Scalabrini Ortiz, Raúl

RAÚL SCALABRINI ORTIZ (1898 – 1959)

Nació en la Prov. de Corrientes, el 14 de febrero de 1898. (…) Después de haber recibido la educación tradicional, Scalabrini comenzó a frecuentar el arrabal y la noche de Bs. As., donde creció en él un marcado interés por entender a “una sociedad, en medio de la Gran Guerra, donde convivían los porteños con los tanos y los gallegos, en una mezcla muy difícil de definir, pero por demás atrayente…” (…)

La revolución rusa de octubre de 1917 hizo que tomara conciencia de la opresión que padecía el pueblo ruso y esto lo acercó a la izquierda. Comenzó a leer a autores fundamentales como Marx y Engels, a Lenin y Plejanov, y participó políticamente en la formación de un grupo universitario “Insurrexit”, en 1919. (…) Años más tarde dirá: “Esa práctica del comunismo dejó en mí una huella tan honda que mi espíritu parece un par de brazos fraternales (…) El conocimiento de los autores de izquierda dejó grabada en mí la importancia que los sucesos económicos tienen en los procesos históricos…” (…)

1924 fue una fecha clave para Scalabrini porque logró su tan anhelado viaje a Europa: “El tan soñado viaje a París fue la muerte de una ilusión (…) Yo llevaba una estima reverente. Conjeturaba que los europeos eran, con relación a sus obras, lo mismo que nosotros en relación a las nuestras: infinitamente superiores a sus realizaciones. Me equivoqué. Di con técnicos. Técnicos de saborear, técnicos de la escritura, técnicos del querer (…) El labriego es el mejor labriego (…) Pero no sentí en ellos ese afán de determinar inhallables solicitudes que había sentido palpitar en la entraña joven de mi tierra (…) En Europa, se produjo el mágico trueque de escalafones; comprendí que nosotros éramos más fértiles y posibles, porque estábamos más cerca de lo elemental…” Fue así como Scalabrini rompió con la alienación en lo europeo que sufrían casi todos los intelectuales de la época. (…)

Sus viajes, dentro y fuera del país, más su cercanía al “marginal” Macedonio Fernández, lo hacen recapacitar acerca de ese mundillo de celebridades fabricado por los grandes poderes dominantes. Su pensamiento se tornaba cada vez más “peligroso” en tanto descubría con tristeza que los intelectuales, a los que alguna vez admiró, no tenían luz propia, sino que brillaban alumbrados sólo por el aplauso o la condecoración oficial, como si fuera un soborno.

En 1927 escribía: “Nuestra mayor tristeza proviene de no saber quienes somos. Hablamos en castellano, pensamos en inglés, gustamos en francés, amamos en ruso, nos apasionamos en italiano (…) vivimos de prestado abrumados por los preceptos de estéticas y éticas lejanas. Recién hemos dado en saber que la primavera nos llega en septiembre y no en abril…”.  (…)

En 1930, había alcanzado el más alto rango al que podía acceder con su pluma, el de redactor de “La Nación”, cargo al que renunció para dedicarse de lleno a defender los intereses generales del pueblo. En plena Década Infame, escribía artículos desde “Noticias Gráficas”, y preparaba su ensayo sobre los porteños, que aparece como “El hombre que está solo y espera”, en 1931. (…) El libro obtuvo un merecido reconocimiento, pero esto no impidió a Scalabrini, en ese terrible año, observar el triste panorama social: “…el puerto con sus tugurios de lata y cartón, cafishios en la calle Corrientes, milonguitas buscando clientes en la noche porteña, malandrines, cafés con rostros sombríos, colas de desocupados en las fábricas, ollas populares, mendigos suicidios… en el hasta ayer Granero del mundo…”.

En sus desvelos, se planteaba: ¿Cuál es la causa de semejante desastre? ¿Qué ocurrió en nuestro país para llegar a este punto? Y allí encontró la respuesta: Lo que había ocurrido, no había pasado, lamentablemente, en nuestro país: Era necesario comprender que éramos una semi-colonia, y que dependíamos, tristemente, de los capitales ingleses. La condición de subordinado, de humillado no lo dejará descansar; y se abocará, sin reparar en fatiga, a la tarea de comprender cómo había sido en realidad nuestra historia político-económica.

Pronto se convenció de que el pensamiento de la Argentina oficial constituía una mentira descomunal cuyo objeto era adormecer toda rebeldía posible, se convenció de que todo lo que lo rodeaba era falso e irreal: Falsa la historia que le enseñaron, falsas las creencias económicas, falsas las perspectivas mundiales que se vendían, y sobre todo, falsa la libertad que se preconizaba, en todos los sentidos. Para 1933, después de haber investigado en cuanto archivo lo dejaron indagar, llegó a la triste conclusión: “Verifiqué con asombro inenarrable que todos los órdenes de la economía argentina obedecían a directivas extranjeras, sobre todo inglesas (…) Ferrocarriles, tranvías, teléfonos, y por lo menos el 50 por ciento de capital de los establecimientos industriales y comerciales era de propiedad extranjera, en su mayor parte, inglesa (…) Esto explicaba por qué en un pueblo exportador de materias primas podías haber hambre: al nacer el trigo y el ternero, ya no eran de quien lo sembró o lo crió, sino del acreedor hipotecario, del prestamista que adelantó los fondos del banquero que dio un Empréstito al Estado… de cualquiera, menos de él”. El panorama que se le presentaba era aterrador: sabía perfectamente que si quería seguir adelante en su cruzada, tendría a todos en contra; al periodismo, a la oligarquía con los distintos resortes que la sostenían, al ámbito universitario…Pero optó por el sacrificio, sabiendo que debía renunciar a todo lo que el imperialismo inglés podría corromper. (…)

En 1933, desde el periódico “Ultima Hora”, Scalabrini denunció el Tratado Roca-Runciman, la creación del Banco Central Mixto y la Coordinación de Transportes…(…) dejó la lucha desde las letras y participó activamente en la conspiración que estaban armando los militares Bosh y Pomar, que se imponían impedir la entrega descarada del país que estaba legitimando el presidente Justo. (…) Los levantamientos fueron sofocados (…)

El 23 de enero de 1934, Scalabrini esposado, acompañado por un oficial, celebró su matrimonio (…) Pocos días después, se embarcó rumbo al exilio… Recién a fines de 1934, el gobierno de Justo permitió el regreso de los exiliados. (…)

Por entonces, conoce a Arturo Jauretche, y se vincula también con otros luchadores que compartieron sus ideales nacionales, entre ellos, Manuel Ortiz Pereyra, Amable Gutiérrez Diez y José Gabriel. (…) “…fuimos nazis, anarquistas, comunistas, agentes del oro yanqui, del oro alemán, del oro ruso, y hasta del oro inglés. Después nos cubrieron con el silencio y creyeron que esa era una mortaja suficiente y definitiva (…) Colaboré anónimamente con todos los parlamentarios que me quisieron escuchar y utilizar mis conocimientos (…) preferí hacer eso, a no hacer, pero seguir siendo fiel (…) proporcioné informes a varios legisladores opositores, y hasta escribí más de un alegato…”. “A veces creí estar viviendo una horrenda pesadilla. El país se hundía en el fango y no había luz alguna en el horizonte”. Jauretche recordará: “Yo he visto a Scalabrini más débil que el Quijote, (…) pero las verdades que surgían de aquella vigilia lo robustecían…” (…)…fue testigo de aquel 17 de octubre de 1945: “…aquel día yo vi el rostro de la historia en toda su esplendorosa plenitud…”

El 13 de febrero de 1947, vio realizado su sueño cuando se firmó el acuerdo por la nacionalización de los ferrocarriles. En marzo de 1948 cuando el Estado tomó posesión, estuvo en la ceremonia en Retiro: “estábamos allí (…) éramos tres gotas de agua en el mar de un millón de ciudadanos…”.

Scalabrini no aceptó ningún cargo público, porque sabía que era, en cierta manera, poner precio a su libertad de pensamiento.

Después del golpe del ’55 que derrocó a Perón, combatió desde “El Líder”, junto a Jauretche, el regreso de la oligarquía. El 31 de diciembre este diario fue clausurado. (…) Para enero de 1956 decía: “…me quedé sin tener un solo lugar donde escribir. Ya no se oyen voces disonantes. La paz de los sepulcros reina sobre la Argentina…”

Proscripto el peronismo, vencido el intento del general Valle, Scalabrini no veía ninguna salida. Por consejo de su amigo Jauretche, aceptó participar en la revista “Qué, sucedió en siete días”, apoyando a Frondizi. Allí se desempeñó primero como colaborador y luego como director. Pero la desilusión lo invadió cuando Frigerio y Frondizi no cumplieron sus expectativas.

Cuando renunció ya estaba enfermo. Para 1959 su enfermedad no dejó de acosarlo; sabía que padecía cáncer, y tras una metástasis en su cerebro, luego de una lenta agonía, falleció el 30 de mayo de 1959 (…)

Desde Europa, Jauretche escribía: “Estoy desolado…Raúl es un capítulo de la historia argentina y yo tengo mucho que agradecerle…Se va a ir triste porque los triunfadores lo eclipsaron sin respetarlo en lo que valía como hombre y como símbolo, pero ya está en la historia del país, una historia secreta casi…pero que significará mucho con el transcurso del tiempo…”.

Fuente: CRISTINA PIANTANIDA – LOS MALDITOS – Vol. II – Pág. 354. Ed. Madres Plaza de Mayo


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