Varela, Felipe

FELIPE VARELA (1821-1870)

La historia escolar no dedica atención alguna a Felipe Varela. Los pocos libros que lo menciona lo tachan de “facineroso”, expresión de “la barbarie”. Pero el folklore lo recuerda para sepultarlo históricamente: “Felipe Varela matando viene y se va”. No lo juzgan, pues, como un político, ni proviene de la dramática situación de los pueblos del noroeste, expoliados por la oligarquía porteña sino simplemente se trata de un facineroso o un sanguinario.

Felipe Varela nace, en 1821, en Huaycama, pueblecito del departamento de Valle Viejo, provincia de Catamarca. Su niñez y adolescencia transcurren en Catamarca y La Rioja. En 1840, contrae matrimonio y pasa a residir, con su esposa, en Guandacol.

En esa época, participa de la montonera liderada por Ángel Vicente Peñaloza, “El Chacho”, quien se insurrecciona contra Rosas, integrando la Coalición del Norte. Al ser derrotado por las fuerzas rosistas, El Chacho y Varela se exilian en Chile.

Entre 1840 y 1855, Varela integra el ejército chileno, llegando al grado de capitán. Se presume que en 1842 y 1845 acompaña a El Chacho en sus dos nuevas intentonas contra Rosas.

También se conjetura que allí, en Chile, toma contacto con Juan B. Alberdi y el sacerdote Castro Boedo, pues comparte su posición antiunitaria, antirrosista, antimitrista, urquicista y latinoamericana. Es decir, al igual que El Chacho, Varela sustenta un federalismo provinciano que reivindica el triunfo de Caseros sobre el centralismo porteño.

En 1855, reingresa al país para incorporarse al ejército de la Confederación Urquicista, en momentos en que Buenos Aires se halla segregada bajo la influencia del mitrismo. A fines del 55, es designado teniente coronel en el Regimiento número 7 de Caballería de Línea y enviado a Río Cuarto. Poco tiempo después, reside en Línea y enviado a Río Cuarto. Poco tiempo después, reside en La Rioja y luego le dan destino a San Juan.

Se cree que participa en 1859 en la batalla de Cepeda, donde Urquiza derrota a las fuerzas bonaerenses conducidas por Mitre. Poco después, al producirse el alzamiento liberal en San Juan, acompaña a Juan Saá en la misión de sofocar a los insurrectos. En setiembre de 1861, participa en las fuerzas de la Confederación al producirse el enfrentamiento con el ejército mitrista, en Pavón.

Producida la defección de Urquiza, en Pavón, Varela vuelve junto a El Chacho desempeñándose como jefe de policía en La Rioja.

Poco después, Mitre, ya encaramado en el poder, lanza la represión contra las provincias interiores, la casi totalidad de las cuales le son desafectas. El Chacho y Varela confían en que Urquiza insurreccionará al litoral contra la política de Mitre, pero el entrerriano promete sin intención de cumplir compromiso alguno. En junio de 1863, los montoneros son derrotados por Paunero y Sandes, en Las Playas. Varela, gravemente herido logra escapar. Ha convenido en encontrarse con El Chacho, en Jagüel, pero el 12 de noviembre de 1863 su jefe es asesinado y degollado, colgándose su cabeza de una pica en Olta. Sin fuerzas y sin recursos materiales para reorganizar la montonera, Varela vuelve a exiliarse, permaneciendo en Chile hasta mayo de 1865.

Allí, se vincula l comité de “Unión Americana” de Copiapó, donde refuerza su concepción en pro de la Patria Grande. Desde Chile, le escribe varias cartas a Urquiza, solicitándole recursos para reorganizar su fuerza y lo incita a ponerse a la cabeza del antimitrismo de todo el país, pero el general entrerriano calla. Finalmente, Varela decide viajar a Entre Ríos, en momentos en que estalla la guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay. Contrariamente a su esperanza, Urquiza declara que acompañará la decisión del presidente Mitre e intenta movilizar sus hombres, pero éstos se le rebelan en los desbandes de Basualdo y Toledo. Circulan versiones en el sentido de que Varela y López Jordán habrían incitado al gauchaje a desertar, pero no ha podido probarse esa imputación. Frente a la actitud de Urquiza, Varela decide, regresar a Chile.

Poco después, estalla la “revolución de los colorados” en Cuyo y entonces, el 9 de noviembre de 1866, cruza la cordillera con un pequeño contingente de 40 hombres. El 6 de diciembre lanza una proclama convocando a todas las huestes montoneras a sumarse “para defender el pabellón nacional… que ha sido vilmente enlodado por el general Mitre”. En esa proclama sostiene: “Los pueblos se conmovían, se agitaban tumultuosa pero sordamente, llorando su libertad perdida… El General Mitre, entre tanto, redoblaba su presión y su energía, infundiendo el terror y el pánico donde quiera, lanceando por centenares a ciudadanos pacíficos y cometiendo toda clase de excesos en las personas de aquellos que creía no partidarios de su política… Entonces, creí un deber mío, como soldado de la libertad, unir mis esfuerzos a los de mis compatriotas, invitándolos a empuñar la espada para combatir el tirano… Basta de víctimas inmoladas al capricho de mandones sin ley, sin corazón y sin conciencia. Cincuenta mil víctimas hermanas, sacrificadas sin causa justificable, dan testimonio flagrante de la triste e insoportable situación que atravesamos. ¡Atrás los usurpadores de las rentas y derechos de las provincias!… ¡Soldados federales! Nuestro programa es la práctica de la constitución jurada, el orden común, la paz y la amistad con el Paraguay y la unión con las demás repúblicas americanas”.

La revolución de los colorados logra mantenerse durante unos meses, pero el primero de abril de 1867 las fuerzas de Juan Saá y Juan de Dios Videla son derrotadas en el paso de San Ignacio. Por su parte, Varela, dispuesto a enfrentar a las fuerzas mitristas lideradas por Taboada, dirige sus fuerzas a la estancia Las Mesillas, donde le han informado que encontrará agua suficiente para refrescar a su tropa y a sus caballos, pero la información es falsa y no tiene otra alternativa que dar combate, con hombres insolados y caballos sedientos, contra fuerzas mucho mayores de las que él ha calculado. Ese fatídico 10 de abril de 1867, el caudillo montonero es derrotado en Pozo de Vargas. La tradición popular recuerda ese hecho, de este modo:

Vidita de mi vida
Pozo de Vargas
la guerra se ha perdido
por falta de agua.

O mejor aún, explicando la diferencia de armamento:

Lanzas contra fusiles
pobre Varela
qué bien pelean sus tropas
en la humareda.

La tradición oral recoge asimismo este recuerdo: una bandera roja y blanca, rasgada y manchada de sangre, queda sobre el campo de batalla: “¡Federación o muerte! ¡Viva el General Urquiza! ¡Mueran los negreros que la combaten! ¡Viva la Unión Americana!.”

Derrotado, Varela repliega sus fuerzas, pero sin embargo, al poco tiempo logra reorganizarlas y en agosto de 1867 reaparece nuevamente, provocando la ira de Mitre quien protesta ante Chile y Bolivia por los apoyos dados al caudillo catamarqueño de la Unión Americana.

Varela por su parte, derrota al coronel José Frías y logra sitiar Salta. Antes de entrar en la ciudad, “el facineroso y snagriento” Varela intima al gobernador Sixto Ovejero para que se rinda evitando la lucha dentro de la ciudad que provocaría muchas víctimas. El gobernador se niega y el 10 de octubre de 1867, Varela y sus fuerzas ingresan en la ciudad, naciendo así la leyenda negra de la toma de Salta:

Mañana del 10 de octubre
de sangre por culpa de él

Ante fuerzas mayores que lo cercan, Varela se retira a Jujuy y desde allí ingresa a territorio boliviano. Solicita asilo: “Le hablo a usted con la claridad del hombre que defiende los derechos de Sud América…” Pero, poco después, este caudillo, casi sin recursos y con apenas 200 hombres, vuelve a la lucha: el primero de enero de 1868 lanza un nuevo Manifiesto donde se define “como todo argentino de corazón y sobre todo los que no somos hijos de la capital, que hemos estado siempre del lado del Paraguay en la guerra que por debilitarnos, por desarmarnos, por arruinarnos, le ha llevado Mitre a fuerza de intrigas y de infamias contra la voluntad de toda la nación entera, a excepción de la egoísta Buenos Aires”.

La montonera derrotada reaparece una y otra vez, como por milagro, pues el apoyo popular la reorganiza cuando se dispersa y le infunde nuevos bríos ante las derrotas.

Pero el 12 de enero de 1869, Varela es derrotado por las fuerzas centralistas al mando de Pedro Corvalán en Salinas de Pastos Grandes… debiendo regresar a Bolivia. Luego pasa Chile y desde Copiapó le escribe a su compañera: “Nada puedo mandar, dispénseme, estoy pobre, no se agravien conmigo…”

Ya está tomado por la tuberculosis. Su salud decae. Los últimos meses permanece postrado, casi sin recursos.
El 7 de junio de 1870 fallece. Al día siguiente, es enterrado en el cementerio de Tierra Amarilla, pequeña aldea cercana a Copiapó, en el norte chileno. El cónsul argentino en esa ciudad, le comunica al embajador: “Este caudillo de triste memoria para la república ha muerto en la última miseria, legando solo sus fatales antecedentes a su desgraciada familia”. Los textos escolares y las canciones folklóricas bendecidos por la clase dominante, harán el resto.

Fuente: NORBERTO GALASSO – LOS MALDITOS – TOMO II – PÁGINA 232. Ediciones Madres de Plaza de Mayo