Moreno, Mariano

MARIANO MORENO (1778 – 1811)

Como se ha señalado, la maquinaria de difusión de las ideas manejada por la clase dominante silencia, omite o “maldice” a todos aquellos cuyas ideas ponen en cuestionamiento a la ideología que quiere hacer prevalecer. Pero ocurre, a veces, que el personaje es de tanta trascendencia que resulta imposible expurgarlo de la historia. En ese caso, se procede a vaciarlo de contenido, a deformar su imagen y trayectoria, en fin, a reemplazarlo por un sosías creado al efecto, pero a favor de los intereses dominantes. Así ocurre con Mariano Moreno.

La imagen que tradicionalmente ha difundido la escuela, con la apoyatura de la revista Billiken, es la siguiente: se trata de un joven enérgico, no en razón de sus ideas, sino del propio arrebato de los años mozos, que se convierte, en el proceso revolucionario, en la contracara de Saavedra, partidario de la moderación, tampoco en razón de sus ideas, sino dada la mayor experiencia que otorgan los años. El entredicho sería simplemente “generacional” y desde este punto de vista, Moreno resulta algo más simpático que el Jefe de Patricios, pero una simpatía leve, por supuesto, incapaz de generar rebeldías o sueños peligrosos. La fábula continúa señalando que este joven ardoroso fue un gran periodista y por haber fundado La Gazeta, merece unas flores en su monumento de Plaza Lorea, al conmemorarse el día del periodista. Asimismo, era altamente democrático y además, muy educado, incapaz de usar palabras groseras en su correspondencia. Su más importante ensayo sería un documento reclamando el comercio libre, conocido popularmente como “La representación de los hacendados” –programa de la Revolución de Mayo según esta versión-, lo que permite alinearlo ideológicamente, como al resto de la Junta, en posición favorable al liberalismo económico. Por otra parte, como abogado defendió intereses de comerciantes británicos, lo cual resulta razonable en alguien que odia a todo lo español –según dicha versión- y entiende al Imperio Británico como la mayor expresión del progreso en el mundo. Por esta razón –después de su renuncia como secretario de la Junta- el gobierno le confió a una misión a Londres, pero desgraciadamente enfermó en el viaje y murió en alta mar. Al conocer la noticia, Saavedra habría dicho: “Se necesitaba tanta agua, para apagar tanto fuego”. Pero, esta desgracia sería superada con la aparición, poco tiempo después, del continuador de su ideario: Bernardino Rivadavia.

La iconografía publicada por la revista Billiken se corresponde con esta descripción: un rostro redondo y plácido, con ojos soñadores y una especie de jopo amansado sobre la frente, rasgos propios de un pequeño burgués decente, de buenas costumbres y servidor del orden constituido. Los niños, emulando a este Moreno, seguramente podrán ser asesores de empresas extranjeras o legisladores “progresistas”, capaces de preservar el orden y los valores dominantes, de modo que el país adquiera prestigio en el mundo occidental y cristiano.

Sin embargo, con el transcurso del tiempo, esta imagen –ideológica y plástica- fue controvertida por datos provenientes de diverso origen. Poco a poco, la verdad se fue abriendo camino y el verdadero Moreno apareció. No era revolucionario sólo por ser joven sino por haber estudiado a los enciclopedistas franceses y a los teóricos de la revolución democrática española de 1808, así como Saavedra no era reaccionario en razón de su edad, sino por los intereses a los cuales estaba ligado. Mariano no era tampoco un periodista ingenuo, cultor de una inexistente libertad de prensa, sino que aconsejaba a la Junta editar pocas Gazetas cuando había noticias de derrotas y en cambio, aumentar notablemente el número cuando era posible difundir victorias. Tampoco era un creyente en la democracia formal, por lo cual metió a los jueces de la Audiencia en un barco junto con el virrey Cisneros y los desterró a las Canarias y luego, al enterarse de que los cabildantes también conspiraban, propuso ejecutarlos. La democracia verdadera residía –para él- en el gobierno de las mayorías populares ansiosas de una revolución, lo cual justificaba eliminar a la Audiencia y al Cabildo. Tampoco cultivaba un lenguaje educado y prudente pues a Chiclana le escribe, respecto a la decisión de Ortiz de Ocampo de no cumplir las instrucciones que mandaban fusilar a Liniers: “… pillaron nuestros hombres a los malvados, pero respetaron sus galones y cagándose en las estrechísimas órdenes de la Junta, nos los remiten presos a esta ciudad” (17/8/1810). Tampoco era antiespañol –no podía serlo perteneciendo a una familia española- sino que luchaba contra los españoles absolutistas, que no es lo mismo, ni era probritánico pues consideraba a “Inglaterra una de las más intrigantes por los respetos del señoría de los mares y dirigirse siempre todas sus relaciones bajo el principio de la extensión de miras mercantiles, cuya ambición nunca ha podido disimular su carácter… A la Corte de Inglaterra le interesa que la América o parte de ella, se desuna o divida de España y forme por sí una sociedad separada donde Inglaterra…pueda extender más sus miras mercantiles y ser la única por el señorío de los mares”. Asimismo, advertía sobre el peligro de que ocurriese con América lo que ya ocurría con Portugal: “el abatimiento en que Inglaterra lo tiene por causa de su alianza” y que…respecto a Brasil, “lo extenúe de tal suerte (a Portugal) que las colonias americanas se conviertan en inglesas algún día”. Tampoco es partidario del liberalismo económico, pues sostenía: “Desde el gobierno del último virrey se han arruinado y destruido todos los canales de la felicidad pública por la concesión de la franquicia del comercio libre con los ingleses, el que ha ocasionado muchos quebrantos y perjuicios”. Y agregaba: “Deben evitarse aquellas manufacturas que siendo como un vicio corrompido, son de un lujo excesivo e inútil, que deben evitarse principalmente porque son extranjeras y se venden a más oro de lo que pesan”. Con respecto a su muerte, existen fuertes indicios de que no falleció de muerte natural sino que fue envenenado por el capitán del barco quien le suministró un medicamento en dosis excesiva que le resultó letal (su esposa había recibido, poco antes, un abanico de luto, un velo y un par de mitones negros. Conocido su embarque, el padre Azcurra proclama, como un triunfo: “Ya está embarcado y va a morir”. En Buenos Aires circula la versión, al conocerse su muerte, de que ha sido envenenado).

Con respecto a la opinión de Saavedra, no sólo lo consideraba “fuego” sino que lo califica como “Demonio del Infierno” –carta a Chiclana, del 15/1/1811- y se refiere a “las ideas sanguinarias del morenismo”. Finalmente, también en la iconografía se ha producido una deformación: el retrato de Moreno, obra del artista Juan de Dios Rivera, en el Alto Perú, lo muestra con cara angulosa, mejillas picadas de viruela y ojos amenazantes, es decir, un perfil de revolucionario que se corresponde con la imagen de quien regresaba a su casa, por las noches, con dos pistolas al cinto y no con la efigie plácidamente burguesa que se oficializó.

Este vaciamiento de Moreno se ha llevado a cabo omitiendo hechos, ignorando, por ejemplo, la correspondencia con Belgrano y fraguando un novelón sentimental sobre una vida jugada heroicamente por su patria. Pero, en especial, intenta sustentarse en el no reconocimiento del Plan de Operaciones que es, en verdad, el programa revolucionario de Mayo (y no la representación de los Hacendados).

Este plan formula, en lo político, la necesidad de liquidar toda influencia absolutista reprimiendo severamente a los enemigos del pueblo, posición que coincide con el fusilamiento de Liniers, decidido por Moreno y con el ajusticiamiento de los generales Nieto, Paula Sanz y Córdoba, en el Alto Perú, aplicado por Castelli, cumpliendo las Instrucciones de Moreno. Además, considera imprescindible actuar severamente contra los opositores a la Revolución, aplicando destierros y expropiaciones contra los mismos, medidas que se toman contra potentados monárquicos como Beláustegui, Arroyo y Pinedo, Noguet, Pablo Villariño, el alzaguista Olaguer Reynals y otros. Asimismo, considera necesario ampliar la revolución, para lo cual sugiere recurrir, en la Banda Oriental, a José Artigas y sus amigos, táctica que luego se aplica, como así también el envío de dos expediciones, una al Alto Perú y la otra, al Paraguay, con los mismos fines.

En lo económico, propone fundar empresas estatales de armas y pólvora, como condición para hacer la guerra al absolutismo, empresas que efectivamente se ponen en marcha durante 1810. Asimismo, se opone a la rebaja de recargos aduaneros, a modo de proteccionismo, rebaja que recién implementa el Primer Triunvirato, gobierno de los enemigos del morenismo, en 1811.

Pero, además, el Plan de Operaciones formulado por Moreno, ante la inexistencia de capitales (o más bien, de una burguesía nacional) sostiene la necesidad de expropiar a los mineros del Alto Perú, para permitir una inversión “poniéndose al Estado en un orden de industrias (…) para desarrollar fábricas, artes, ingenios y demás establecimientos, como así en agricultura, navegación, etc.” Es decir, postula al Estado como el único que puede realizar el rol de una burguesía ausente, dando respuesta a una cuestión que habría de plantearse en los siglos XIX y XX en todo proceso revolucionario tercermundista.

Asimismo, propugna una fuerte redistribución del ingreso: “Es máxima aprobada que las fortunas agigantadas en pocos individuos, a proporción de lo grande de un Estado, no sólo son perniciosas, sino que sirven de ruina a la sociedad civil, cuando no solamente con su poder absorben el jugo de todos los ramos de un Estado, sino cuando también en nada remedian las grandes necesidades de los infinitos miembros de la sociedad, demostrándose como una reunión de aguas estancadas que no ofrecen otras producciones sino para el terreno que ocupan pero que si corriendo rápidamente su curso, bañasen todas las partes de una a otra, no habría un solo individuo que no las disfrutase, sacando la utilidad que le proporcionase la subsistencia política, sin menoscabo y perjuicio”. Con esta alegoría bucólica sustenta la tesis de la expropiación de los mineros del Alto Perú, para acumular un capital para echar las bases del Estado empresario, soluciones que aún hoy estremecen a los sectores del privilegio.

Esta es la razón por la cual la historiografía oficial no puede admitir el Plan de Operaciones pues enseñado, en los colegios, sería la mejor lección para forjar ciudadanos decididos a realizar las transformaciones más profundas.
Quien quiera investigar las razones dadas para considerar apócrifo al Plan de Operaciones, puede informarse de la polémica en “La época de Mariano Moreno”, de Rodolfo Puiggrós donde se comprenderá que la ardorosa impugnación de Groussac y Levene constituye la defensa a rajatabla de la versión tradicional de Moreno, sostenida por Mitre, quien, en su biografía de Belgrano, lo deforma a Moreno, vaciándolo de toda posición auténticamente revolucionaria, para fabricar así la leyenda de una revolución pro británica, sólo preocupada por el comercio libre. A su vez, podrá conocer las razones esgrimidas por Norberto Piñero y otros sustentando la veracidad de dicho plan. Comprobará asimismo que el historiador español Torrente, en 1829, ya se refería al Plan.

Finalmente, comprenderá que esta polémica ha llegado a su fin con la publicación de “Epifanía de la libertad; documentos secretos de la Revolución de Mayo”, de Enrique Ruiz Guiñazú donde se transcribe la correspondencia entre Fernando VII y su hermana Carlota Joaquina, en la que se muestran horrorizados ante ese plan, “doctrina del doctor Moreno, que hicieron para el método de gobierno revolucionario”, esa gente de “bocas desaforadas”, verdaderos “diablos con figura humana”.

Sin Plan de Operaciones no hay programa revolucionario de Mayo, ni hay Moreno revolucionario, sino un anodino espectáculo de Plaza de Mayo con paraguas, donde un joven quiere actuar enérgicamente y un hombre con experiencia prefiere avanzar con calma. Pero, con Plan de Operaciones hay revolución y hay ejemplo a seguir, para los argentinos. Por eso, Levene confiesa el meollo de esta polémica y de esta impugnación al Plan: “para comprender la obra orgánica de la Revolución de Mayo se impone, en primer término, demostrar la apocrificidad del plan atribuido a Moreno y a la Junta”. Así velaba Levene, no por la verdad histórica, sino por la custodia del orden constituido, evitando malos ejemplos en los párvulos inocentes, cuyas almas generosas podrían pretender –“demoníacamente”- un mundo mejor. A su vez, otro historiador –Guillermo Elordi- sostiene empecinadamente: “… Si en un día lejano apareciera el documento real (del Plan), escrito por Moreno y firmado por Moreno quedaría el consuelo a los que ahora no creen su realidad, de advertir, todavía, que no merece llevar la rúbrica del prócer”.

Pero la comparación entre las postulaciones del Plan, algunos artículos de La Gaceta, las instrucciones de Moreno a Castelli y en especial, las medidas concretas aplicadas por el Secretario de la Junta, permiten hoy aseverar que el Moreno del Plan es el Moreno verdadero, a quien French llamaba con admiración “el Sabiecito del Sur” y a quien denostaba Arroyo y Pinedo, antepasado del Federico Pinedo, en razón de las medidas adoptadas contra los grandes registreros, beneficiarios del viejo sistema comercial.

Asimismo, basta informarse del enfrentamiento del Primer Triunvirato (donde influyen Rivadavia y García) con los amigos de Moreno en 1811, que culmina en la disolución del primero y su reemplazo por el segundo Triunvirato (morenistas y gente de San Martín) para comprender que precisamente Rivadavia no fue la continuación del morenismo sino precisamente su antagonista.

Sin embargo, todavía el Moreno de semblante inocente y amable aparece en los cuadros de los colegios junto a su enemigo político, don Bernardino, mientras el verdadero Moreno puja por salir de las sombras.

Fuente: NORBERTO GALASSO – LOS MALDITOS – VOLUMEN II – PÁGINA 127. Ediciones Madres de Plaza de Mayo