Santos Discépolo, Enrique

ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO (1901 – 1951)

Nace en Buenos Aires, el 27 de marzo de 1901. Ha cumplido tan solo 9 años, cuando se encuentra huérfano de padre y madre. Armando Discépolo, catorce años mayor que él, lo toma a su cargo. En la escuela primaria revela ya su vocación de intérprete, como asimismo, en las rabonas, manifiesta su interés por el teatro y la literatura, proveyéndose de obras diversas en una librería cercana. Transcurre su juventud tironeado por diversas inquietudes, que cultiva en reuniones que se realizan en la casa del artista Facio Hebecquer a dónde concurren pintores, grabadores y músicos. En esa época, devora a los escritores rusos y manifiesta simpatías anarquistas. Por entonces, escribe su primera obra de teatro.

Años después, en la década del ’20, irrumpe en el cancionero popular con algunas composiciones musicales que innovan en la temática del tango, al mismo tiempo que también incursiona en el teatro, como autor y como intérprete, manteniendo su compromiso con lo social.

Pero, diversas circunstancias se conjugan para que Discépolo haya quedado por mucho tiempo limitado al campo del tango y que inclusive para algunos, no haya pasado de “un letrista cargado de escepticismo” o para otros, de “un filósofo del tango con ribetes existencialistas”. Hoy, sin embargo, se puede avanzar con mayor profundidad en la calificación de su vida y de su obra. Para ello, es necesario recordar que en los años veinte, el mundo literario de la Argentina muestra dos grupos en pugna: por un lado, los escritores de Florida, nucleados en la revista “Martín Fierro”, exquisitos y vanguardistas, preocupados por la revolución, pero “en las imágenes”, visiblemente influenciados por los literatos franceses y enfrente, los de Boedo, escritores sociales, reunidos en torno a la revista “Claridad”, fervorosos seguidores de Dostoievski, Gorki y en general, de la literatura rusa. A pesar de que algunos han intentado diluir este enfrentamiento, basta revisar lo producido por uno y otro grupo, para captar las diferencias de escuelas y enfoques. Algunos críticos han señalado con acierto que mientras, para los “martinfierristas”, la literatura es un juego de metáforas y asombros, “los boedenses” buscan expresar al trabajador, al mundo de la fábrica y el arrabal, tal como aparece en Castelnuovo y otros. Sin embargo, el excesivo apego a la literatura rusa impide que Boedo florezca realmente como cultura nacional, expresiva no sólo del drama social sino del acontecer propio de estas tierras, con personajes que se manifiesten como hombres y mujeres de aquí y de esa época. Resulta entonces que en el teatro, en la misma época, el género llamado “grotesco criollo” logra expresar ese fenómeno, registrando la frustración del inmigrante tal cual la vivieron tantos y tantos que pretendían hacer “La América” en la Argentina: es el caso de las obras “Mateo”, “Stéfano”, “Mascaritas” y “El organito”.

La participación de Enrique Santos Discépolo en las mismas ha sido ignorada hasta hace unos años, adjudicándosele a su hermano Armando Discépolo la paternidad del “grotesco criollo”, pero últimamente se han aportado datos que permiten afirmar que “Mateo” es de Enrique y que en “Stefano”, Enrique tuvo una participación decisiva. Si a ello se agrega que “Mascaritas” lleva solamente la firma de Enrique y que “El organito” aparece firmado por ambos hermanos, debe reconocérselo a Enrique como el “creador del grotesco criollo”.

Si se correlacionan estas obras con los versos de las canciones que Enrique produce por entonces, se comprende que provienen de una misma mano. Asimismo, si se analizan las obras firmadas por Armando Discépolo, hasta que Enrique empieza a escribir y la curiosa circunstancia de que Armando deja de escribir teatro desde 1934, cuando se aleja de su hermano, hasta su muerte –en 1971- se reafirma la tesis.

Por tanto, hoy puede señalarse, con alto grado de seriedad, que el grotesco de los años veinte –que muestra la frustración del inmigrante- se integra a la literatura boedense, superándolo, y resulta el antecedente de la impresionante radiografía social de los años treinta, realizada por el mismo Enrique Santos Discépolo, a través de varios tangos (“Yira Yira”, “¿Qué sapa señor?”, “Tres Esperanzas”, “Quien más quien menos” y “Cambalache”).
Tanto en la década del ’20 como en la del ’30, mientras la mayoría de los escritores consagrados no registran, en sus poemas, cuentos y novelas, la dramática situación social de la Argentina, “Discepolín”, primero, desde el teatro, y luego, desde sus tangos, deja un testimonio implacable, expresando, como nadie en la Argentina, el sufrimiento y la desesperanza popular.

Con insólita sensibilidad social, el mismo autor que ha llevado al arte esos momentos de miseria y angustia, abandona tanto las obras teatrales grotescas, como el tango, cuando las mayorías populares emprenden un camino de ascenso a partir del 17 de octubre de 1945. Más aún, se compromete con esa caravana popular a través de un programa radial que se transmite en el invierno de 1951 –“Pienso y digo lo que pienso”- en el cual desarrolla una treintena de charlas tituladas “¿A mí me la vas a contar?”.

Hasta no hace mucho, la figura de Enrique S. Discépolo aparecía quebrada, fragmentada, incomprensible. El teatro, el tango y el compromiso político aparecían desencajados, sin articulación unos con otros. Ahora, es posible comprender su gran coherencia a través de los años y de las vicisitudes de la Argentina. Ahora, Discépolo es uno y mucho más importante que antes, porque palpita al unísono con las tristezas (en los ’20 y los ’30) y con las alegrías (en el ’50), de ese pueblo, con el cual simpatizaba el adolescente anarquista de Parque de los Patricios en 1919.

Entonces, se revelan las razones del odio de clase que se descarga sobre él, en la última época, acosándolo, acorralándolo. Un círculo de rencor, proveniente del más exacerbado antiperonismo, lo obliga a replegarse en su domicilio y lo conduce a una depresión aniquiladora. Robado como autor de teatro, reducido a “filósofo pesimista” como autor de tangos y calificado de “vendido” por su leal y generosa adhesión al peronismo, Enrique se va muriendo en su departamento de la Callao 765.

Fallece el 23 de diciembre de 1951. Ese día, “las chicas” del centro porteño –por él retratadas en “Esta noche me emborracho”- deciden no trabajar en homenaje al gran artista a quien como dijo Manzi, “le dolía como propia la cicatriz ajena”.

Fuente: NORBERTO GALASSO – LOS MALDITOS – VOLUMEN I – PÁGINA 265. Editorial Madres de Plaza de Mayo