Eguren, Alicia

ALICIA GRACIANA EGUREN (1924 – 1977)

Esta “peronista histórica”, como ella misma se definía en 1971, fue poeta, docente y periodista pero, ante todo, fervorosa militante de la causa popular. Enérgica, de fuerte carácter, se entregaba a la lucha con pasión, dándolo todo sin pedir nada. Si algo pudo criticársele alguna vez fue precisamente pecar de voluntarismo y orillar posiciones de ultraizquierda, que su compañero –Cooke- se esforzaba por contener.

Nació en Buenos Aires en 1924. Su padre, Ramón Eguren, era un irigoyenista de raíces federales que luego de 1930 simpatizó con las banderas nacionalistas. Después de 1943, al aparecer el peronismo, padre e hija adhieren al nuevo movimiento.

En 1946, en un acto del CUA (Centro Universitario Argentino), dirigido por Ricardo Guardo, ella conoce a John William Cooke, con quien no se volverá a encontrar hasta casi una década más tarde.

Por ese entonces, Alicia milita en Filosofía y Letras, escribe poemas de estilo neorromántico y edita el periódico literario “Nombre”. En 1949, junto al intelectual rosarino Armando Cascella, funda y dirige la revista “Sexto Continente”, cuya línea editorial se basaba en la convicción de que “la América Latina constituye, por sí, un continente indiviso y perfectamente diferenciado, cuyo porvenir inmediato es el de gravitar considerablemente como unidad económica y como ente espiritual en los destinos del mundo contemporáneo”. En la publicación, de breve existencia, colaboraron personalidades importantes: José Vasconcelos, Carlos Montenegro, Jorge Icaza y Josué de Castro, entre los latinoamericanos, y Carlos Astrada, Arturo E. Sampay, José María Rosa y Orestes Di Lullo, entre los argentinos.
Por esos años, la joven escritora publica varios libros de poesía: “El canto de la tierra inicial” (1949); “Dios y el mundo” (1950), “El talud descuajado” (1951). En esa época, cultiva una poesía impregnada de profundo catolicismo.

Estrechamente vinculada a la militancia política, a raíz de los sucesos del 16 de junio de 1955 se presenta ante “El Bebe” Cooke, por entonces interventor del partido peronista de Capital Federal, y se pone a su disposición, ya que lo estima un “hombre de pelea”.

En septiembre de ese año, se produce el derrocamiento de Perón y tanto ella como Cooke caen presos de la llamada Revolución Libertadora. Cooke en Ushuaia y Alicia en Olmos. Cuenta el periodista Martín García que, durante el cautiverio, cuando era llevada junto a Lala Marín, otra célebre militante peronista, a declarar ante las autoridades, que requerían para bajarles la pena que abjurasen de su credo político, “iban a las entrevistas cantando la marcha peronista, por lo que, ni siquiera llegaban a dar testimonio y las volvían a encerrar”.

Desde la cárcel, donde estuvo casi dos años, Alicia mantendrá un profuso vínculo epistolar con Cooke, hasta que al recuperar la libertad, se traslada a Chile para unirse a él, quien acaba de protagonizar una sonada y novelesca fuga del penal de Río Gallegos junto a otros dirigentes peronistas. Ya Perón lo había nombrado su representante personal y potencial “heredero”.

Hacia mediados de 1957, Alicia viaja a Caracas encomendada por Cooke para hacer llegar al General un extenso informe acerca de la situación argentina y el consiguiente plan de acción a desarrollar con vistas a la insurrección. A su vuelta, mediados de setiembre, en Chile, formalizan legalmente su unión matrimonial, pocos días antes de que Cooke volviera a prisión una vez más. Éste, en carta a Perón, comentará entonces: “nuestro matrimonio sigue el ‘factótum’ de nuestra extraña relación: nuevamente estamos presos, después de una luna de miel de exactamente siete días… Estamos acostumbrados a la persecución… Así que eso no nos hace mella”.

A fines de ese año, parten juntos a la capital venezolana, donde reside el líder justicialista, para ultimar con éste los detalles del controvertido pacto Perón-Frondizi, que lleva las firmas de éstos, de Frigerio y de Cobos.

Pocos meses después, ya la claudicación del jefe de la UCRI está consumada y aunque la resistencia obrera y popular no ceja, la dirigencia peronista tradicional comienza a retomar posiciones en el movimiento. Alicia y Cooke (que sigue siendo representante de Perón en la Argentina, pero cada vez más mediatizado por aquella dirigencia burocrática y conciliatoria) apoyan, en enero del ’59, la ocupación del frigorífico Lisandro De la Torre y la huelga general declarada a raíz de esa lucha.

La derrota del movimiento será un golpe fuerte para el matrimonio cada vez más enrolado en la “línea dura” del peronismo.

Según algunos autores, en ese año, Alicia habría colaborado en la organización de la toma del destacamento policial de Alto Verde dirigida por el comandante Uturunco (Juan Carlos Díaz), en Tucumán, primer esbozo de guerrilla rural en la Argentina.

Lo cierto es que al año siguiente, invitado por el Movimiento “26 de julio”, el matrimonio Cooke viaja a la Cuba de Fidel y el Che. Si al principio existe algún resquemor mutuo, dada la desconfianza de algunos cubanos por el peronismo, pronto todo recelo se disipará. Los mismos enemigos del peronismo, al fin de cuentas (desde Álvaro Alsogaray hasta el mismísimo Spruille Braden), son los que ahora se ha sabido ganar la revolución cubana, que ya ha dado importantes pasos hacia una estructuración socialista de su economía. El matrimonio Cooke adhiere fervorosamente a ese proceso, formando parte de las milicias, dando conferencias y colaborando en distintas publicaciones revolucionarias.

A principios de 1961, con las armas en la mano participan, en distintos puestos de combate, de la “Operación Muerte al Invasor”, rechazando –luego de 72 horas de dura lucha- el ataque de las fuerzas imperialistas procedentes de EE.UU. El fervor revolucionario de Alicia es tal que algunos cubanos recuerdan hoy que en los sucesos de Bahía de los Cochinos, ella tenía un grado miliciano superior al de su compañero quien por otra parte, se caracterizaba por su arrojo y espíritu de lucha. Una vez lograda la victoria, el reencuentro de Alicia y Cooke constituirá –dice un autor- “uno de los momentos más felices de sus vidas”.

Pero los Cooke no dejan de pensar constantemente en la Argentina y sueñan con que el proceso revolucionario que ven deslizarse promisorio ante sus ojos pueda ponerse en marcha también en su patria chica. Así, a fines de 1963, regresan a Buenos Aires, donde fundan poco después una pequeña agrupación no desgajada del tronco del movimiento; la “Acción Revolucionaria Peronista”. Desde allí bregarán –en palabras de Norberto Galasso- “para conformar una vanguardia capaz de entroncar con sectores obreros y posibilitar una acción política dirigida a crear condiciones para la insurrección popular”.

En esa perspectiva participan, en 1967, de la conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad con la Revolución Cubana (OLAS).

Pero 1968 resulta luctuoso ya que el 19 de septiembre, a los 48 años, se apaga la vida del “Bebe” Cooke, fuerte golpe que sin embargo no aplaca el fervor revolucionario de Alicia.

Pronto va a colaborar en el periódico “Con Todo”, dirigido por Bernardo Alberte y Mabel Di Leo, y en la elaboración del documento conocido como “Estrategias y Tácticas Revolucionarias”, presentado, en 1969, en el Congreso Fundacional de la Tendencia, llevado a cabo en Córdoba.

En 1972, Alicia selecciona y publica la correspondencia mantenida entre Perón y Cooke desde 1956 y 1966, testimonio insoslayable para entender la historia política argentina de aquellos convulsionados días.

Al año siguiente brinda su apoyo al gobierno de Héctor J. Cámpora y dirige la revista “Nuevo Hombre”. “A lo largo de este proceso –dirá Mabel Bellucci-, sus lugares de inserción en el movimiento peronista no quedan aún muy esclarecidos. Tan es así que se evoca una multiplicidad de espacios de pertenencia política a la vez: Montoneros, Fuerzas Armadas Peronistas, Peronismo de las Bases y Partido Revolucionario de los Trabajadores”. No hay duda, sin embargo, que en 1972, participa en el acto del Peronismo de las Bases, junto a Rodolfo Ortega Peña, realizado en la Federación de Box.

Lo cierto es que Alicia Eguren, viviendo por entonces con su madre en el barrio de Boedo, fue secuestrada, en la vía pública, por un grupo de tareas de la Armada, el 26 de enero de 1977. Tenía 52 años. No se sabe la fecha exacta de su muerte pero sí se conoce que fue torturada en la ESMA y finalmente arrojada desde un helicóptero al Río de la plata. A manera de epitafio podrían haberse acuñado estas palabras de su compañero de sueños y de luchas: “en la medida en que he dedicado mi vida a los ideales revolucionarios de la libertad humana, me perpetuaré en la obra de los que continúen esa militancia”.

Fuente: JUAN CARLOS JARA – LOS MALDITOS – VOLUMEN II – PÁGINA 269. Editorial Madres de Plaza de Mayo