Carrillo, Ramón

RAMÓN CARRILLO (1906 – 1956)

Nace el 7 de marzo de 1906, en la ciudad de Santiago del Estero. Es hijo del profesor Ramón Carrillo, periodista, docente y tres veces diputado provincial y de María Salomé Gómez.

Cursa estudios primarios en la Escuela Normal Manuel Belgrano y luego de rendir como “libre” quinto y sexto grado, ingresa al Colegio Nacional de Santiago del Estero. En 1923, a los dieciséis años, egresa como bachiller con medalla de oro. En 1924, deja Santiago y se dirige a Buenos Aires y ese mismo año ingresa a la Facultad de ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires. Tres años más tarde, es designado por concurso practicante del Hospital Nacional de Clínicas. Se recibe de médico, en 1929, con medalla de oro, siendo su especialidad el campo de la cirugía del sistema nervioso.

Alterna, por esos años, su formación científica con su sólida formación humanista, cultural y política. Entabla una entrañable amistad con Homero Manzi. Políticamente abreva en el nacionalismo de la década del 30: advierte que somos un país cultural, mental y económicamente colonial.

En 1930, obtiene la Beca Universitaria de Buenos Aires, para perfeccionar sus estudios en París, Ámsterdam y Berlín, regresando a Buenos Aires, en 1933, en plena “década infame”, tomando conciencia del grado de dependencia cultural y tecnológica que soporta la Argentina.

A partir de 1939, se hace cargo del Servicio de Neurología y Neurocirugía del Hospital Militar Central. En el año 1942, queda vacante la cátedra de profesor titular de Neurocirugía de la Facultad de Ciencias Médicas porteña. Se llama a concurso y lo gana Carrillo. Tenía tan solo 36 años.

El 4 de junio de 1943 se produce la revolución militar que derroca el régimen conservador que presidía Castillo. En 1944, Carrillo conoce al coronel Juan Perón y acepta la oferta de este para colaborar con el gobierno militar en la planificación y organización de la política sanitaria. Allí empieza una asociación que durará diez años, entre Perón y Carrillo.

Carrillo era un profesional y hasta se podría decir un científico que entra en la política. ¿Cómo se maneja? Él, que nunca había hecho política en el sentido partidario, tenía un intuitivo don político que utilizó para llevar adelante sus planes.

El 23 de mayo de 1946, en acuerdo general de ministros, se crea la Secretaría de Salud Pública de la Nación, con rango de ministerio, en reemplazo del viejo y obsoleto Departamento Nacional de Higiene. El 29 de mayo, es designado secretario el doctor Carrillo, y es confirmado el 4 de junio, al asumir la presidencia constitucional de la Nación el coronel Juan Domingo Perón. Posteriormente, la Secretaría se transforma en el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social de la Nación: su nueva denominación implicaba que, junto a funciones de atención médica y sanitaria, se incorporaban otras de asistencia y ayuda comunitaria.

Hasta ese momento, la medicina era considerada tradicionalmente como una profesión y actividad privada, destinada al enfermo individual. El país presentaba un estado sanitario deplorable. La mortalidad infantil alcanzaba índices similares a los que se registraban en los países europeos en guerra. La tuberculosis, el paludismo, la fiebre amarilla y la enfermedad de Chagas, extendidos en amplias regiones y sectores de la población, eran enfermedades endémicas no afrontadas social y sistemáticamente. Cinco leprosarios aislaban sólo a la décima parte de los afectados. Los enfermos mentales sobrevivían recluidos y hacinados en establecimientos anacrónicos.

Al hacerse cargo de la Secretaría, decidió revertir esta situación. Trabajó en ello, incansablemente, durante ocho años coronando con éxito su propósito. Sus ideas y principios acerca de la salud pública se insertaban en la doctrina social y humanista del justicialismo, de inspiración cristina. “… Los médicos debemos pensar socialmente…”

Ya en el Ministerio define inicialmente las tres grandes áreas de la actividad ministerial: “La medicina asistencial tiende a resolver el problema individual cuando se ha planteado, es pasiva; la sanitaria es meramente defensiva, pues trata de proteger; la social es activa, dinámica, y debe ser necesariamente preventiva”.

Carrillo aborda, como tarea prioritaria, la necesidad de dotar a la Secretaría de bases organizativas, y con la ayuda de sus colaboradores, elabora el “Plan Analítico de Salud Pública”, un estudio, de cuatro mil páginas, que contempla e incluye los objetivos, principios y acciones de su ministerio.

Pero los logros más significativos y espectaculares de su gestión estuvieron vinculados con las campañas masivas de carácter nacional para erradicar enfermedades endémicas. El ejemplo mayor lo constituyó el paludismo, que diezmaba a la población del noreste del país. Esta enfermedad y su extinción era la obsesión de Carrillo y la de su compañero de equipo el Dr. Carlos Alberto Alvarado.

En tal sentido obtuvieron, en setiembre de 1948, la sanción de la ley 13.266, que otorgaba amplias facultades a Salud Pública para combatir las endemias. Luego echaron mano del DDT, un producto químico nuevo, inventado durante la guerra, que era un agente destructivo de mosquitos, de extraordinaria eficacia. Durante tres años, los agentes de Salud Pública trabajaron casa por casa, pulverizando, desinfectando, pintando paredes con una solución de DDT en la amplia zona afectada del país. El éxito fue fulminante; hasta 1946 se presumían aproximadamente 122.000 casos nuevos de paludismo por año; en 1955 solo se registraron 240. La enfermedad fue derrotada, en una acción que tuvo repercusión internacional.

Campañas similares se desarrollaron contra los brotes de fiebre amarilla en la frontera con Bolivia, las enfermedades venéreas, la tuberculosis, la viruela, el alastrim, la rabia….

Otro éxito notable fue el drástico descenso del índice de mortalidad infantil, que bajó del 90 por mil en 1940, al 56 por mil en 1955. Se debió no sólo a la acción sanitaria directa, instrumentada a través de la creación de miles de centros de protección materno-infantil, sino también (como lo destacaba el propio Carrillo), a una política social general que había elevado los índices de nutrición, higiene, bienestar y condiciones de vida, en un país que en 1946 tenía un tercio de su población subalimentada.

Junto a las campañas sanitarias masivas y urgentes, encaró un plan orgánico de construcciones y creación de servicios hospitalarios y de asistencia a la salud. En su “Teoría del Hospital” clasifica y describe las características de los establecimientos de salud, según su finalidad y especialización: los hospitales generales; los institutos especializados y una concepción novedosa fue la de la ciudad-hospital que consistía en un grupo de pabellones o unidades hospitalarias especializadas y técnicamente independientes, pero centralizados administrativamente, para optimizar eficiencia y reducir costos. Se comenzaron a construir siete unidades de este tipo que, después de 1955, fueron destinadas a otros fines.

No es fácil resumir el balance de la fecunda gestión de Carrillo, en Salud Pública, durante ocho años, pero como lo resumía Juan Perón al calificar la gestión de su funcionario. “Podrán morir argentinos por miseria fisiológica, pero ya no mueren más por miserias sociales…”

Renunciante al ministerio, el 15 de octubre de 1954 viaja a Estados Unidos, en busca de descanso y recuperación para su salud. Desde 1951 padece una enfermedad grave y progresiva: una hipertensión arterial maligna que lo obliga frecuentemente al reposo, debido a pertinaces e intensísimas cefaleas.

Reside en un barrio humilde de Nueva York, mientras intenta un tratamiento para su enfermedad. El año 1955 lo encuentra con dificultades económicas, a pesar de una serie de conferencias que dicta en la Universidad de Harvard para amenguar su afligente situación. Cuando le resulta imposible sostenerse en Nueva York, acepta un puesto de médico en la empresa minera norteamericana “Hanna Mineralization and Company”, que tenía una explotación a 150 kilómetros de la ciudad brasileña de Belem do Pará, cerca de la desembocadura del río Amazonas. Poco después, la empresa levanta campamento y él se ofrece entonces a trabajar en el hospital local. Le dicen que no hacen designaciones ni tienen partida para un médico más, por lo cual comienza a trabajar honorariamente. Al poco tiempo, los médicos del hospital se sorprenden del nivel científico del desconocido y piden informes a Río de Janeiro, acerca de este médico desconocido, sobresaliente profesional. Al conocerse su foja de servicios, su situación mejora en cuanto al reconocimiento profesional, aunque no en el aspecto económico.

Mientras tanto, en Buenos Aires, su gestión y su conducta son sometidas a las comisiones investigadoras creadas por el movimiento de 1955, fraguándose una acusación por ¡comercio ilegal de naftas! Se entera de que le han sido confiscadas sus dos propiedades, sus cuadros y sus libros. Sus hermanas Carmen y Antonia asumen su defensa, demuestran la legitimidad de su pequeño patrimonio. Sin embargo, sus bienes permanecerán interdictos durante diez años, como los de su esposa a pesar de ser bienes propios. Estos hechos lo derrumban moralmente.

El 6 de setiembre de 1956, le escribe a un amigo: “No sé cuánto tiempo más voy a vivir,… pero quiero nombrarte albacea de mi buen nombre y honor. Quiero que no dudes de mi honradez, pues puedes poner las manos en el fuego por mí. He vivido galgueando y si examinas mi declaración de bienes y mi presentación a la comisión, encontrarás la clave de muchas cosas. Vos mismo intuiste con certeza lo que pasaba en mí y me ofreciste unos pesos. Por pudor siempre oculté mis angustias económicas, pero nunca recurrí a ningún procedimiento ilícito, que estaba a mi alcance y no lo hice por congénita configuración moral y mental. Eran cosas que mi espíritu no podía superar. Ahora vivo en la mayor pobreza, mayor de la que nadie puede imaginar y sobrevivo gracias a la caridad de un amigo. Por orgullo no puedo exhibir mi miseria a nadie, ni a mi familia, pero sí a un hermano como vos, que conociéndome puedas comprenderme. No tengo la certeza de que algún día alcance a defenderme solo, pero, en todo caso, si yo desaparezco, queda mi obra y queda la verdad sobre mi gigantesco esfuerzo donde dejé mi vida. Esa obra debe ser reconocida y yo no puedo pasar a la historia como malversador y ladrón de nafta; a mí, poco a poco se me han cerrado todas las puertas y no pasa un día en que no reciba un golpe… He aceptado todo con la resignación que me es característica… Te pido que, llegado el caso, te hagas cargo de mi defensa y mi reivindicación moral, si yo no pudiera hacerlo por mí mismo”.

El 28 de noviembre de 1956 sufre una hemorragia cerebro-vascular, falleciendo el 20 de diciembre de 1956.
En el caso de Carrillo, el odio con que procede la clase dominante resulta insólito. No sólo silencia la obra realizada, no sólo ignora sus libros sino que decreta el exilio de su cadáver. Ante la intención de sus familiares de retornar sus restos al país, el gobierno de Aramburu lo prohíbe y recién lo autorizan, en 1972, bajo el gobierno de Lanusse.

“La cultura y la ciencia de los argentinos –sostiene Fermín Chávez- están en déficit con la vida y obra de Ramón Carrillo”.

Fuente: RICARDO ALBERTO LOPA – LOS MALDITOS – VOLUMEN II – PÁGINA 425. Ediciones Madres de Plaza de Mayo