Saá, Juan

JUAN SAÁ (1819-1884)

Nace en San Luis, el 20 de mayo de 1819. Cursa estudios en la provincia y luego se incorpora a las luchas militares.
En 1855, es teniente coronel de las fuerzas provinciales. En 1859, se suma a las fuerzas de la Confederación enfrentadas a la segregada Buenos Aires. Participa en la batalla de Cepeda, donde se destaca en la persecución de las fuerzas de Mitre.

El 25 de febrero de 1860 es designado gobernador de la provincia de San Luis. Nombra ministro de gobierno al Dr. Carlos Juan Rodríguez. En noviembre de ese año, producida la insurrección liberal que dirige Antonino Aberastain en San Juan que derroca y asesina al gobernador Virasoro, el presidente Derqui designa a Saá, en el cargo de interventor, para restablecer el orden. El 11 de enero de 1861, Saá derrota a los insurrectos en la “Rinconada del Pocito”. Mientras él se dirige a la Capital, Aberastain queda preso bajo custodia del comandante Clavero. Poco después, Saá se informa que ante la sublevación de Aberastain, Clavero decide fusilarlo, sin sumario previo, junto a los demás presos sublevados. Cutolo señala que algunos autores sostienen que en su informe sobre lo sucedido, Saá le escribe al Presidente que “Aberastain ha sido ejecutado a lanza seca” y que de allí provendría el apodo –“Lanza Seca”- con el cual se lo conocerá posteriormente, aunque considera que esto no se halla debidamente fundamentado.

Convertido en uno de los principales jefes de la Confederación, Saá participa, poco después, en la batalla de Pavón, donde vuelven a enfrenarse la Confederación y Buenos Aires. Allí juega un rol destacado, pero Urquiza se va al galope de los campos de Pavón, dejándole a Mitre el camino libre hacia el poder. El presidente Derqui juega su última carta designándole a Saá como jefe del ejército de las columnas centrales de la Confederación, pero ya todo está perdido. Años después, Alberdi se refiere a Saá como “el verdadero vencedor de Pavón”.

Pocas semanas más tarde, mientras Mitre se encarama al poder, “Lanza Seca” se exilia en Chile. Sin embargo, desde allí pasa a la Banda Oriental, poniéndose a las órdenes del presidente Berro, del Partido Blanco. Esta actitud no debe llamar la atención pues para Saá, como para Varela, las fronteras de las “patrias chicas” carecen de importancia frente a la gran causa común hispanoamericana.

Allí, enfrenta a Venancio Flores, expresión del partido colorado oriental en estrecha vinculación con Mitre. Poco tiempo después, junto a su hermano –Felipe Saá- participa de la “revolución de los colorados”, que estalla en Cuyo bajo la dirección de Carlos Juan Rodríguez y otros jefes montoneros, entre ellos Felipe Varela, creando una difícil situación al gobierno de Mitre. Sarmiento escribe exasperado: “… Felipe Varela, Juan Saá, Solano López… son las fuerzas íntimas del alma de la vieja América”.

Pero las fuerzas mitristas, mucho mejor pertrechadas, sofocan el levantamiento. Saá y sus compañeros vuelven a exiliarse en Chile.

En 1877, se presenta un petitorio, con 6000 firmas, para la rehabilitación militar de Saá, pero es denegada por el Congreso. Saá lleva ya diez años de exilio. En 1880, después de trece años, regresa a la Argentina e intenta nuevamente que se le vuelva a asignar su grado militar, pero otra vez el Congreso Nacional se manifiesta negativamente.

Reside un tiempo en San Luis, pero, el 6 de julio de 1884, hallándose en Villa María, localidad de Córdoba, fallece repentinamente.

Cutolo señala que “la figura del General Saá ha sido calumniada sistemáticamente, considerándosele un personaje nefasto, ominoso, carente de todo sentimiento humano, cuya acción –se dijo- estuvo permanentemente al servicio de la barbarie”. Por supuesto, ¿qué otra cosa podría decir la historia mitrista de un hombre que fue enemigo acérrimo de Mitre, contra el cual luchó en defensa del federalismo provinciano? Pero hay algo aún más grave que esos dicterios: el silenciamiento, el ocultamiento de su figura porque si los estudiantes no saben siquiera que existió, es menor aún la posibilidad de que intenten investigar la verdad y concluyan reivindicándolo.

Cutolo señala que José María Tissera, en sus memorias, lo juzga “poseedor de una caballerosidad, valentía y hombría de bien, de indiscutibles méritos y cuya acción fue realmente merecedora de toda consideración”. Otro historiador señala “Era un tipo activo, valiente, generoso y nobilísimo, quizás su bondad era su defecto… A ninguno de los tres hermanos Saá, jamás nadie les atribuyó acciones canallescas”.

Como se aprecia, se trata de “un maldito”, una víctima más del control que la clase dominante ejerce sobre la Historia que se enseña en los diversos niveles de la enseñanza, difundida, además a través de los medios de comunicación y la nomenclatura de calles y plazas.

Fuente: N. GALASSO – LOS MALDITOS – Vol. II – Pág. 230 – Ed. Madres Plaza de Mayo