Apuntes demasiado breves para recordar a un grande: FERMÍN CHÁVEZ. La pasión por la historia anclada en el presente – Por Gabriel Fernández

Fermín eligió el Sur porteño para radicarse. Nos encontrábamos en la Plaza Dorrego: al revisar libros viejos conversábamos de las vicisitudes políticas. Las charlas eran amenas e irregulares. La ultra actualidad resultaba quebrada por algún hallazgo; “mirá lo que hay acá” decía sonriente y enarbolaba alguna edición inhallable –hasta entonces- de los Cuadernos de Forja. El sentir nacional lo atravesaba y la pasión por la historia lo guiaba.

Había nacido en Nogoyá, Entre Ríos. Arrancó sus estudios superiores en Córdoba y los desplegó en esta Capital. Se adentró en Filosofía, Derecho Canónico, Arqueología… y para sorpresa de algunos lectores añadimos: en hebreo antiguo. Este último aprendizaje lo concretó en Cuzco. Ahora bien, semejante formación lejos de derivar en altanera erudición, lo llevó a valorar en profundidad las creaciones populares. El Pensamiento Nacional argentino y las creencias y visiones de la gente que lo rodeaba.

Fermín Chávez tuvo un disparador apreciable: su padre, radical yrigoyenista, le abrió el sendero para sentir como propias aquellas instancias masivas e irregulares que la intelectualidad de su período calificó despectivamente como “política criolla”. Así, a poco de emerger la nueva instancia del movimiento nacional, se sumó con pasión. Se acercó a Evita, dialogó con ella sobre temas variados, aportó como pudo al camino de crecimiento impulsado sobre toda la Nación.

Empezó en el periodismo sobre 1947, en Tribuna. Luego, andando el tiempo, participó de las redacciones de Latitud 34, El Líder y Democracia; en los diarios La Capital, de Rosario; La Opinión; Mayoría y Clarín y en las revistas El Hogar, CGT, Dinámica Social, Todo es Historia, Primera Plana y Crisis.

Publicó su primer libro en 1956: Civilización y barbarie en la historia de la cultura argentina, originando polémicas en el mundo político y cultural de la época. Luego, algunos que definieron buena parte de la nueva etapa del Pensamiento Nacional: Alberdi y el mitrismo, José Hernández, Perón y el justicialismo, Eva Perón sin mitos, Poemas con matreros y matreras, Vida del Chacho, y continuó la Historia Argentina, un clásico de José María Rosa. Entre muchos textos.

Leamos juntos su visión del golpe del 55:
“Revolución Libertadora – La cuarta invasión inglesa

La contrarrevolución de 1955 no fue gestada en 1954. No nació con el negocio petrolero iniciado con la Standard Oil, ni en el conflicto con la Iglesia argentina. La confabulación venía tomando cuerpo desde la segunda mitad de 1950 y principios de 1951, a través de los trabajos que realizaban en el ejército Pedro Eugenio Aramburu, Luis Leguizamón Martínez, Benjamín Menéndez, Eduardo Lonardi y José F. Suárez.
Si el movimiento peronista y su gobierno tuvieron fuertes enemigos internos, no es menos cierto que los hubo mayores en el exterior. El principal, entre éstos, era un imperio en decadencia, pero un imperio al fin. Inglaterra, puesto que de ella hablamos, iba a jugar sus cartas con maestría y sin esos movimientos bruscos que delatan a los carteristas novicios. En este sentido, la Argentina de 1955 fue la carpeta de juego en que los legos debieron enfrentar, con desventaja, a los fulleros.
La revolución peronista hirió sensiblemente a las minorías oligárquicas y a la burguesía del país, pero también perjudicó ostensiblemente a los intereses británicos, que a la postre se unirían con quienes les ofrecieran la más segura posibilidad de revancha. Si es verdad que sancionó a los Bemberg, es cierto también que lesionó duramente la esfera de influencia de los británicos.
En un olvidado artículo periodístico, de 1957, Juan Perón señaló que la llamada “revolución libertadora” trajo la cuarta invasión inglesa. “Ante la incredulidad de propios y extraños –escribía-, nacionalizamos, comprando y pagándoles, los transportes, puertos, teléfonos, silos y elevadores, frigoríficos, servicios de gas y energía, el Banco Central, creamos la Flota Mercante, que llegó a ser la cuarta del mundo, y dimos al país transportes aéreos. Industrializamos la Nación facilitando la instalación de industrias pesadas. Asimismo, fabricamos gran cantidad de maquinarias y automotores. Así logramos la independencia económica, arrojando por tercera vez al invasor británico”. En otro párrafo del texto que estamos rememorando decía Perón: “Nuestra economía justicialista les resultó desastrosa. Sirva un ejemplo: en textiles y afines importábamos de Inglaterra por un valor de 100 millones de dólares anuales. En 1954, esa cifra se redujo a medio millón anuales. Como último bastión, le quedaba nuestro mercado comprador de petróleo. Inglaterra nos vende combustible por valor de 350 millones de dólares por año. Nuestro gobierno había firmado ad referéndum del Congreso de la Nación, un “contrato de locación de servicios” con la Standard Oil de California. Por éste, la compañía norteamericana se comprometía a explorar parte de nuestro subsuelo y extraer el petróleo que hubiera, el que debía ser entregado en su totalidad a YPF para su comercialización”.
Fermín Chavez, Revista Primera Plana Nº 507, 13 de septiembre de 1973.

Otro dato curioso: en su primer irrupción periodística compartió tareas con un muy joven Jorge Ricardo Masetti, posteriormente creador de la Agencia Latinoamericana de Noticias Prensa Latina junto a Rodolfo Walsh. Con el tiempo, Chávez abordaría aspectos de la Revolución Cubana y se adentraría en la figura de Ernesto Che Guevara. Vale la observación, además, para entender su perfil: nacional y popular bien definido, sin por ello dejar de lado obras trascendentes que manaban de otros pueblos. Lector preocupado de Mao Tse Tung, respetuoso de la mirada de Viktor Frankl, polémico de Vico, se dejó llevar por el placer de leer a León Felipe.

Al igual que su compañera Aurora Venturini era, también, poeta. Hace pocos años, este redactor descubrió con sorpresa que su madre Nelva Ciarmela había entablado de modo paralelo a esta cercanía con Fermín una sólida amistad con la escritora platense. Quién sabe; el viento, por brindar un ideograma a los conceptos que integran sentimientos, amontona a los nacionales. Lo cierto es que el aporte de Chávez se potenció y a medida que su trabajo era conocido por los nuevos militantes e investigadores se ganaba un lugar apreciable. Fue profesor de Historia en las Universidades de La Plata, Buenos Aires y, más tarde, Lomas de Zamora; no sin conflictos con el andamiaje del establishment, claro.

El pensamiento de Fermín Chávez es situado y al mismo tiempo, orgullosamente ecléctico. Una evidencia de esa combinación quedó plasmada en su libro La reconstrucción del pensamiento nacional. Allí, en un mensaje comprensivo e integrador, involucra segmentos de escritos de los más variados autores argentinos, algunos de ellos enfrentados y muchos provenientes de las más disímiles vertientes. Bucea en los cauces variados y encuentra trazos de conceptos dinámicos en todos ellos; con su autoridad los amasa sin deformarlos y los coloca en una sola edición para que dialoguen y ayuden a reflexionar al lector.

Vamos con otros fragmentos de su pensar:
“Los doctores unitarios no advierten que el Liberalismo no es planta que prende de gajo. Y tan es así que no prende de gajo que nuestra historia política lo comprueba categóricamente con ejemplos próceres de gentes que se autoproclamaban liberales y obraban como inquisidores sectarios frente a los que no compartieran su punto de vista. Juan Bautista Alberdi fue el encargado de evidenciar a su hora la abundancia de estos Tartufos de gorro frigio, que habían dejado sus antiguos disfraces por otras ropas de mayor seducción.”

Y también:
“Creo que hay un desencuentro, tanto del lado político como del lado de la inteligencia. No había madurez histórica para que se pudiera dar ese encuentro. El peronismo es un movimiento que nace muy rápidamente, desde el poder, con éxito inicial; un movimiento que no se ha visto en la necesidad de hacer todo un proceso doctrinario previo. El 4 de junio de 1943 es el resultado de la contienda que han desarrollado otros elementos, que luego no van a participar en el proceso político que va del ’43 al ’45, salvo excepciones. Pienso que ésta es una de las causas del desencuentro, y luego esa prevención de los intelectuales del nacionalismo, quizá por sus prejuicios pequeño-burgueses y su desconfianza frente a lo político en sí. Los méritos fundamentales del nacionalismo residen en la destrucción de las bases de la cultura liberal. Pero no se planteó seriamente con qué sustituiría a esa cultura.”
Reportaje: Jorge B. Rivera, Revista Crisis, mayo, 1975.

Es probable que algunas disyuntivas que hoy se observan como irrestrictas lograran resolución en el abordaje de una fase de la obra de Fermín. De hecho, pudimos comprobar el abierto interés mostrado por este peronista ante los sucesos que convirtieron al país en una zona flamígera entre el cierre del siglo anterior y los primeros años del presente. El gran pensador observó con detenimiento lo que sucedía, tomó partido y, pese a sus años, volvió a aprender. Hubiera querido seguir adelante, pero algunas circunstancias trascienden las determinaciones personales.

Fermín Chávez murió a los 81 años, el 28 de mayo de 2006, en el Sanatorio Julio Méndez de la ciudad de Buenos Aires, después de padecer una descompensación cardíaca. Estaba triste. Poco tiempo atrás lo había golpeado, como nada en la vida, el deceso de su hijo Fermín Ricardo en un accidente aéreo ocurrido en marzo de 2006.

Una calle de la ciudad de Nogoyá, Entre Ríos, lleva su nombre. La obra que construyó aún necesita un redescubrimiento. No sólo por su volumen, a modo de justicia histórica, sino por su funcionalidad. Aportaría a la comprensión de este país que hoy habitamos.

Por Gabriel Fernández. Director La Señal Medios. Texto escrito para el periódico Conexión 2000.

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