López Jordán, Ricardo

RICARDO LÓPEZ JORDÁN (1822 – 1889)

Último de los grandes caudillos federales argentinos. Había nacido el 30 de agosto de 1822, en Paysandú, ciudad de la Banda Oriental. A los 19 años, se incorporó a la milicia de Entre Ríos como miembro de la escolta personal de Urquiza. En 1843, participa en Arroyo Grande, bajo las órdenes de Oribe. En 1847, participa en Vences, uniendo su suerte decididamente a la de Justo José de Urquiza, en quien confía como gran caudillo nacional. Por ello, participa en Caseros, el 3 de febrero de 1852, alcanzando el grado de sargento mayor de caballería.

En 1858, fue diputado por Paraná al Congreso de la Confederación. En 1859, tuvo una brillante actuación en la batalla de Cepeda, pues dirigiendo una columna de las tropas de la Confederación, puso en dispersión a la caballería de Mitre. Sin embargo, dos años después, tanto él como el resto de los jefes del ejército de la Confederación debieron asistir, con perplejidad e indignación, a la orden de retirada ordenada por Urquiza, dejándole el campo libre a Mitre, quien se convierte en el triunfador de Pavón, lo cual lo conduce al poder, en 1862. En 1864, López Jordán disputa con amplio apoyo la gobernación de su provincia, pero Urquiza lo veta y logra instalar a un candidato títere, Don Justo ya está abandonando sus ímpetus de otrora y sólo piensa en ganar dinero: de caudillo federal se va convirtiendo, como señala Jauretche, en empresario. A ello se debe la traición de Pavón, como así también posteriormente las sucesivas traiciones al Chacho Peñaloza y a Felipe Varela, a quienes deja a merced del mitrismo, después de haberles reiterado su compromiso de apoyo. En 1865, procede de la misma manera con Solano López, incumpliendo sus promesas.
La historiografía liberal pretende que éstas políticas se hacían en aras de la “Unidad Nacional”, fronteras adentro de la Confederación. Uruguay y Paraguay eran y –debían seguir siendo-, territorio extranjero, según esta interpretación. Los Liberales siempre partieron de la base de ignorar la unidad latinoamericana.

López Jordán nunca transigió con las agresivas y nefastas políticas bonaerenses: guerreaba o se refugiaba en Uruguay o Brasil según los avatares de la lucha político-militar. En esas ocasiones tuvo siempre a su lado un militante de la causa federal provinciana, que lo asesoraba: José Hernández.

Su lealtad a Urquiza era ya insostenible para 1870. Así, el 11 de abril de ese año estalla en Entre Ríos la revolución liderada por López Jordán, contra el predominio de Urquiza:

“A las armas, compañeros,
nos llama otra vez Jordán.
No más comer ese pan
amargo del extranjero.”

Una partida de jordanistas, al mando de Simón Luengo, ingresa al Palacio San José y da muerte a Urquiza. A pesar de que los amigos de Urquiza culpan a López Jordán, los jefes que lo apoyan aseguran que no hubo orden de ajusticiarlo y que esa decisión la tomó por sí el chachista Luengo. La Legislatura entrerriana se reunió para designar nuevo gobernador, y López Jordán, por supuesto ganó por unanimidad. Asumió y condenó el hecho, pero no logró frenar la intervención federal del Presidente Sarmiento.

De inmediato, la armada y ejército nacionales invaden los puertos provinciales y los fusiles Rémington y ametralladoras Krupp (prusianas) avanzaron, pero se encontraron con dificultades para derrotar al auténtico federalismo de la República Argentina. El único apoyo que Jordán conseguía era el brasileño, pero esto deslegitimaba sus banderas nacionales. Finalmente, sin embargo, es derrotado en Ñaembé, en enero de 1871. En 1876, vuelve a invadir Entre Ríos, pero es derrotado nuevamente y esta vez es detenido. Sin embargo, logra fugar de la cárcel, en 1878 y otra vez marcha a Uruguay. Recién, en 1888, el gobierno de Juárez Celman decreta una amplia amnistía que le permite regresar a la patria. Pero el 22 de junio de 1889, cuando iba a tramitar su reingreso al Ejército es asesinado en la calle Esmeralda, entre Lavalle y Tucumán, por Aurelio Casas, hijo de Zenón Casas, a quien López Jordán habría hecho degollar, en 1873. Así desaparece el último de los caudillos federales y montoneros, probablemente uno de los más lúcidos, según puede apreciarse en este fragmento de una de sus proclamas: “Después de aquella aurora del 25 de mayo de 1810, principió a levantar la cabeza una oligarquía tiránica. Era el sistema unitario en su más refinado espíritu de absolutismo que (…) burlaba el pensamiento republicano de 1810 (…) Dominadas las provincias por el perjuro unitarismo, Buenos Aires ha jugado el triste rol de vampiro y la piedra del escándalo de sus hermanas. Tal es el crimen de ese partido abominable (…) Perpetuado el sistema colonial, allanaba Buenos Aires con la miseria y el atraso de sus víctimas, el camino de la conquista (…) Con el mismo fin, cerró los ríos a la navegación, no quedando habilitado sino el puerto de buenos aires (…) El fondo de esa política unitaria, astuta y devoradora permanecía el mismo. La nación, presa de groseras insidias y demoras, continuaba convertida en un miserable rebaño con un lobo insaciable por pastor (…) Las provincias creyeron que su situación iba a cambiar un año después de vencido el unitarismo en Rosas cuando todas, en paz y libertad, juraron solemnemente la sabia constitución de 1853… Pero nuevamente se vieron burladas por la fusión funesta de 1859 y 1861 (…) En ese año, el Gral. Urquiza, jefe de los ejércitos de la Confederación, les concedió el triunfo y con él la República maniatada… La República pasó a ser una bacanal sacrílega e impía sobre las tumbas humeantes de nuestros hermanos”. En la misma proclama, López Jordán habla de la “indisoluble Santa Confraternidad americana, última meta de esta jornada de gloria e inmortalidad” y también afirma lo siguiente: “Humildes obreros todos del porvenir argentino, que no agiten nuestro espíritu sino estas ideas: libertad, confraternidad y civilización”.

Fuente: PABLO GUSTAVO BRONSTEIN – LOS MALDITOS – Vol. II – Pág. 207 – Ediciones Madres Plaza de Mayo