Varsavsky, Oscar

OSCAR VARSAVSKY (1920 – 1976)

Nace en Buenos Aires, el 18 de enero de 1920. Concluido el ciclo de estudios secundarios en el “Mariano Acosta”, cursa Ciencias Exactas, Físicas y Naturales en la Universidad de Buenos Aires. En la época de la Segunda guerra Mundial, se capacita en Estados Unidos de Norteamérica y a su regreso al país, se desempeña en la empresa Phillips, por poco tiempo.

Su gran vocación científica lo impulsa a estudiar y reflexionar sobre los temas de su especialidad, manifestando siempre una propensión a enfoques originales y creativos. En los años cincuenta, es docente en la Facultad de Ciencias Exactas y trabaja en el Instituto de Matemáticas de la Universidad de Cuyo. En 1958, impulsa el proyecto de la creación del Instituto de Cálculo e integra la comisión nacional de Energía Atómica. Para capacitarse y adquirir experiencia, reside un tiempo en Venezuela. A su regreso, a partir de 1963, integra el consejo Directivo de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. En esa época, el Instituto de Cálculo le publica el “Modelo de Utopía” o “Modelo matemático de la utopía de Tomás Moro”, elaborado con Carlos Domingo. Por entonces, lanza su libro sobre “Álgebra para escuelas secundarias”. También, en colaboración con J. Aráoz Durand, publica “Estudio del aprovechamiento hidráulico de los ríos andinos por el método de modelos numéricos”.

En 1967, ya avanza decididamente en su proyecto de aplicar modelos matemáticos a las ciencias sociales, así como en su concepción de que la ciencia debe estar al servicio de los intereses nacionales y debe ser analizada desde esa perspectiva. Publica “Colonialismo Científico en las ciencias ‘duras’” y “La Matemática en las ciencias sociales”. Dos años después, escribe “Ciencia, política y cientificismo”, libro que lo conduce a duras polémicas con los defensores de una ciencia universal y abstracta, al margen del nivel de desarrollo de cada sociedad y de las necesidades de los pueblos. Allí hace un llamamiento a todos los científicos politizados para “que se liberen del culto a una ciencia adaptada a las necesidades de este sistema social y dediquen su talento a preparar científicamente su reemplazo por un sistema nuevo, con una ciencia nueva (…) La llamada ‘ciencia universal’ de hoy está tan adaptada a este sistema social como cualquier otra de sus característica culturales”. Agrega que “esta posición está emparentada con el constante llamamiento a ocuparse de los ‘problemas nacionales’ y a hacer ciencia aplicada o funcional, que muchos venimos haciendo –y a veces practicando- en la Universidad”. Asimismo sostiene que la mayoría de los científicos argentinos –aún los que se dicen de izquierda- creían fervorosamente en una imagen de la ciencia, sus valores, y su misión que podemos llamar ‘cientificismo’”. Son ellos, argumenta, quienes se desinteresan de los problemas nacionales, sin comprender que “en pocos campos, nuestra dependencia cultural es más notable que en éste y menos percibida”. “No advierten –agrega- que entre tantos éxitos logrados por ‘la ciencia’ no figura la supresión de la injusticia, la irracionalidad y demás lacras de este sistema social. En particular, no ha suprimido sino aumentado el peligro de suicidio de la especie por guerra total, explosión demográfica o, en el mejor de los casos, cristalización en un ‘mundo feliz’ tipo Huxley. Esta observación autoriza a cualquier a intentar la crítica global de nuestra ciencia. Algo debe andar mal en ella. La clásica respuesta es que esos no son problemas científicos: la ciencia daría instrumentos neutros y son las fuerzas políticas quienes deben usarlos justicieramente. Si no lo hacen, no es culpa de la ciencia. Esta respuesta es falsa: la ciencia actual no crea toda clase de instrumentos, sino solo aquellos que el sistema le estimula a crear… La distribución del esfuerzo científico está determinada por las necesidades del sistema. La sociedad actual dirigida por el hemisferio norte, tiene un estilo propio que hoy se está llamando ‘consumismo’”. En contraposición, propone: “La misión del científico rebelde es estudiar con toda seriedad y usando todas las armas de la ciencia, los problemas del cambio de sistema social, en todas sus etapas y en todos sus aspectos, teóricos y prácticos. Esto es, hacer ‘ciencia politizada’”. Lo cual significa, en definitiva, hacer ciencia verdadera, pues la que pasa por ‘universalista y apolítica, como bien sostiene Varsavsky, es aquella que sirve a las necesidades del capitalismo.

Hacia 1970/71, estrecha vínculos con estudiosos de la CEPAL y consolida su concepción acerca de la posibilidad de proyectos nacionales.

En 1972, publica “Hacia una política científica nacional”. Allí sostiene que “la ciencia actual mundial es ideológica y que, en general, cada tipo de sociedad requiere un estilo de ciencia propio, diferente por su contenido, sus problemas prioritarios, sus métodos de investigación y sus criterios prácticos de verdad. La autonomía científica resulta una consecuencia y un requisito, de proponerse cumplir un proyecto nacional propio, no copiado de ningún modelo en boga”. Eso es –recalca- “una independencia cultural, no provincialismo, ni aislacionismo”. Agrega que “la enorme mayoría de las investigaciones científicas y de los desarrollos tecnológicos de los últimos 15 a 20 años son inútiles e inclusive contraproducentes para los primeros 15 o 20 años de construcción de un socialismo nacional creativo, en un país como la Argentina”.

De esta manera, asumiendo la bandera del “socialismo nacional” –que se agita en esas calles de 1972- insiste: “Nuestra ciencia es subdesarrollada, sí, pero no porque no haya alcanzado el nivel norteamericano, sino porque es insuficiente para ayudarnos a construir la sociedad que deseamos”, porque “no cualquier estilo científico será compatible con un estilo de sociedad determinada”. Porque –insiste- “lo que interesa no es la cantidad de ciencia, sino su valor social”. Plantea así “la posibilidad y necesidad de una ciencia nacional, parte de un cultura nacional”, oponiéndose a la tesis de la universalidad de la ciencia. Insiste en que “la ciencia actual es universal sólo porque responde a un tipo de sociedad que domina casi todo el mundo: la sociedad de consumo, individualista, competitiva, burocratizada”. “La ciencia médica –sostiene- se dedica, por ejemplo, mucho menos al sanitarismo y a las medidas sociales de prevención –peligrosas políticamente porque implican ocuparse de la nutrición, vivienda y condiciones para un desarrollo mental adecuado- y mucho más a las ramas caras y sofisticadas de la gerontología, cirugía estética, psicoanálisis, órganos artificiales, para quienes pueden pagar”. Señala que del mismo modo, “para l educación se proponen satélites, circuitos cerrados de TV, computadoras, evaluaciones por ‘múltiple choice’ pero sus inmensos problemas de contenido y cubrimiento ni se tocan. Para la salud nos ofrecen píldoras, inyecciones, marcapasos, corazones de plástico, pero todos olvidan cuidadosamente que un rico vive en promedio de 20 a 30 años más que un pobre. Así, el peligro de guerra se encara inventando más armas o defensas”. Argumenta asimismo acerca de “las fabulosas inversiones” dedicadas a las investigaciones espaciales, a la publicidad, a los estudios de marketing, al armamentismo, a la competitividad, donde el ingenio y el conocimiento y la labor creativa del hombre tienen como fin último garantizar el funcionamiento de un sistema donde la mayor parte de la sociedad está marginada, desnutrida, ajena a los beneficios que debería reportarle el progreso científico y tecnológico. Si la educación se convierte en negocio privado y el alumno, en cliente, organizándose sólo para el sector opulento de la sociedad, todos los avances y renovaciones en métodos de enseñanza, aparataje tecnológico, etc. sólo sirven para abrir aún más la brecha entre los sectores dominantes y los trabajadores. Si la ciencia médica crea especializaciones cada vez más fragmentadas, dirigidas a curar las enfermedades pues su negocio es que haya enfermos, ciertamente la medicina preventiva pasa a un lugar subalterno y no se adoptan las medidas para actuar sobre las causas de las enfermedades. La investigación científica en los países capitalistas desarrollados se coloca así al servicio de los intereses particulares, en una sociedad desigual, con fuerte competencia, donde se invierten altas sumas en diseños, campañas publicitarias, etc. de medicamentos diversos producidos con una misma droga”.

En ese mismo libros, sostiene que en países como el nuestro, existen tres caminos frente a esta cuestión: el sistema neocolonial (que toma como modelo a Estados Unidos, de dependencia cultural y económica, estímulo al individualismo, escasa participación popular, modernización refleja); el sistema desarrollista nacional (que propone una modernización activa, rápida, pero también refleja y con cierta tendencia al predominio del capital industrial nacional, con eje en la tasa de crecimiento, pero también tomando como modelo el del capitalismo norteamericano, con dependencia cultural total, proyecto al cual considera probablemente inviable) y en tercer lugar, el del Socialismo Nacional creativo (sociedad solidaria, con alta participación popular, igualitaria en la distribución de los bienes, sin consumo opulento, con economía planificada y socializada, con cultura nacional).

En sus últimos tres años de vida, Varsavsky publica: “Estilos tecnológicos”, “Marco histórico constructivo” e “Ideas básicas para una filosofía constructiva”.

Fallece el 17 de diciembre de 1976. Si bien deja discípulos y sus libros alcanzan difusión, los poderosos intereses se ocupan de urdir alrededor suyo una trama de silencio, lo mismo que respecto a sus ideas, molestas por demás, condenándolo así a la condición de “maldito”.

Fuente: Norberto Galasso, Los Malditos, Tomo II, pág. 435 – Ed. Madres de Plaza de Mayo


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