Borlenghi, Ángel

ANGEL GABRIEL BORLENGHI (1906 – 1962)

Ángel Gabriel Borlenghi nació en Buenos Aires el 18 de marzo de 1906, hijo de Pilade Borlenghi y Rosario Massaldi. Fue en el seno de esta humilde familia de origen italiano, instalada en el barrio de Pompeya, donde comenzó a interesarse por la situación social, acercándose desde muy pequeño al Partido Socialista: “los viejos socialistas de Nueva Pompeya advirtieron que (…) venía concurriendo al local un muchachito del barrio que vestía pobremente, (poco tiempo después) (…) le dieron un pequeño cargo en la comisión del centro partidario al joven Ángel Borlenghi”. Sin embargo, a diferencia de los principales dirigentes del partido, Borlenghi tuvo un contacto directo con los trabajadores durante la década del treinta, encabezando el gremio de empleados de comercio, uno de los más activos de la época.

Iniciada la década infame, además de no contar con reivindicaciones básicas, como la jubilación, vacaciones pagas, licencia por enfermedad e indemnización por despido, los empleados de comercio se veían obligados a cumplir una agotadora jornada laboral, limitada únicamente por la voluntad del patrón. Este tipo de abuso se ejercía sobre la clase trabajadora en general, pero se expresaba mas crudamente en los gremios menos organizados.

En un contexto plenamente adverso, un pequeño grupo liderado por Ángel Borlenghi, entre los que figuraban Vicente De Césare y José María Argaña, se abocó a la ardua tarea de organizar y movilizar un gremio que se mostraba remiso a la actividad sindical. Al ser designado Ángel secretario general de la Federación de Empleados de Comercio de la Capital Federal, ésta funcionaba en un conventillo y por ese entonces tenía 45 afiliados y $850 de deuda. En pocos años, el gremio pasó a ocupar un rol muy importante en el plano sindical, “Borlenghi los encabezaba con su extraordinario dinamismo y entera dedicación. Nunca rehusó ninguna tarea y puso en todas un criterio moderno de publicidad y agitación, mediante el cual los empleados de comercio se vieron muy pronto enrolados en una activa Federación. Casi inmediatamente Borlenghi rompió la apatía del gremio y lo ‘movió’”.

Los empleados de comercio se constituyeron, bajo el liderazgo de su secretario general, en uno de los principales factores de presión durante la lucha por la ley de sábado inglés (11.640), la cual fue promulgada el 7 de octubre de 1932. Esta conquista significó un avance, pero de ninguna manera agotaba la cuestión ya que todavía existían reivindicaciones básicas no contempladas en la legislación laboral. El proyecto de ley 11.729 buscaba modificar el código de comercio, añadiéndole licencia paga por enfermedad o accidente, vacaciones pagas, indemnización por despido y preaviso como principales demandas. La aprobación de esta ley repercutiría sobre gran parte de los trabajadores, ya que era este código el que regía, por ese entonces, en sectores importantes de la actividad laboral.
El 15 de octubre de 1932 se produjo una importante concentración de empleados de comercio en la Plaza Colón, convocada por Borlenghi, quien le entregó un petitorio al General Justo, “con el objeto de solicitar la inclusión del proyecto de reforma del artículo 157 del código de comercio en las sesiones extraordinarias”. La ley había obtenido sanción en diputados pero no avanzó en el senado. “Esta situación de dramática espera –puntualiza el secretario general- provoca el despido de numerosos empleados, para eludir así futuros compromisos de los patrones, para no pagan indemnizaciones, si se sancionara la ley”. “El senado modificó la que diputados había votado. Diputados rechazó –fue en septiembre del 33- por unanimidad la modificación del senado. Detrás de la resolución de diputados, estaba el dinamismo del secretario de los Empleados de Comercio, entrevistando a los bloques, solicitando votos. Pero, el poder ejecutivo –en octubre- vetó parcialmente la ley”. La lucha continuó hasta que a mediados del año 34 fue sancionada, constituyéndose, para la época, en una de las leyes más importantes de la historia argentina en materia de legislación laboral. Esto significó un progreso importante en el plano jurídico, pese a que su acatamiento real fue relativo y los beneficios que ésta implicaba tardaron en materializarse para la clase trabajadora.

Pese a su destacada actuación como gremialista, llama la atención que Ángel nunca haya ocupado un lugar importante dentro de la estructura partidaria ni en listas electorales del PS. Esto puede explicarse teniendo en cuenta la exclusividad que se reservaban los altos dirigentes de la cúpula dirigencial y la poca consideración que tenían hacia las juventudes del partido. “En 1937 el concejal socialista Zabala Vicondo denunció públicamente que Repetto y sus amigos hacían fraude interno para imponer sus candidatos en las elecciones del partido”.

Borlenghi había sido representante de los empleados de comercio en la CGT desde 1935, tornándose su papel cada vez más importante. Tal es así que resultó electo presidente del segundo congreso de la CGT, realizado entre el 15 y el 19 de diciembre de 1942, triunfando sobre Domenech con apoyo de Pérez Leirós y los comunistas. En este congreso se profundizó el conflicto que derivó, en marzo de 1943, en la división de la CGT, constituyéndose así, la CGT Nº 1 cuyos principales dirigentes eran Domenech y Almarza y la CGT Nº 2, que contaba con la dirección de Pérez Leirós y Borlenghi. Esta última fue disuelta por el gobierno militar en julio de 1943, pasando así a la clandestinidad. En este período, Borlenghi se encontraba enfrentado al sector de la CGT sobre el cual se apoyaba inicialmente Perón. Ángel desconfiaba del por entonces Secretario de Trabajo y Previsión del gobierno militar, sin embargo, aceptó reunirse con él ante su insistencia. La principal exigencia que Borlenghi le planteó a Perón era la ley de jubilaciones, por la cual el gremio mercantil venía luchando desde mediados de la década del treinta. “El 22 de noviembre de 1944 fue instituido el régimen jubilatorio para los empleados y obreros del comercio, por decreto 31.665/44” y “finalmente a cambio del decreto de jubilación (…) Borlenghi aceptó manifestar su adhesión al gobierno realizando ese acto el 4 de diciembre de 1944”. Esta reivindicación resultó decisiva para establecer el vínculo entre Perón y quien sería uno de sus principales colaboradores, cuyo acercamiento al peronismo parte de su experiencia en la arena sindical, en la que pudo percibir las significativas mejoras en las condiciones de los sectores populares, diferenciándose así, de quienes, desde una cerrada concepción teórica, no pudieron apreciar el carácter progresivo del proceso en ciernes.

Borlenghi fue una de las principales figuras políticas del peronismo. Pocos meses después de las elecciones de 1946 fue designado ministro del interior, asumiendo el 4 de junio y desempeñándose en el cargo durante 9 años. En aquel período, el ministerio “se amplió extraordinariamente, ingresando al mismo reparticiones como, la Gendarmería Nacional, la Prefectura Nacional Marítima, la Procuración del Tesoro, el antiguo Ministerio de Justicia y la Dependencia de la Intendencia Municipal de la Ciudad de Buenos Aires. También (…) se crearon y funcionaron dentro del ministerio, el Consejo de Reconstrucción de San Juan (el cual cumplió una eficaz tarea en la restauración de la provincia a raíz de la catástrofe natural (…) el Registro Nacional de las Personas y el Consejo Federal de Seguridad”.

Como ministro político, Borlenghi fue el encargado de salir al cruce de los embates permanentes por parte de la prensa y la oposición. Así, en respuesta a las acusaciones sobre el supuesto régimen de terror sostenía, “hablan de falta de libertad… Yo soy ministro del interior y dirigente obrero. ¡Que me hablen a mí de la libertad! Yo la sufrí toda, la de antes y la de ahora, y yo se que antes la libertad estaba en la oligarquía para explotarnos a nosotros (…) La libertad era para ellos. Ahora, nosotros, tenemos libertad, (…) si estamos en el gobierno, si hemos ganado nosotros”. Y con respecto a la prensa manifestaba “No hay libertad de prensa en la Argentina. Ah! qué terrible mal (…) Dicen que la CGT tomó el diario ‘La Prensa’, (…) diario oligárquico vendido al capitalismo extranjero, eso era: y ¿Qué querían? ¿Qué nosotros hiciéramos una revolución y dejáramos ese chiste? No, compañeros, cuando se hace una revolución hay que limpiar. No es cuestión de quedarse en la mitad del camino, porque entonces, lo limpian a uno”. En cuanto a la oposición del PC, basada en su dependencia de la burocracia soviética, afirmaba “el hecho de reconocer al movimiento obrero un carácter supernacional, (…) no implica admitir como lícito y patriótico que se pretenda dar soluciones de afuera a los problemas económicos de la clase obrera argentina. (…) No podemos permitir que los trabajadores argentinos sean sometidos a soluciones que no han sido generadas en el país, como lo pretenden los comunistas” y en referencia al PS, ala izquierda de la oligarquía, opinaba “los dirigentes socialistas se intelectualizaron y se aburguesaron, encontrando mejor pronunciar una conferencia académica para ser aplaudidos por los conservadores. (…) Los trabajadores los fueron abandonando, porque el pueblo tiene un instinto y presiente a quien lo traiciona”.

Entrada la década del ’50 comenzaron a resquebrajarse las bases sobre las que se sostenía el régimen peronista. En este contexto, el gobierno decide llamar a la pacificación nacional, asumiendo Borlenghi un papel protagónico, entrevistándose con referentes de los diversos partidos políticos e impulsando la ley de amnistía. Pese a estos intentos, los conflictos se fueron intensificando, al tiempo que la base social del peronismo se disgregaba. Llegado el año 55 la situación se tornaba insostenible y el 16 de junio la reacción oligárquica generó uno de los acontecimientos más violentos de la historia argentina, llevando a cabo una verdadera masacre al bombardear Plaza de Mayo. El dolor que produjeron esos hechos aberrantes afectó particularmente a Ángel, dado que su hermana Emma, alcanzada por las esquirlas de una bomba, resultó una de las víctimas fatales.

El 29 de junio del mismo año, en conferencia de prensa, el ministro del interior anunció su renuncia, la cual había sido presentada el día 23. En cuanto a los motivos de ésta, si bien expresó la necesidad de tomar un descanso y realizar algunos estudios, existen testimonios que afirman que conversó con Perón sobre las intenciones de la marina de realizar un golpe de estado e incluso “se rumoreó que el ministro Borlenghi propuso armar milicias obreras”, también se ha planteado que había sido advertido por el ministro Jerónimo Remorino de que existían intenciones de asesinarlo. Lo cierto es que Borlenghi era uno de los funcionarios más odiados por la reacción, y al desembarcar en Montevideo fue víctima de una tentativa de asesinato por medio de un explosivo del cual resultó ileso.

Desde aquel día no volvió a pisar suelo argentino. Gran parte de su exilio transcurrió en La Habana, donde se hospedó hasta 1961. “Después, la España franquista le negó el ingreso por su militancia a favor de la república en la Guerra Civil, y más tarde murió en Roma el 17 de julio de 1962” a causa de una neumonía terminal.

Durante los últimos años de su vida Ángel Gabriel Borlenghi dejó de figurar en los principales medios de difusión, al punto incluso, de silenciar su muerte. Mientras el gobierno de facto secuestraba su archivo intentando borrar toda huella de su lucha, Perón, el hombre en torno a quien se articulaba la resistencia de los trabajadores, lo consideraba “uno de nuestros hombres más injustamente calumniados, sin duda, por haber sido también el más útil, más leal y más sincero servidor del pueblo”.

Fuente: NICOLÁS DEL ZOTTO Y MARTÍN SALOMONE – LOS MALDITOS – VOLUMEN III – PÁGINA 61 Ediciones Madres de Plaza de Mayo


Caracas, 15 de Noviembre de 1957

Sr. D. Ángel G. Borlenghi

La Habana

Mi querido amigo:

En estos momentos doy término al último capítulo de mi libro “Los Vendepatrias” dedicado a todos los compañeros caídos y perseguidos por la canalla que azota a nuestro país. He deseado hacerlo para usted personalmente por intermedio de esta carta, ya que ha sido uno de nuestros hombres más injustamente calumniados, sin duda, por haber sido también el más útil, más leal y más sincero servidor del pueblo a lo largo de toda su vida.

Si bien la lucha por el pueblo acarrea estos inconvenientes tiene, en cambio, inmensas satisfacciones.

Nosotros tras los sacrificios y penurias del esfuerzo comenzamos ahora a recibir las satisfacciones del reconocimiento popular. Es, precisamente, en estos momentos que yo dirijo la gratitud de mi espíritu a los hombres que, como usted, lo dieron todo por el movimiento sin otro interés que el de ser leales servidores del pueblo y de la patria.

Nadie, como yo, han sido testigo de toda su grandeza espiritual en la desinteresada tarea de servir: lo he visto desde los prolegómenos de la epopeya justicialista en el sacrificio de interminables horas de trabajo por reivindicación de los trabajadores, lo he seguido luego en el ministerio con su ecuanimidad imperturbable, su juicio sereno y su elevada apreciación de los hombres y de los hechos y lo he observado en los momentos de decisión siempre pronto al sacrificio personal por el bien de la comunidad y la causa que servimos.

Reconozco que su extraordinaria experiencia llegó siempre más lejos que nuestra propia previsión y los hombres pequeños que lo combatieron, mostraron en las horas de prueba, toda su pequeñez y su miseria.

Y, ¡a cuantos de ellos me ha sido dado enrostrárselo! Por eso, usted debe sentirse feliz en su pobreza, como me siento yo mismo, porque poseemos una riqueza que no todos alcanzan a comprender y a gozar.

En las duras horas que vive el pueblo Argentino en la actualidad está patente nuestra verdad, esa verdad que usted ha sostenido durante toda su vida de dirigente y que, en estas horas aciagas, refleja también toda su grandeza y su sinceridad. Las lecciones más duras suelen ser las que mejor enseñan ¿Cuántos pensarán en estas horas en Borlenghi? Esa es una satisfacción que no se alcanza sino con el sacrificio.

Los que no tienen una causa para servir, no merecen la vida y el hombre aún cobarde, no escapa a su destino. Usted tiene la satisfacción de haber sido el hombre de una causa y haber hecho útil su vida. En nuestro reconocimiento está el único premio que puede llegar y llenar su espíritu superior, por eso deseo que sepa por mi propia palabra, todo mi agradecimiento por todo lo que usted ha hecho por la grandeza de nuestro movimiento y conozca también que al dedicar mi libro, usted estaba preferentemente en mis pensamientos y en mi corazón.-

En ese recuerdo agradezco también al consejero leal todos sus sabios y prudentes consejos que el tiempo ha venido demostrándome en todo su verdadero valor. Cuántas veces he recordado esto en las horas duras y penosas del exilio y la lucha presente.

Yo no puedo dedicar mi libro a ustedes, mis amigos y compañeros, sin hacer un distingo especial hacia el hombre que, desde la primera hora, jugó su vida y su destino junto a mi, en las horas de incertidumbre con decisión insuperable y en las de triunfo con una modestia y prudencia que evidenciaron su verdadera y auténtica grandeza.

Esa es la causa de esta carta, que anhelo le llegue como mensaje sincero del amigo y compañero de todas las horas, que le guarda con su admiración un indestructible cariño y una inextinguible gratitud.

Un gran abrazo.

Juan Domingo Perón