Milei y Villarruel: los verdugos del pueblo contraatacan – Por Carlos Avondoglio

Advertencia del autor: este texto no esconde sus cartas; es un llamado a votar a Sergio Massa para evitar una tragedia nacional. Comprometemos al lector y a la lectora, sea cual sea su posición, a llegar hasta el final de las “razones urgentes”. Quienes arribados a ese punto aún se sientan motivados, pueden seguir con las “razones de fondo”.

Los pueblos aman la libertad, pero exigen que su primera manifestación, la primaria, sea la de la libertad nacional… todo el proceso de nuestra historia no es otra cosa que una lucha entre la libertad nacional, es decir la independencia económica y los agentes externos e internos que, en nombre de la libertad, quieren ponernos en condición de dependencia.
Arturo Jauretche

A esta altura del partido nadie ignora el rebote fulminante que un eventual triunfo de Javier Milei tendría sobre el conjunto de los argentinos. Con una larga experiencia a cuestas, nuestro pueblo no precisa de grandes abstracciones ni de complejas formulaciones teóricas para detectar un peligro evidente como el que entrañan las disparatadas ideas del candidato de La Libertad Avanza. Superado el encandilamiento fugaz que en tiempos de crisis suelen provocar ciertas figuras estrafalarias o —como está de moda decir— mesiánicas, la formidable intuición popular no tarda en desenmascarar a esos flautistas de Hamelín que, mientras con una mano ofrecen soluciones mágicas (la dolarización sin dólares), con la otra tienden una trampa mortal: la liquidación definitiva de la Argentina productiva y la entrega total de su soberanía.

En el futuro, los argentinos seguiremos debatiendo los temas desarrollados en la segunda parte de este texto. Pero para que esas discusiones tengan lugar en un ambiente de mínima concordia, es imprescindible frenar en seco el avance del liberalismo-libertario este 19 de noviembre. Y el único modo de lograrlo es votando a Sergio Massa—lo que de ninguna manera implica otorgarle un cheque en blanco ni resignarse a que todo siga como está.

Ahora bien, aunque no son tantos los que desconocen el desastre que puede representar un triunfo de Milei, lo cierto es que todavía subsisten algunos nubarrones en el horizonte que es necesario disipar. Veamos.

Razones urgentes

Primera

Si Milei llega a hacerse con la presidencia de la Nación, es cantado que eso que algunos llaman “grieta” alcanzará profundidades inimaginables. Quien ha hecho de la agresión y de la intolerancia un estilo, no puede más que inundar el país de caos y violencia. Tan es así que, por estas horas, el candidato libertario está haciendo un esfuerzo descomunal para dominar sus instintos. Y tal es el empeño que pone en reprimirse, que hemos visto palidecer el brillo y la autenticidad que le ganaron cierta popularidad a pesar de lo exótico de sus ideas.

Pero a no engañarse: aquí no estamos hablando de amenazas e insultos en redes sociales ni de exabruptos en los estudios de TV; tampoco de la exasperación entre dos vecinos que comparten un ascensor. Hablamos de un nuevo tiempo caracterizado por la violencia social y política donde el derramamiento de sangre entre argentinos puede volver a ser moneda corriente, y no precisamente porque lo quieran aquellos que llaman a la cordura mientras otros dejan fluir el deseo de aniquilar al adversario.

Por estos días, estamos presenciando atónitos la liviandad con la que el club de los nostálgicos del Falcon verde salen de sus escondites, ilusionados con la posibilidad de que una de las suyas, Victoria Villarruel, alcance la vicepresidencia y vuelva a patrullar las calles a la caza de todo aquel que se anime a alzar la voz contra el régimen de la libertad.

Segunda

El argumento expuesto aquí arriba debería bastar para correr a un segundo plano la controversia sobre las descabelladas propuestas económicas de los libertarios. Aun así, no es ocioso repetirlo: sus ideas no son para nada nuevas. En todo caso, ellas plantean llevar hasta el absurdo programas económicos que los argentinos conocemos de sobra. La debacle nacional sobre la que tanto se discute no empezó hace 100 ni hace 70 años, como reza la mayor de las zonceras liberales, comenzó cuando Martínez de Hoz (ministro de Hacienda de la última dictadura) puso en marcha un plan económico basado en los mismos principios que hoy Milei oferta como novedosos. A partir de la entronización de la timba financiera y la libre importación, este plan barrió con la industria local, multiplicó la deuda por seis y, una vez en democracia, sirvió de horma para los gobiernos de Menem y Cavallo (por quienes Milei tiene una confesa admiración)(2), De la Rúa y Macri (3). Quien dude de esta cartografía histórica, puede hacer el sencillo ejercicio de comparar los lineamientos básicos que guiaron la acción de gobierno de cada uno de estos personajes con las iniciativas que figuran en la plataforma de La Libertad Avanza. 

Fuente: CELAG.

Para muchos, Milei no va a hacer lo que dijo que iba a hacer. Para otros, si lo hace y explota todo, mejor, total no hay nada que perder.

A los primeros les aseguramos: el verdadero Milei es el que prometía privatizar hasta a la madre, no el que ahora finge demencia por indicación de sus nuevos socios. Este fanático que pareciera no conocer otra realidad que la que emana de sus libros, goza del respaldo de una parte del empresariado, de las fuerzas de seguridad y del extinto partido militar para llevar a la práctica ese fundamentalismo de mercado que, extrañamente, no se aplica en ningún lugar del mundo.

A los segundos les rogamos que lo piensen dos veces: no hay estallido ni reseteo económico que no haya destruido la vida de millones de compatriotas. Remontar los cráteres de miseria que esos colapsos producen suele llevar varias generaciones. Confiemos en la posibilidad de un repunte ordenado de la mano de Sergio Massa. Empujemos, construyamos y demandemos ese repunte, pero contengamos el impulso de arrojarnos a los brazos de los que solo pueden ofrecernos más caos y destrucción.

Frente a este panorama, el voto por Massa no es en defensa del peronismo, sino que es un voto en defensa de la convivencia democrática (4 )y del sostenimiento de un piso de racionalidad para construir la Argentina que necesitamos.

Tercera

¿Y por casa cómo andamos? En el orden económico, el desempeño del actual gobierno fue equívoco. Es cierto que consiguió poner en marcha la economía y el empleo (el famoso “se ve movimiento”) luego del derrumbe macrista y de la pandemia (5), pero no se animó a enfrentar a los especuladores que, con la suba permanente de precios, continuaron erosionando el ingreso popular y desquiciando la vida, el ánimo y la conciencia de los argentinos (6). Para ser del todo justos, en esta inflación galopante mucho tiene que ver también la restricción externa (carencia relativa de divisas típica de un país dependiente de desarrollo medio) que comenzó a hacerse notoria en 2012 y que la monumental deuda contraída por Macri agravó severamente, tanto por los compromisos insostenibles que su gobierno asumió con los acreedores privados entre 2016 y 2019 como por el rol de gendarme —con las consecuencias conocidas por todos— que la gestión de Cambiemos le otorgó al FMI al solicitar el préstamo más grande de la historia del organismo.

Fuente: Mirador de la Actualidad del Trabajo y la Economía (MATE).

Parafraseando a Ricardo Iorio, oficialismo y oposición se pueden reprochar mutuamente: “Milei existe por ustedes”. Aunque a nuestro juicio las culpas no se reparten de manera equitativa, pues fue la gestión de Macri la que nos introdujo en un laberinto del que, en todo caso, este gobierno no pudo o no supo sacarnos, es posible que haya algo de veracidad en el señalamiento recíproco. Milei es hijo de dos crisis: una crisis de ingresos y una fenomenal crisis de representación que abarca a todo el espectro político. Está donde está porque le puso nombre a algo que a los ojos de la gente ya existía: la casta. El problema es que para los libertarios solo existe una casta, la de los políticos. El blanco más fácil, después de todo. La casta económica que no ha parado de enriquecerse un solo minuto a costa del conjunto del pueblo pareciera ser invisible. A cambio de eso, nos juran que en el paraíso liberal los jóvenes también podrán enriquecerse… ¡pedaleando 12 horas diarias en sus bicicletas y pagando por su salud y su educación!

A propósito de lo anterior, cabe dejar algunos interrogantes sobre la mesa ¿más libertad necesitan las empresas como Arcor cuyos márgenes de ganancia engordan año tras año? ¿El problema de este país es la falta o el exceso de liberalismo económico? ¿No seríamos más libres si supiéramos qué entra y qué sale de nuestros puertos? ¿Nos hará más libres y más prósperos un presidente que idolatra a los contrabandistas que evaden miles de millones de dólares al año? En definitiva, ¿cuál es la casta que aprieta el nudo de esta democracia maniatada?

Facturación de Arcor en millones de USD. Fuente: web oficial de Arcor.

Dirigiéndonos al terreno político, nos encontramos con que el principal problema del actual gobierno estuvo dado por un fenomenal vacío de liderazgo. Alberto Fernández no fue un títere de Cristina (de lo contrario no se entendería la interna que los enfrentó —y consumió— durante cuatro años) pero tampoco quiso erigirse como el líder de esta etapa.

Esto último, precisamente, es lo que puede cambiar con Sergio Massa en caso de que el pueblo lo acompañe con su voto el próximo domingo. En efecto, Massa es capaz de reconstruir la ―hoy deshecha― autoridad presidencial, aspecto decisivo a la hora de enfrentar a los especuladores y al FMI, fortalecer la moneda y lograr un piso de estabilidad para una población exhausta. Y no, todo esto no lo puede hacer como ministro, sin contar con el decisivo respaldo de las urnas.

Alguien del otro lado de la pantalla apurará la pregunta: “¿Massa cumplirá con sus promesas de campaña? ¿En qué sentido usaría esa revitalizada autoridad?”. Imposible adivinarlo. Lo seguro es que la mezcla de terraplanismo económico, amateurismo, darwinismo social y crueldad que expresa su contrincante, no nos deja más alternativa que darle una chance; la última chance, está claro. Si las PASO de agosto expresaron un “voto bronca” y un “que se vayan todos” en cierta medida justificado, no podemos permitir que noviembre se convierta en un “que venga cualquiera”. Cuando salgamos de este largo túnel electoral, el gran pendiente que tenemos como pueblo seguirá estando ahí: organizarnos para recuperar el protagonismo político perdido. Nada más riesgoso que tomar al pie de la letra aquello de que “el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes”. Muchos están cansados de la política y la quieren bien, bien lejos. Los motivos abundan. Sin embargo, guste o no, la política es el único modo que tenemos de tramitar nuestro paso por el mundo; aquello que le da un marco a todas las otras cosas que valen la pena: familia, amigos, proyectos. Tenemos el deber de hacer de la política una práctica multitudinaria, abierta, honorable. Y este desafío continuará vigente ocurra lo que ocurra el 19 de este mes. Lo seguro es que, con Sergio Massa en la presidencia, podremos intentar reconstruir nuestra vida en comunidad un poco más lejos de las llamas.

Razones de fondo

Originalmente, estas líneas fueron pensadas como un intento de refutación de los postulados del liberalismo-conservador en su versión más excéntrica y desinhibida: el libertarismo. Algo así como un Manual de zonceras liberal-libertarias, siguiendo la huella de don Arturo Jauretche. Si bien las urgencias de la hora no nos permitieron avanzar con ese proyecto, podemos aprovechar este espacio para realizar algunas puntualizaciones.

En primer lugar, constatar que todas las naciones que durante los últimos cinco siglos alcanzaron el estatus de potencia lo hicieron empleando recetas diametralmente opuestas a las que sugieren las fábulas anarco-capitalistas de Javier Milei. Es decir, los países cuyos resultados el candidato libertario promete imitar, lograron su éxito haciendo todo lo contrario de lo que éste profesa. Es un hecho que la construcción del poder de estos pueblos tuvo como origen una ruptura con la ideología de dominación —el liberalismo económico— y un eficaz impulso estatal, ya sea mediante subsidios, inversiones públicas, protección de la industria local, etc. (Gullo, M., 2014). De este modo, mientras que las propuestas libertarias no tienen anclaje empírico alguno puesto que jamás se han trasladado a la práctica, nuestra afirmación halla respaldo en el recorrido de todas aquellas naciones que integran o integraron el lote de las grandes potencias. Hagamos un poco de historia.

El desarrollo de la industria naviera que les permitió a España y Portugal lanzarse a la aventura oceánica estuvo financiado por sus respectivas coronas. La constitución de Gran Bretaña como “taller del mundo” y “señora de los mares” se debió a una sucesión de adelantos técnicos en la producción y el transporte (condensados en lo que se conoce como primera Revolución Industrial) que fueron posibles gracias a las medidas de fomento que venían teniendo lugar desde los tiempos de Isabel I. La independencia estadounidense trajo aparejada la ruptura del veto inglés a la industria norteamericana y el comienzo de una enorme expansión basada en el proteccionismo (los primeros pasos en materia de política arancelaria los dio el primer secretario del Tesoro, Alexander Hamilton), proceso que se consolidó con la imposición del norte industrial sobre el sur algodonero-exportador-esclavista en la Guerra de Secesión. Un ejemplo más reciente de esta dinámica lo dan los cuantiosos fondos públicos que en décadas pasadas financiaron las innovaciones sobre las que hoy se paran las corporaciones tecnológicas. No, esas compañías no se explican por el espíritu emprendedor de un puñado de jóvenes reunidos en el garaje de la casa de sus padres. Por detrás del “sueño americano”, se recorta casi siempre la sombra del Estado.

También podemos introducir en este rápido conteo el despertar nacional germánico. Bajo la influencia del economista Friedrich List (quien había visto los resultados positivos del proteccionismo en EEUU), los alemanes construyeron el Zollverein (unión aduanera) y la Seehandlung (una suerte de banco de fomento industrial), una extensa red ferroviaria y usinas tales como el Instituto Politécnico de Berlín, abocado a la difusión de las nuevas maquinarias para uso de la ascendiente burguesía. Todo esto le permitió a Alemania pasar de ser una desperdigada región rural a convertirse en el poderoso estado industrial que conocemos.

Podríamos agregar la Revolución Meiji que inició el proceso de planificación económica en el Japón del siglo XIX, o el “milagro japonés” de la segunda postguerra que solo fue posible gracias a la coordinación del Ministerio de Comercio Internacional y de la Industria; también debemos incluir los 14 planes quinquenales implementados por China tras la Revolución de 1949 que vinieron a romper el “Siglo de humillación” del gigante asiático y que hoy lo ubican en el podio de las economías globales y a la vanguardia de la producción, el comercio y la tecnología planetaria. Otro tanto podría decirse del papel del Estado en la estrategia de inserción internacional seguida por Corea del Sur, y ni que hablar del carácter mixto (público-privado) de las economías de los países nórdicos, signadas por una elevadísima presión fiscal sobre los sectores más pudientes. Sí, hablamos de Noruega, Suecia, Dinamarca, etc., aquellas naciones que suelen pelear la punta en los rankings de desarrollo humano y de felicidad. Es probable, entonces, que los ciudadanos de estos países tengan una gran sensación de libertad, y que esto no entre en contradicción con la fuerte presencia del Estado en el ordenamiento económico y social.

La lista sigue. Pero lo dicho hasta aquí es suficientemente elocuente para permitirnos suponer que en todos y cada uno de los modelos que funcionaron, la clave del éxito estuvo dada por el empuje del Estado. Lo que a menudo ocurre es que, tras alcanzar la cima a instancias del proteccionismo y el músculo estatal, las potencias le patean la escalera a los que vienen detrás y se convierten en propagandistas del libremercado (7). Es decir, los centros de poder global distribuyen en la periferia recetarios que no son los que ellos utilizaron para erigirse como tales. Esa propaganda fraudulenta (verdaderos espejitos de colores) es la que, en países como el nuestro, crea una cultura de la dependencia y a la larga da lugar a engendros tales como el libertarismo.

Que los argentinos hayamos tenido tantos avances y retrocesos en el camino del desenvolvimiento autónomo, planificado y con justicia social8, no significa que debamos abandonarlo. Este camino es el único que resiste el examen de la historia universal, y el que, por lo tanto, debemos seguir transitando.

Si de encontrar zonceras se trata, la más redonda es la que pinta a los libertarios como algo novedoso. Como deslizamos más arriba, el mileísmo es la última actualización de una vieja tradición que hunde sus raíces en el pasado más remoto del país9. Este sórdido linaje se inicia con el máximo representante del localismo porteño, Bernardino Rivadavia, continúa con el degollador de gauchos y genocida del pueblo paraguayo Bartolomé Mitre, deja su estela en los bombardeos del 55 y en los fusilamientos del 56, y termina con la ya aludida saga neoliberal: Martínez de Hoz, Menem, Cavallo, De la Rúa y Macri. 

Seguramente Milei no admitiría mirarse en el espejo de este itinerario. El dirigente libertario adscribe a una vertiente hiperbólica del liberalismo argentino que juzga como colectivistas ―y por lo tanto “socialistas”, “totalitarios”, “fracasados”― a todos los experimentos liberales que lo han antecedido, por más permisivos con el mercado que estos se hayan mostrado. Esta rama ultraortodoxa, absolutamente marginal hasta la aparición de Milei en la escena, tiene como emblemas a Álvaro Alsogaray y Alberto Benegas Lynch (padre) y su genealogía puede consultarse aquí. No obstante esto, como expusimos anteriormente, las propuestas de fondo de LLA guardan una enorme similitud con las medidas adoptadas por los distintos regímenes oligárquicos que se han sucedido en el poder a lo largo de los últimos dos siglos. En nuestro país el orden liberal ha sido la regla, no la excepción. La motosierra es su último truco. 

Pero la mitología libertaria no termina allí. Hay un libro de reciente aparición (Falacias libertarias de Guido Agostinelli) que se ocupa de desenredar la telaraña de sofismas que estos grupos han echado a rodar por las redes sociales. En la era del tik-tok y de las burbujas digitales, se vuelve crucial iluminar el carácter tramposo, lineal y simplista de los latiguillos liberal-conservadores de nuevo cuño. 

  • Para los epígonos criollos de la escuela austríaca y del libertarianismo estadounidense, la única forma legítima de adquirir propiedad es con la aplicación de trabajo a objetos sin dueño, y por donación o intercambio voluntario. Lo extraño es que, en paralelo con esto, sostengan el principio de “no agresión” cuando no hace falta ser un historiador avezado para saber que la agresión está en la base de la acumulación de propiedad a gran escala.
  • Mientras que el fundador de la economía clásica, Adam Smith, reconocía que la competencia perfecta no existía en los hechos y que los núcleos de poder económico representaban un problema que exigía regulación, los libertarios como Milei defienden la existencia de monopolios “naturales”.
  • Por otra parte, exclaman a los cuatro vientos que el capitalismo disminuyó drásticamente la pobreza en todo el mundo, pero lo cierto es que realizan un abordaje unidimensional de la pobreza, es decir, computando únicamente el ingreso y soslayando el resto de los factores que guardan incidencia (como el agua potable, las cloacas, etc.). A su vez, es engañoso juzgar la pobreza en términos absolutos y no relativos: hay menos pobreza que en tiempos de la esclavitud, pero si esa pobreza se mira a la luz de la riqueza que existe en nuestros días, no debería ser motivo de jactancia, al contrario. Por último, si para los libertarios cualquier intervención del Estado es automáticamente considerada un despunte de socialismo, las mejoras observadas durante el capitalismo habrían tenido lugar gracias a la ideología socialista, ya que en mayor o menor grado el Estado interviene en todas partes.
  • La Argentina potencia que imaginan los libertarios fue una gigantesca estancia al servicio de Su Majestad británica. Los rankings de fines del siglo XIX donde la Argentina araña los primeros lugares, están construidos sobre una muestra de tan solo 45 países. Asimismo, la medición del PBI per-cápita no refleja la tremenda desigualdad que existía en la Argentina del Centenario (el Informe Bialet Massé de 1904 retrata las penosas condiciones que soportaba por entonces la familia trabajadora). Finalmente, un dato que termina de desmantelar la farsa es el que indica que el arancel promedio a las importaciones durante la etapa del modelo agroexportador era tres veces superior al actual. 
  • Para esta pandilla de aficionados, los países que más crecen son los que obtienen los mayores puntajes en el índice de libertad económica (ILE). Actualmente, el ILE está encabezado por Singapur (un país gobernado por una misma fuerza política desde hace 60 años, donde aún se realizan ejecuciones y donde el Estado es el mayor propietario de tierras), seguido de Suiza e Irlanda. Es decir, el podio está ocupado por tres paraísos fiscales. Por lo demás, las famosas “tasas chinas” hacen añicos su premisa: la República Popular ocupa el puesto 154 en el ILE y, desde que gobierna el Partido Comunista, pasó de ser el 11° país más pobre a ser la segunda potencia mundial, la expectativa de vida se duplicó y la alfabetización creció del 20 a casi el 98% de la población.
  • Vociferan, asimismo, que la única solución para nuestro país es pasarle la motosierra al Estado y liberar la importación y exportación de bienes y servicios. Mientras tanto, EEUU, la primera economía del mundo, encadena 20 años consecutivos de déficit fiscal (9), continúa haciendo uso de aranceles para socorrer a una industria menguada por los 20 años de deslocalización productiva y en 2022 lanzó un plan de inversión en infraestructura que sonrojaría al mismísimo Keynes.
  • Otro dato que incomoda al discurso libertario es la relación positiva que se da entre el gasto público y la creación de empleo formal. Ambas curvas crecen de manera pareja a partir de 2003, y caen recién con el macrismo, a pesar del “buen clima de negocios” imperante. Del mismo modo se comprueba una correlación directa entre la suba del gasto público y la disminución de la pobreza.

Podríamos continuar enumerando mitos ―por ejemplo aquel que sostiene que tenemos una presión fiscal asfixiante (10)― o podríamos exhibir las estadísticas que dan cuenta de lo que ocurre con la inseguridad en los países donde se libera la venta de armas. Pero no quisiéramos abrumar al lector, quien para este momento ya debe haberse formado una idea bastante acabada de la superficialidad de los planteos libertarios.

Antes de concluir, sí nos gustaría darle una vuelta de tuerca a la utilización que se hace del término “fascistas” para catalogar a Milei y su séquito. No porque estos no hagan gala de actitudes que ameriten ese epíteto, sino porque, dicho a secas, es una descripción renga. Esta turba de enardecidos panelistas, matones digitales, magnicidas “sueltos” y apologistas de la última dictadura cívico-militar se parecen más a lo que Helio Jaguaribe (1968) llamó “colonialfascistas”:

“La unión de la dependencia al exterior —económica, científico-tecnológica y militar— con la represión interna de las masas […] hacen de él políticamente un tipo especial de fascismo, que se distingue del europeo anterior a la segunda guerra mundial por el hecho de que su centro dinámico no es interno sino externo. […] La distinción entre esos dos tipos de fascismo reside en el hecho de que uno es autónomo y endógeno, al paso que el otro es dependiente y exógeno. Por ello, cabe designar este último como ‘colonialfascismo’”. [Negritas nuestras]

La revelación más palmaria de ese colonialismo la encontramos en las declaraciones de Diana Mondino, futura canciller de La Libertad Avanza, quien se mostró a favor de dejar el destino de nuestras Islas Malvinas en manos de sus actuales ocupantes, así como la fascinación que Milei siente por la criminal de guerra Margareth Thatcher, primera ministra inglesa que condujo al Reino Unido en el Conflicto del Atlántico Sur y que, violando la zona de exclusión marítima, ordenó el hundimiento del crucero ARA General Belgrano, cegando la vida de 323 argentinos (la mitad de nuestros caídos en la contienda). El único león con el que tiene familiaridad Milei es el del escudo de armas británico.

El reordenamiento de fuerzas de las últimas semanas ha vuelto más transparente el escenario. Lo que en pocos días enfrentamos en las urnas es el PUS de la Argentina: el Partido Único de la Semicolonia (11). El viejo frente librecambista, dispuesto a vender el país por monedas. Quiera nuestro pueblo que lo derrotemos de una vez y para siempre.

Notas

1) De hecho, desde que el mundo es mundo, los que incurren en el pecado de enarbolar la bandera de la justicia social siempre se han llevado la peor parte cuando de sangre se trata.

2 Tanta es la identificación de Milei con el menemismo, que este año sumó a sus equipos económicos a Roque Fernández y Carlos Rodríguez, ministro de Economía y secretario de Política Económica del segundo gobierno del riojano.

3 En su libro 15 años después, Martínez de Hoz cuenta que Friedrich von Hayek, una de las mayores referencias intelectuales del liberalismo, “le expresó su satisfacción por los lineamientos generales” del gobierno militar, pero que “era indispensable reducir aún más la inversión pública” (Agostinelli, 2023; p. 120). Antes de 1975, la brecha entre el 10% más rico y el 10% de la población era de 12 veces; en 2004, luego tres décadas de ajuste neoliberal, era de 29 veces (Dellatorre y Restivo, 2016; tomado de Agostinelli, Op. Cit.).

Tenemos perfectamente claro el carácter dependiente de nuestra democracia y la necesidad de recrear canales de participación popular. Pero también creemos, en sintonía con lo reflexionado por Envar El Kadri y Jorge Rulli en Diálogos en el exilio, que una de las lecciones del trauma del 76 es la de no desdeñar la democracia que tenemos, por más ficcional que esta luzca. La experiencia de esos años de terror, hicieron de la democracia y los derechos humanos banderas ya no tácticas, sino estratégicas. Así y todo, es cada vez más imperioso construir una democracia participativa que le dé sustento a un proyecto de democracia económica. De lo contrario, no habrá democracia formal que aguante el malestar de las masas; malestar que, como estamos atestiguando, no necesariamente crecerá “por izquierda”. Indudablemente, esa democratización de la economía nos arrastrará hacia conflictos a los que, en todo caso, habrá que contraponerles nuevos consensos (pero consensos entendidos como “equilibrios dinámicos”, no como mera disposición a la contemplación y al acuerdismo).

5 Mientras que con Macri la economía se contrajo 4.5%, con el actual gobierno creció 7.3%. En cuanto al empleo, durante el gobierno de Cambiemos se destruyeron 220.000 puestos de trabajo registrados, en tanto que con este se crearon 330.000.

6 Siempre, pero siempre, las capitulaciones se pagan con más dependencia.

7 En Proza de hacha y tiza, Jauretche cita un testimonio revelador a este respecto. Son palabras del general del Ejército de la Unión y 18º presidente norteamericano, Ulysses Grant: “Señores, durante siglos Inglaterra ha usado el proteccionismo, lo ha llevado hasta sus extremos y le ha dado resultados satisfactorios. No hay duda alguna que ese sistema debe su actual poderío. Después de esos dos siglos, Inglaterra ha creído conveniente adoptar el librecambio por considerar que ya la protección no le puede dar nada”. “Pues bien, señores, el conocimiento de mi patria me hace creer que dentro de doscientos años, cuando Norteamérica haya obtenido del régimen protector lo que este pueda darle, adoptará libremente el librecambio”.

8 Vale la pena preguntarse dónde estaríamos hoy si en 1955 el peronismo no hubiese sido interrumpido por un sangriento golpe de estado a mitad de su segundo plan quinquenal.

9 Según el FMI, 140 sobre 181 países tuvieron déficit fiscal en 2022.

10 La presión fiscal en Dinamarca es cercana al 50%, mientras que en nuestro país está alrededor del 30%. En el país nórdico los impuestos progresivos (los que recaen sobre los más ricos) representan el 68,7% de la recaudación total, aquí el 38,8%.

11 A diferencia de una colonia donde un pueblo es sometido por otro a través de la dominación directa, una semicolonia posee los atributos formales de la soberanía, pero sufre una dominación indirecta a través de la cultura y la economía.

Bibliografía

  • Agostinelli, Guido. Falacias libertarias. Cómo evitar caer en la estafa de moda. Buenos Aires: CICCUS, 2023.
  • Galasso, Norberto. Historia de la Argentina. Buenos Aires: Colihue, 2011.
  • Gullo, Marcelo. La insubordinación fundante. Buenos Aires: Biblos, 2014.
  • Jaguaribe. Helio. Brasil: un análisis político. Desarrollo Económico vol. 8, No. 30-31, jul.-dic. 1968.

Por Carlos Avondoglio. Integrante del CEMO

Fuente: Radio Gráfica

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