (poeta y ex boxeador) sostiene que José María era un símbolo para la gente del interior llegada a Buenos Aires en busca de un mejor destino. “La gente iba a ver ganar a Gatica. Ganando Gatica ganaban ellos”.

Gatica era la expresión del pueblo en una época de polarización política extrema. En torno al cuadrilátero surgieron los más profundos enconos. Ver pelear al “Mono” significaba dividir al Luna Park en peronistas y antiperonistas, en descamisados y “contreras”. Símbolo de lo que ocurría fuera del ring, la afición tomaba partido a favor o en contra de lo que él representaba. Y José María no era indiferente a ello.

En el libro “El mono Gatica y yo”, de Jorge Montes, Samuel Emilio Palanike cuenta cómo su amigo se paraba antes de una pelea en las cercanías del Luna Park para repartir entradas a la gente de condición humilde. “- A todos los que andan en camisa el señor Gatica les obsequia una entrada. Los de saco son oligarcas y por lo tanto no la necesitan. Dicho lo cual repartía el talonario entre los descamisados”.

Tras la caída del gobierno popular José María Gatica comienza la curva descendente de su carrera. Se le irían cerrando las puertas, fundamentalmente, por su adscripción peronista. “Su último combate fue frente a Jesús Andreoli, una fría noche del 6 de julio de 1956 en el Lomas Park, un ya desaparecido gimnasio de la calle Oliden, de la ciudad de Lomas de Zamora, en la provincia de Buenos Aires. Luego de vencer a su rival por nocaut técnico en el cuarto round, fue detenido inmediatamente por la Policía que lo estaba esperando, porque su sola presencia significaba un grito de resistencia peronista” (Víctor Lupo).

Para poder subsistir intervino en exhibiciones de catch o en veladas pugilísticas de escasa categoría, enfrentando a tres o cuatro contrincantes por noche. También tuvo que desempeñarse en distintos oficios. Fue profesor de educación física del Centro Deportivo Nº 2 de La Plata. A su vez trabajó en dos restaurantes, donde su sola presencia era la atracción principal.

A la salida del partido en que su equipo, Independiente de Avellaneda, venció a River Plate por 2 a 1, José María Gatica no pudo hacer pie en el estribo del colectivo de la línea 295 y fue aplastado por las ruedas traseras. Murió a los dos días, a los treinta y ocho años. Era el 10 de noviembre de 1963. Tal vez para muchos José María Gatica ya había muerto antes. Pero la realidad indicó que para el pueblo el “Mono” seguía existiendo. “La noticia del fallecimiento traspuso en contados segundos los muros de la sala y las verjas del hospital. Empezó a llegar gente de todas las barriadas del suburbio, sobre todo de Avellaneda (…) El público que durante la noche había estado esperando frente al hospital Rawson, fue arribando al local del velatorio, agregándose paulatinamente más gente, casi toda ella de las ciudades y pueblos suburbanos. Al promediar la mañana, el local ya estaba colmado y muchas personas ocupaban las tribunas del estadio. El silencio era total. Había lágrimas en muchos ojos: y también estupor” (Del diario Crónica).

El camino hacia su destino último difícilmente encuentre precedentes. Una multitud acompañó los restos del boxeador. La peregrinación hasta el cementerio de Avellaneda se prolongó durante más de siete horas. La gente que lo fue a despedir obligó al chofer a detener la marcha para que en adelante fuera movilizado a pie. A su paso, decenas de personas se sumaban a la caravana; al anochecer el cementerio era un río de antorchas iluminando las calles que circundaban el lugar.

Después de 1955 a José María Gatica se le fueron cerrando todas las puertas. No tuvo el reconocimiento que merecía. Le hicieron pagar el precio de estar identificado con un gobierno popular. El periodismo, cuando no lo evocó para señalar su pobreza material, o para hacer sociología barata con su figura, lo sumió en el olvido más injusto. Sin embargo, en el corazón de millones, persistió aquella vinculación que sólo puede gozar un ídolo auténtico con su pueblo, que siempre le mostró su agradecimiento por ser la expresión deportiva de un proyecto colectivo. Como cuando en aquel anochecer de 1963 su gente lo despidió de la única forma en que lo podía hacer; entonando la marcha peronista.

Fuente: OSVALDO JARA – LOS MALDITOS – VOLUMEN III – PÁGINA 88. Ediciones Madres de Plaza de Mayo