LA RABIA JUSTA – Por Mara Espasande

De ella se dijo que era una resentida, que su infancia en la pobreza la había llenado de odio. Hija bastarda, pobre y pueblerina signaron -según esta mirada- su carácter y personalidad. La vehemencia de sus discursos, la pasión con la que hablaba y actuaba, los insultos hacia la oligarquía cipaya, los vendepatria, los agentes del imperialismo, pueden ser tomados como expresión de este sentimiento hostil. Enfrentaba y denunciaba al enemigo en sus acciones pero también en sus palabras: los responsables de la miseria y la explotación del pueblo tenían nombre y apellido y ella les advertía que serían tratados como enemigos del pueblo y por tanto de la Patria. Frases como “…sobre la ceniza de los traidores, construiremos la patria de los humildes”, o “…nosotros no nos vamos a dejar aplastar jamás por la bosta oligárquica y traidora de los vendepatria que han explotado a la clase trabajadora; porque nosotros no nos vamos a dejar explotar jamás por los que, vendidos por cuatro monedas, sirven a sus amos de las metrópolis extranjeras y entregan al pueblo de su patria con la misma tranquilidad con que han vendido el país y sus conciencias» son algunos ejemplos del ímpetu del discurso de Eva.

Ahora bien, ¿era resentimiento, era odio? Paulo Freire, pedagogo brasileño, propone un concepto que puede resultar de utilidad para repensar los sentimientos que impulsan a los hombres a actuar, en particular a los hombres y mujeres dedicados a la militancia. Freire reivindica la acción de rabiar y propone distinguir entre la rabia que destruye y la rabia justa, aquella que es motor de cambio: “…es la rabia que protesta contra las injusticias, contra la deslealtad, contra el desamor, contra la explotación y la violencia…”, en palabras del educador. No es odiar, no es rabiar por rabiar, es expresión del dolor por el sufrimiento del pueblo y bronca contra la impunidad de sus responsables.

El desprecio de la oligarquía se observaba en aquella época hasta en los nombres con los cuales se llamaba a los trabajadores. Eran considerados «ciudadanos de segunda». La clase alta se refería a ellos en términos despectivos como «la chusma», «la negrada», «los cabecita negra», los «grasas», «los descamisados». En sus discursos Evita se apropia de estos conceptos reivindicando lo que hasta el momento era un insulto: no tener camisa, usar traje de fajina o tener grasa en la ropa, símbolos de ser trabajador, que lejos de un agravio, era un orgullo.

El conflicto, la lucha, la pelea, no nace por Eva, por el contrario ella es expresión de ese conflicto entre la patria y el imperialismo, entre capitalistas y trabajadores. Eva reconocía el conflicto social y sabía que en una sociedad injusta no se podía alcanzar la felicidad del pueblo: “No puede haber amor donde hay explotadores y explotados, donde las oligarquías dominantes llenas de privilegios y pueblos desposeídos y miserables, porque nunca los explotadores pudieron ser ni sentirse hermanos de sus explotados y ninguna oligarquía pudo darse con ningún pueblo el abrazo sincero de la fraternidad”.

El amor era para ella una construcción colectiva que se lograría de la mano de la justicia social. El compromiso, la lucha y la militancia son resultado de la conciencia de los derechos violados que necesariamente generan rabia, al decir de Freire, rabia justa. No puede haber amor y justicia sin antes sentir, vivir y asumir la rabia justa. La indignación por la pobreza, por la miseria, por la explotación del pueblo. Eva es ejemplo de esto. Esa rabia que lejos del resentimiento, rencor u odio, fue motor de su amor hacia el pueblo y hacia los “descamisados”, que la llevó al compromiso radical con el peronismo por considerar que era la vía para transformar la realidad y lograr la felicidad del pueblo.

Por Mara Espasande. Directora del Centro de Estudios de Integración Latinoamericana Manuel Ugarte de la Universidad de Lanús

Fuente: Facebook Centro Ugarte UNLa

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