Hernández, Rafael

RAFAEL HERNÁNDEZ (1840-1903)

“El hermano menor de Martín Fierro”, como lo llama su biógrafo Osvaldo Guglielmino (quien lo rescata en 1954 de más de medio siglo de injusto silenciamiento), había nacido en la Chacra de Pueyrredón, partido de San Martín, provincia de Buenos Aires, el primero de setiembre de 1840, es decir, seis años después que José Hernández, con quien supo compartir profundamente vida e ideales patrióticos.

Su madre muere en 1843 y su padre algunos años más tarde, en sus brazos, al caer fulminado por un rayo en pleno campo. Este hombre que “gozaba de gran renombre en el paisaje surero”, lo había iniciado, lo mismo que a José, en los secretos de la pampa, los hombres y las duras faenas camperas. Por eso, podrá decir Rafael, años más tarde: “Por asimilación, por cuna, soy hijo de gaucho, hermano de gaucho y he sido gaucho. He vivido años en los campamentos, en los desiertos y en los bosques, viéndolos padecer, pelear y morir, abnegados, sufridos, humildes, desinteresados y heroicos. Sin codicia por el lucro, sin exigencia de ascenso, sin ambición por la gloria. He compartido sus aspiraciones y sus alegrías. He confundido mi sangre con la suya en las batallas; me han admirado mil veces con sus oscuras hazañas; me han hecho gozar los encantos de la gloria; me han enseñado a afrontar la muerte con orgullo, por puro amor a la patria, por conquistar para todos la libertad”.

Rafael vuelve entonces a Buenos Aires a completar sus estudios en el Colegio Republicano Federal y después, en la Facultad de Ingeniería donde se recibe de Agrimensor Nacional. A partir allí, pocas veces se separará de su hermano, a quien lo unía, además del afecto fraternal, la admiración de quien conocía bien los valores y virtudes del futuro autor de “Martín Fierro”.

Durante los años de secesión de Buenos Aires, Rafael sigue a José hasta Paraná, sede de la Confederación, a cuyo ejército se incorporan ambos como oficiales. Destinados al batallón comandado por el Coronel Eusebio Palma, donde Rafael fue abanderado, luchan contra los secesionistas porteños en Cepeda y Pavón. Después de Pavón, en la represión de Cañada de Gómez, ambos salvan la vida “por milagro”.

En 1864, Rafael se traslada a la Banda Oriental uniéndose a la heroica defensa de Paysandú, sitiada por el mitrista uruguayo Venancio Flores, a quien apoyaba la escuadra brasileña de Tamandaré. Él es el único que logra escapar de la feroz represión de los vencedores. Herido de bala en una pierna, burla la vigilancia enemiga (según algunos, disfrazado de vasco changador) y llega a la isla Caridad, donde se reencuentra con su hermano José y su amigo Carlos Guido y Spano, que habían intentado infructuosamente pasar a la ciudad sitiada.

Repuesto de sus heridas, se dedica a sus tareas de agrimensor, recorriendo las provincias, lo que le permite adquirir un panorama cabal de la situación social y política del país. Esa experiencia la volcará después en largas charlas con su hermano. “El gaucho Martín Fierro”, sugiere Gugliermino, recoge muchas de esas impresiones y opiniones de Rafael.

En 1868, los hermanos Hernández están otra vez en Buenos Aires, luego de casi doce años de extrañamiento. Fundan, al año siguiente, el diario “El Río de la Plata”, adhiriendo a la figura de Adolfo Alsina. Meses después, al asumir Sarmiento la presidencia, José vuelve al destierro partiendo hacia Entre Ríos, donde López Jordán había vuelto a levantar a la montonera entrerriana. Rafael se queda en Buenos Aires y en junio de 1870 se casa con Anselma Serantes Pita, quien muere nueve años más tarde. Sus hijos y los de José, otra vez en el exilio, van a encontrar en Rafael a un padre abnegado y cariñoso.

Desatada la epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires (consecuencia de la guerra del Paraguay), Rafael se destaca por los servicios prestados a la comunidad, que lo retribuye con la Cruz de Hierro y la Medalla de Oro del municipio. Hacia 1874, ya con su amigo Nicolás Avellaneda presidiendo la república, es designado Vocal del Departamento de Ingenieros de la provincia de Buenos Aires y encargado de la sección de Catastro y Geodesia del mismo departamento.
A partir de esos años, su actividad creadora se multiplica. En 1877 es uno de los impulsores del Club Industrial, esfuerzo aislado pero significativo “para realizar la grande obra de nuestra emancipación económica”. Su lucha por la industrialización es denodada y permanente: “Acabamos de escuchar la palabra autorizada del Presidente de la República en la Exposición de Mendoza, proclamando la necesidad de proteger directa e indirectamente las industrias, señalando su ausencia como causa ocasional en esta crisis y otras que no tardarán en sucederle, y la urgencia de emplear nuestro dinero en la explotación de las materias primas y sus transformaciones industriales”.

Refiriéndose a los productos alcohólicos de San Juan y Mendoza, reconoce que pueden proveer a la República y exclama: ¡Así debíamos ser con todo!”.

“Y la Provincia de Buenos Aires le contesta preparando su exposición en La Plata. Esto es emulación del patriotismo. Esto es progreso.”

Asimismo, reivindica la necesidad de una conciencia nacional para resolver nuestros problemas, abandonando la mentalidad colonial: “La yarda inglesa, la tonelada inglesa, como el barro inglés, como las explotaciones y errores a que nos han inducido los ingleses, mantienen su tradicional imperio sobre nosotros… porque somos dócil masa para tolerarlos. Blasonamos de altivos e independientes y nos dejamos fácilmente subyugar. Abandonando nuestras industrias, entregando nuestro capital, nos convertimos en una especie de Irlanda, en un feudo cuyo señor está en los bancos de Inglaterra”.

En otra oportunidad, señala: “Satisface nuestra vanidad ostentar a los ojos del europeo una ciudad rival de las mejores; nos arruinamos en pavimentos importados y en cuanto resplandece, deslumbra y suena, sin recordar que aún hay más de 50.000 argentinos de flecha y onda, desde el Tuí al Calihuá y el Ona que viven desnudos, ya en los huecos y en las ramas de los árboles, allá en los fondos de las selvas vírgenes, ya en cuevas sepultadas por la nieve entre los ventisqueros de inclementes rocas (…); que mientras nos inunda la luz eléctrica no les alcanza un rayo de luz moral; que muchas fuentes de riqueza se extinguen a nuestro alrededor porque la vialidad es tal que una botellas de vino Cafayate traído a esta capital paga veinte veces el flete que su similar inferior de Europa, o que una tonelada de carga descendiendo, aguas abajo, del alto Paraná hasta Corrientes paga dieciséis veces lo que cuesta, en equivalente recorrido, remontando el mismo Paraná desde esta capital a Corrientes. …Las iniciativas, los inventos, las empresas que vienen de afuera con desconocimiento de nuestros elementos y necesidades mediterráneas, pero explotando nuestra ostentación vanidosa, hallan preferente acogida por más problemático que su resultado sea; y mientras los campos piden centuplicar sus valores con ferrocarriles económicos, se invierten millones en túneles urbanos que no tardarán en bordearse de regias edificaciones, contrastando con nuestro estado interno. Pero lo que produce beneficio al país; los frigoríficos, las empresas de conservas, la producción de cereales, la exportación de ganados, los mercados consumidores de nuestros víveres secos, la industria porcina, la fabricación del Portland, la elaboración de cerveza con cebada del país y, en fin, tres o cuatro cosas solamente que podrían producir cincuenta millones al año, esas no merecen del pueblo ni de los gobiernos la menor atención a pesar de que, dicho sea en verdad, la prensa en general tiene siempre sus columnas al servicio de tan buenas causas”.

En 1869, funda una colonia agrícola con hijos del país: “San Carlos” en el partido de Bolívar. En el mismo sentido, fundará en Misiones las colonias “Candelaria” y “Santa Ana” y en Entre Ríos hará lo propio con la colonia “Hernandarias”, mientras en Buenos Aires traza los pueblos de Tres Arroyos, Bolívar, Pringles, Coronel Suárez y Pehuajó.

Incorporado al Senado provincial en 1887, es nombrado también presidente de la Municipalidad del barrio de Belgrano, en cuyo Establecimiento de Arboricultura construye caños de barro cocido para sustituir a los importados. Además, funda, cerca de Pehuajó, la colonia agrícola “Nueva Plata”, en homenaje a su hermano y forma parte del directorio del Ferrocarril Oeste, propiedad del estado provincial. “Algunos meses después –dirá el propio Hernández- quedó sellada la iniciativa del progreso local, con la rápida ejecución de la línea férrea desde 9 de Julio hasta Trenque – Lauquen, realizada a despecho de los fuertes trabajos que tenía preparados la Empresa “Ferrocarril a San Rafael”, que pretendía su concesión; y que, de no haberla vencido en la lucha, estaríamos todavía esperándola”.

Desde su banca, Rafael se opone infructuosamente al proyecto oficial de vender el Ferrocarril del Oeste a los ingleses. “Estamos en 1889 –dirá Raúl Scalabrini Ortiz-. La garra inglesa comienza a cerrarse sobre el país”.

Pero Rafael no ceja en sus realizaciones en beneficio de la patria. Durante su segundo mandato como senador, presenta el proyecto de creación de una casa de altos estudios en la capital provincial, la que comenzará a funcionar en 1896. La fundación de la Universidad de La Plata, atribuida falsa o erróneamente a Joaquín V. González, es uno de los tantos ejemplos del accionar empeñoso de Hernández a favor de la cultura y la soberanía del país, pero, además, del interesado silenciamiento y tergiversación que sufrió su figura. Incesantemente, multiplica sus proyectos: explotación de los yacimientos mineros de San Luis, La Rioja y Catamarca, del caolín en Córdoba, el desarrollo de la industria textil tomando como base plantas indígenas, evitando “importaciones del exterior por un valor de más de 10 millones de pesos oro”, fabricación de arpillera, impulso a las compañías de Seguros, fundando “La Previsora”, empresa que “vino a mitigar una sangría de oro que nos hacían las compañías extranjeras”, así como la conveniencia de fabricar cemento, que se importaba de Inglaterra a través del Sr. Bateman, “un legítimo inglés, y nosotros legítimos tributarios de su patria”.

Personalidad polifacética, mantuvo consecuencia en la defensa de las ideas nacionales y de progreso en los diversos ámbitos en que desarrolló su lucha: el periodismo, la polémica, la conferencia y los distintos cargos que desempeñó. Asimismo, dejó varias obras importantes que son testimonio de su preocupación por las cuestiones de la patria: “El Catastro”, “Transmisión telegráfica”, “Justicia criminal” (que es “Martín Fierro”, puesto en prosa, según Cutolo), “Cartas misioneras” (acerca del desarrollo de las riquezas de esa región), “Irrigación de la provincia”, “Armonías industriales”, “Pozos semisurgentes”, “Barro inglés diez millones” (sobre la fabricación de caños), “Materialismo y espiritualismo”, “Pehuajó”, “Patria y caridad”.

Durísima fue su lucha, enfrentando fuerzas y mitos del país semicolonial; su antimitrismo militante, la denuncia de las empresas de capital extranjero, especialmente inglesas y la propuesta de desarrollo industrial en base a nuestros recursos. Ello explica por qué lo acallaron y lo aislaron, impidiendo que sus ideas y propuestas perturbaran el orden del modelo agroexportador.

En sus últimos años, quizás decepcionado por la incomprensión de sus contemporáneos, especialmente aquellos con funciones de gobierno, su carácter fue desarrollando rasgos de misantropía y acritud. Era un hombre de la patria vieja, excéntrico y huraño, que no perdió jamás su empaque a lo toro, su estampa viril de gaucho viejo en un país cada vez más endeudado económica y culturalmente a Europa.

“Criollo de cepa pura –lo describe su asistente Albino Dardo López-, vestía levita verdosa y bombacha blanca, calzaba botín de elástico, boquiabiertos por el desgaste de las gomas, y tocaba su cabeza de melena cernida en caída sobre los hombros, con aludo y ordinario sombrero de paja. (…) En el bolsillo interior de la prenda aristocrática, a la altura del hombro izquierdo, relucía el cabo amarillo de una bayoneta antigua; y por bajo sus faldones, asomaba la boca hórrida de arcaico trabuco de bronce”.

Genio y figura de Rafael Hernández, patriota cabal a quien la mentalidad transoceánica de nuestras clases dominantes mantuvo durante décadas sepultado en el olvido. Toca a los argentinos del siglo XXI rescatar su notable figura, su acción y su pensamiento.

Fallece el 21 de marzo de 1903, en Buenos Aires y el mayor de los silencios se tiende sobre su nombre y su obra.

Fuente: JUAN CARLOS JARA – LOS MALDITOS – TOMO II – PÁGINA 196. Ediciones Madres de Plaza de Mayo