Villaflor, Azucena

AZUCENA VILLAFLOR (1924 – 1977)

Nació en Buenos Aires en abril de 1924. Provenía de una familia humilde, razón por la cual comenzó a trabajar desde muy joven, aunque su anhelo había sido seguir estudiando. Primero fue obrera en una fábrica de vidrio (a los 15 años) y luego pasó a trabajar en la empresa Siam, en los talleres de Avellaneda, hasta el 31 de julio de 1950, cuando ya llevaba un año de casada y estaba embarazada de seis meses.

Azucena se casó en agosto de 1949 con Pedro Carmelo De Vincenti, con el cual tuvo cuatro hijos: Pedro, Néstor, Cecilia y Adrián. La familia vivía en Avellaneda donde tuvieron su primera casa propia construida, con mucho sacrificio, en Crámer 117.

Su vida era la de una ama de casa común, encargándose de la crianza y educación de sus hijos, llevando adelante su hogar, pues ella era el centro de toda la vida familiar. Azucena fue, hasta el 30 de noviembre de 1976, una espectadora más de la vida social y política argentina.

De sus cuatro hijos, Néstor, el segundo, era el que mostraba más interés por las cuestiones del país, y cuando incursionó en la universidad –quería ser arquitecto- comenzó a respirar el singular aire de las luchas estudiantiles de la década del ’70. En el fondo era revolucionario por convicción: militaba en la Juventud Peronista, y podría haber formado parte de la organización Montoneros. Elvira, la empleada doméstica de Azucena, pensaba que Néstor militaba en la capital porque según ella misma decía, en el marco de una manifestación: “…Yo iba porque me invitaban, me acercaba a saludarlo a Néstor y él me saludaba siempre cariñoso, pero me decía acá no me llamés por mi nombre, Elvira… acá no…”

Tanto Azucena como su marido eran peronistas, pero no sabían demasiado de las actividades que su hijo realizaba junto a su novia, Raquel.

La situación política del país se iba complicando desde la muerte del general Perón. La Triple A venía cometiendo persecuciones que enrarecían aún más el triste y terrible clima político argentino. Los incidentes de Monte Chingolo (punto de reunión de los municipios de Lanús, Quilmes y Avellaneda) fueron vividos muy de cerca por Néstor de Vincenti, que tenía un pequeño taller junto a su novia, en la vereda de enfrente (calle Agüero entre el 4100 y el 4500), donde se vio cierto día una larga fila de cadáveres de gente joven, acribillados, despedazados. Luego, desde el taller, la pareja pudo ver como los muertos fueron llevados a una fosa común dentro del cementerio.

En la casa de Azucena, las discusiones eran cada vez más seguidas. Don Pedro enfrentaba a Néstor pues temía por él “…Porque yo solo no quiero avanzar papá… no me interesa, yo me quiero salvar si se salva todo el pueblo…”, respondía su hijo.

El 24 de marzo de 1976 se produjo el esperado golpe militar, que instaló en el poder a la peor dictadura que padeció nuestro país. El último día de noviembre de 1976, miembros de un Grupo de Tareas, perteneciente a las Fuerzas de Seguridad, se dirigió a Villa Dominico, Partido de Avellaneda, y en una casa situada frente al Cementerio, realizaron un operativo por el cual se llevaron a Néstor De Vincenti y a su novia Raquel Mangin.

La familia no tardó en enterarse: un nuevo capítulo en la historia de Azucena comenzaba, el de la búsqueda de su hijo. Su vida cambió absolutamente.

Buscó a su hijo en hospitales, comisarías, regimientos y morgues. Por la vía legal presentó un recurso de “habeas corpus”, que por supuesto, fue desestimado. Se presentó en el Ministerio del Interior y radicó su denuncia. Peregrinó por todas las oficinas del gobierno y las dependencias religiosas y militares… pero nunca hubo respuesta.

En su pesado, deprimente y denigrante peregrinaje, notó que algunas caras ya le eran conocidas, y otras, cada vez más, se sumaban a esta cantidad de gente desesperada que reclamaba saber dónde estaban sus seres queridos secuestrados. Azucena se dio cuenta de que la búsqueda individual no servía y que había que cambiar de método: “…Tenemos que ir a la Plaza de Mayo (…) y una vez allí, cuando seamos muchas, cosa que va a ser pronto porque es increíble cómo se están llevando a la gente, debemos ganar la calle y meternos en la Casa de Gobierno para imponerle a Videla, qué es lo que pretendemos…”.

La primera reunión de madres de secuestrados y desaparecidos en la Plaza de Mayo, se realizó entonces el 30 de abril de 1977 a las cuatro y media de la tarde. Las madres que se reunieron allí fueron: Azucena Villaflor de De Vincenti, Josefa de Noia, Raquel de Caimi, Beatriz de Neuhaus, Delicia de González, Raquel Arcusín, Haydee de García Buela, Mirta de Varavalle, Berta de Brawerman, María Adela Gard de Antokoletz y sus tres hermanas, Cándida Felicia Gard, María Mercedes Gard y Julia Gard de Piva. Sólo se reunieron y esperaron en la casi desierta plaza otoñal.

Luego, con el tiempo, cambiaron el día, que desde entonces pasó a ser el jueves, y la hora, que se pasó a las tres y media de la tarde. Dejaron su pedido de solicitud de audiencia formal y definida ante la mesa de entrada del Ministerio del Interior. Quedaron a la espera de la respuesta, que si bien tardó en llegar, lo hizo, pero no satisfizo a nadie, es más, ellas lo tomaron casi como una burla. (11 de julio, entrevista con el ministro Albano Harguindeguy).

Todos los jueves restantes del otoño y los del invierno del 77, encontraron a las madres en la Plaza. Con el correr de los días, Azucena se fue consolidando como la líder del grupo, era la más escuchada y respetada; la más consultada. Para mediados de año, las madres realizaban sus reuniones, como podían, en cualquier lugar y, por supuesto, en la clandestinidad. Allí organizaban estrategias para lograr entrevistas con personalidades del exterior, que estuvieran de visita en el país, o escribir a diferentes personalidades para que supieran lo que en realidad estaba pasando en nuestro país. De algunos obtuvieron ayuda, como el caso de periodistas extranjeros, de las embajadas de Estados Unidos y Suecia, de Magdalena Ruiz Guiñazú, que desde Radio Continental emitió solapadamente algunos mensajes a la sociedad, y del doctor Emilio Fermín Mignone, que aportó todo cuanto pudo para ayudarlas.

Cada vez eran más las intimidaciones, amenazas, seguimientos y operativos que se dedicaban a “observarlas” desde autos que no pasaban desapercibidos.

El origen de las “vueltas” fue tan sencillo que hasta parece increíble: La policía recibía la orden de sacar a las madres de la Plaza a empujones, porque de otra manera, las mujeres no se iban, pero al rato volvían, y así otra y otra vez. Cierto jueves “…La policía recibió una vez más la orden de dispersarnos (…) con el argumento del estado de sitio, y de que no podía haber gente reunida, allí apareció la famosa orden policial, circulen… ¡Circulen… a ver señoras, no pueden estar quietas en un lugar…! ¡Circulen, por favor! Entonces empezamos a caminar, y a dar las vueltas y las rondas por los senderos de vereda entre los canteros de la plaza”.

Las madres se organizaron de tal manera que había “delegadas” por zonas: En el Sur, Azucena Villaflor; Palermo, María Adela; Once, Eva; Barrio Norte, María del Rosario; Congreso, Juanita; Castelar, Nora; Pueyrredón y Santa Fe, Chela; Ramos Mejía, Quetty Neuhaus; Centro, Marta Vásquez. El Plenario se realizó en el Parque Pereyra Iraola, y por si aparecía la policía, habían preparado como pretexto, que dos de ellas se jubilaban: María Adela Antokoletz y Josefina Vera Barros.

El 5 de octubre de 1977 lograron publicar una solicitada con la firma de 237 madres y familiares de desaparecidos, en el diario “La Prensa” y allí decían “Sólo pedimos la verdad…”

Comenzaron a ponerse los “pañuelos” sobre las cabezas en octubres de 1977, cuando participaron por primera vez de la Marcha a Luján: eso servía para reconocerse con otras madres que habían ido directamente desde otros puntos del país, o por otros medios.

El 14 de octubre fue la primera vez que Azucena fue detenida, junto a otros familiares y a doscientas personas más, pero sólo por algunas horas, en la Comisaría 5ta.

El 20 de octubre de ese mismo año, llegó a nuestro país el Secretario de Estado norteamericano. Para el 21, las madres, sabiendo que no serían recibidas, se organizaron y fueron llegando a la Plaza San Martín, esperando con paciencia. Una vez reunidas, se pusieron los pañuelos y comenzaron a gritar “… ¡Que aparezcan nuestros hijos! ¡Que liberen a los secuestrados!”. Esta vez, si lograron irritar al gobierno y a la SIDE.

Después de lo sucedido, los servicios de inteligencia comenzaron a intervenir para acallar a esas madres que insistían a pesar de todo. Así, logró llegar a Azucena un joven rubio, delgado, que decía tener desaparecido a su hermano, y también imposibilitada a su madre: ese joven era nada menos que Alfredo Astiz, que se infiltraba logrando la confianza de ese grupo de madres desesperadas. Por su accionar, la SIDE logró secuestrar a Esther Ballestrini de Careaga, María Ponce de Bianco, Ángela Aguad, Patricia Oviedo, Aníbal Elbert, Eduardo Gabriel Horane, Raquel Bulit y la religiosa francesa Alicia Domon.

Azucena debía haber formado parte de “ese paquete” de secuestrados, pero no estaba en donde Astiz suponía que iba a estar. De cualquier forma, la decisión política dentro de la Dictadura, y dentro de quienes comandaban ese grupo de tareas, ya estaba tomada. Era sólo cuestión de horas, las suficientes para poder armar un operativo especialmente dirigido a ella, contando con cierta cuota de ingenuidad de su parte.

Azucena había estado preparando la solicitada que llevarían al periódico “La Nación”, ya se habían conseguido los fondos para costearla, y el día 9 de diciembre, el encargado del diario la recibió.

El día 10 de diciembre de 1977, Azucena estaba ansiosa por ver si se había publicado la solicitada, pero también a su vez, estaba muy preocupada por lo sucedido el día anterior, pues ya le habían avisado de los secuestros… Esa misma mañana, salió como de costumbre y en la esquina de su casa, Mitre y Crámer (Avellaneda) la cruzaron dos coches con siete y ocho hombres, la rodearon, la golpearon y la cargaron en uno de los coches… Los vecinos que vieron el incidente quedaron paralizados…

La casa de Crámer 117 pasó a ser gris, dos golpes habían caído sobre ella en un solo año: primero, Néstor y luego, Azucena. Según los testimonios que se lograron, se supo que ella estuvo en la Escuela de Mecánica de la Armada… Sólo el diario “Buenos Aires Herald” hizo mención a lo sucedido, “Otra de las locas madres de la plaza de Mayo, Azucena de De Vincenti, fue tomada por hombres de civil, en dos Ford Falcon, sin patente, cerca de su casa, de Crámer 117, Avellaneda, Sarandí, cuando salió a hacer sus compras matutinas…”.

Los diarios argentinos no informaron nada.

A pesar del dolor, las madres siempre siguieron y seguirán insistiendo…

Fuente: CRISTINA PIANTANIDA – LOS MALDITOS – VOLUMEN II – PÁGINA 390. Ediciones Madres de Plaza de Mayo